Cultura, Periodismo

18 Periodistas y un fotógrafo

Miami, USA, Waldo González, (PD) En el artículo recién publicado por Primavera Digital «Periodismo oficial vs. interés», de Agustín Figueroa Galindo, uno de los talentosos periodistas independientes que luchan a diario en Cuba por ofrecer la verdad del fracasado socialismo, leo lo que prefiero definir la poética de estos colegas, quienes, en muchos casos sin estudios de periodismo, demuestran no solo el arrojo y la valentía en escribir y publicar sus textos en medio del Gulag castrista, sino además el suficiente talento revelado en sus crónicas, artículos, entrevistas y demás géneros periodísticos, en los que evidencian también su pericia como escritores.

Hago un aparte para subrayar que, durante los recientes años, algunos han podido publicar sus poemarios, cuentos y novelas, gracias al proyecto de Armando Añel y su esposa Idabell Rosales: Neo Club Ediciones (NCE), secundado por Modesto (Kiko) Arocha y su Alexandria Library, vías por las que ya han aparecido libros del prestigioso novelista Ángel Santiesteban-Prats, del también narrador José Hugo Fernández, de los poetas Rafael Vilches Proenza, Luis Felipe Rojas y Jorge Olivera Castillo y del crítico Luis Pérez de Castro, entre otros, presentados durante las dos ediciones anuales del Festival Vista del Arte y la Literatura Independientes, celebrados en Miami.

Figueroa Galindo apunta en su trabajo los méritos corroborados por muchos y por este crítico, tal se apreciará en mi comentario de hoy. En sus trabajos, se muestra de paso la gran diferencia entre ambos sectores de la prensa cubana: los periodistas independientes-disidentes y los oficialistas, que jamás incumplen los mandatos impuestos desde las sillas oficiales por los directores de los órganos de prensa (Granma, Bohemia, Juventud Rebelde, et al), so pena de perder sus puestos.

Pero leamos las palabras iniciales del colega:

“El periodismo social que practicamos reflexiona sobre su papel, se preocupa por la búsqueda de soluciones y se propone articular las necesidades de la población con los temas de política y economía, para juntos hacerlos formar parte de la agenda en los medios de comunicación a los que tenemos acceso.

El principal instrumento con el que contamos para enfrentar la crisis, es profundizar la labor que realizamos, sumar nuevas fuentes y ampliar el concepto de “realidad”. Los comunicadores que nos sumamos a esta tarea nos sentimos —ante todo— ciudadanos comprometidos con la verdad de lo que sucede en el país y esto nos convierte en actores sociales con algún peso.

Sin embargo, los medios oficiales de comunicación, solo le permiten publicar a los periodistas que trabajan en ellos, artículos, noticias e informaciones que construyan una imagen favorable del régimen, lo que los aleja de la actual situación política, económica y social que vive el país.

 Aunque en estos momentos en Cuba, la violencia, el vandalismo, la delincuencia, la droga, los asesinatos y la prostitución, han aumentado de forma alarmante, los medios de comunicación hacen apenas uno que otro comentario o artículo que se refiera a estos temas.”

 Lo anterior sirve de introducción a mi comentario sobre uno de los volúmenes de la Colección Prensa Independiente que, iniciando la nueva centuria, publicara Cubanet, en este caso, el tercero, 18 periodistas y un fotógrafo, con crónicas, artículos y reportajes cuya intención —de acuerdo con la nota de contracubierta de Antonio Conte (La Habana, 1944-Miami, 2012), el fallecido editor de dicha Colección, como del tercer volumen que, con diseño de Nivia Quintela, apareciera en marzo de 2001— «es la misma de los dos anteriores: plasmar en blanco y negro el trabajo de la prensa independientes cubana, cuyos textos han aparecido sucesivamente en la página electrónica de la institución».

Mas, añade Conte —a quien, también poeta, guionista y profesor universitario, lo recuerdo, en particular, por sus valiosos cuentos de Agua del recuerdo (1985) y Vendrá la mañana (1986)—: “al libro se añade el testimonio gráfico de José Luis Rodríguez: fotografías que no aparecen en las páginas de la prensa oficial, pero que pertenecen también al mundo cotidiano de la isla. Ese mundo apuntalado por cifras de impresionante desarrollo económico, que sirven para engañar a bobos o mal intencionados. Pero no al cubano, el único que cuenta en este laberinto donde andamos perdidos, solos y alucinados desde hace demasiado tiempo.”

Con la disfrutable lectura del valioso título —adquirido en una librería miamense—, me agradó sobremanera descubrir que, ya en esos años iniciales del nuevo siglo, había libros como el arriba mencionado, publicados por Cubanet, en los que se reunían colaboraciones de colegas cubanos quienes, como los de hoy, afrontan los peligros de la (In) Seguridad de Estado, por divulgar la verdad.

En consonancia (tal me ha sucedido en no pocas ocasiones), no pocos de mis colegas y este redactor corroboramos que los periodistas independientes-disidentes -tal suelo llamarlos para acentuar su frontal oposición al castrismo que no les da espacio en la prensa oficial, por temor a que el pueblo conozca sus sólidos y, por ello, convincentes trabajos-, aun sin la preparación debida, poseen mucho mayor talento que sus ¿colegas? de la prensa oficialista, a no pocos de los cuales padecí durante décadas en las revistas Bohemia, Mujeres y Muchacha, en las que laboré, como en los diarios Granma, Juventud Rebelde y Trabajadores, en los que igualmente colaboré.

