Ramón Díaz Marzo
Habana Vieja, La Habana (PD) La muerte, el pasado 18 diciembre de 2011, del "Emperador II" Kim Jong-il, a la edad de 79 años, nos alivió de una carga innecesaria. Cada vez que uno de estos tiranosaurios deja de existir nuestro mundo va recuperando paulatinamente la alegría de vivir.

Estas muertes imperiales apenas pueden valorarse individualmente si uno no ha vivido bajo las garras de un tiranosaurio. Pero nuestro subconsciente, independiente a la individualidad, percibe alivio.

Supongo que antes de que termine este año 2012 que recién comienza, otros tiranosaurios se vayan a joder a otra parte; o a ese otro lado que llaman muerte: y más específicamente al infierno, donde no serán reyes, emperadores, sino que sólo seguirán en el papel de esclavos y empleados de Satanás.

A la muerte del segundo déspota norcoreano, millones de personas en el planeta pudimos ver por la TV las lágrimas de terror de un pueblo cautivo por el fallecimiento de su peor y más despreciable enemigo: el corrupto, loco y criminal dictador Kim Jong-il.

Durante su mandato, amén de que la naturaleza contribuyó a la hambruna en la década de los años 90, asesinó o envió a campos de concentración a millones de norcoreanos. Y los aparentemente libres, aún agonizan en un país convertido en cárcel.

Ver por la TV a miles de norcoreanos (mujeres y hombres jóvenes) llorando bajo una lluvia de nieve, más que vergonzoso, fue irracional y grotesco. Y ello fue el fruto de que el Imperio Rojo norcoreano logró enloquecer, realmente, a su pueblo.

Dicen que en Corea del Norte cuando una persona decide salir de su barrio a visitar otro barrio tiene que solicitar un permiso en el Comité de Defensa Popular del lugar donde vive con días de antelación. Estos permisos son valorados por sucesivas Comisiones, todas conectadas a un Centro Operativo de la Policía Política que dirige y controla a las personas como si fueran vehículos automotores; o como si las personas fueran una suerte de tráfico que hay que regular sin que exista la más mínima manifestación de libertad personal.

Creo que nuestro mundo, que en esencia está jodido, siempre se recupera un poco cada vez que uno de estos seres endemoniados deja de existir.
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