En su ameno prólogo («¡Pero estos muchachos la hunden!»), donde no falta el necesario humor, apuntaba con acierto Conte: “Una de las reglas del totalitarismo consiste en fabricar medios de comunicación a su imagen y semejanza: prensa plana, radio, televisión, cine, micrófonos, altoparlantes, mimeógrafos. Ni el tirano más soberbio resistiría el tiroteo de la prensa que le cantara las verdades en sus propias narices. La URSS, según cuentan los historiadores, no se vino abajo gracias a doña Perestroika, sino que fue la coquetona Glasnot quien echó por tierra a aquel gigante con pies de barro y muchos crímenes innombrables a la espalda.”

Añado, igualmente, el siguiente párrafo de Conte, quien cuenta (y valga el juego de palabras) lo que bien conozco sobre mis ex colegas escritores habaneros, pues también subraya el talentoso prologuista:

“Y la intelectualidad cubana, a estas alturas de la infamia, deshecha en loas al gobierno que la ha arrinconado hasta el cansancio. Intelectualidad que se pasea por el mundo divulgando un mensaje en el que nunca ha creído, solo para regresar a casa con unos cuantos dólares imperialistas en el bolsillo, y comprar en la shopping de Jorge Washington aceite, picadillo y desodorante con patente yuma, tal vez.

Intelectualidad que grita en un estadio de béisbol, por boca de un poeta, ¡gusano, gusano, gusano! al compatriota que es golpeado en segunda base por un karateka disfrazado de ampaya. Mientras los ojos de Pablo Armando (Fernández) escudriñan sin disimulo a su alrededor, buscando la mirada complaciente del compañero de la Seguridad, que lo desprecia.”

De ahí la importancia de la prensa independiente que, con sus altas y sus bajas, ha ofrecido al mundo otra visión de la realidad nacional. En desventaja, por supuesto, porque las páginas web del gobierno cubano exceden con mucho las posibilidades de la prensa independiente.

No, definitivamente Fidel Castro no es la imagen de David que ha querido imponer al mundo. Todo lo contrario. Goliat contra su pueblo, el que vive afuera y el que vive en la Isla, que son uno y lo mismo.

Me disculpará el ciberlector por excederme en la amplia cita, pero la significación de las palabras del lamentablemente desaparecido Conte me obligaron a incluirlas in extenso. Mas, veamos y leamos el por qué la valía de estos colegas en sus trabajos.

Entre los 18 periodistas, hallo a varios que aun leo en espacios del periodismo independiente cubano, como Tania Díaz Castro, también poeta; Iván García, Pablo Cedeño y José Cemí, algunos de los cuales, creo, residen en la Isla. Más, igualmente me agradó descubrir, entre los integrantes de la amplia nómina, la presencia del ya mencionado colegamigo Armando Añel, residente en Miami. E, incluso, me satisfizo encontrar nombres que nunca había oído, tales los de Héctor Maseda, Mario Marrero, Rolando de la Guardia, Héctor Barceló Pérez, Leonel Morejón Almagro y Sergio González Sores. Igualmente, me alegró hallar no pocas colaboradoras, como Milagros Beatón, Carmen Luisa Pinto, Fara Armenteros y Claudia Márquez Linares. Todos con textos con aliento creativo, tonos novedosos y ámbitos no tan explorados en el periodismo.

Entre algunos de esos trabajos, escojo el inicial: «Un día en Ariza», en el que Héctor Maseda narra —con la crudeza de la mejor literatura norteamericana (Hemingway, Dos Passos, Bukowski…) y con la certidumbre de lo experimentado— sucesos acontecidos al cienfueguero Alberto Brito Martínez, «El Habanero», como al homosexual menor de edad «Caramelo», que se prostituye para comer; a «El Bacán», un rubio fuerte, de Sancti Spíritus; a «Cambolo», mestizo de 27 años, quien fue herido gravemente por «El Bacán», y a Osorio, fornido cienfueguero de 32, escritor, poeta y pintor, en suma, reclusos, que, como sucede en toda cárcel cubana, «los hombres pierden su individualidad, incluyendo el nombre».

Pero el lector también puede disfrutar otros crónicas, relatos y reportajes, en los que igualmente aflora el miedo y el terror experimentados en las calles cubanas, aunque dotados del necesario humor que, tal bien dicen muchos, ha salvado a los nacidos en la Isla para sobrevivir a casi seis décadas de dictadura.

Tal es el caso de «Cuestión de refranes», donde Carmen Luisa Pinto Pereira regala al ciberlector una deliciosa crónica reveladora de su genuina cubanía al narrar que el 23 de diciembre —víspera en el mundo occidental de Nochebuena— cumplió 55 años una gran amiga suya. Y la narradora, armada de múltiples refranes (que la hacen soportar algo mejor la imposible vida de los cubanos) ante cada nuevo acontecimiento, evoca varios de esos estribillos llegados de nuestros abuelos andaluces que nos vienen de perillas en cualquier momento. Así, recuerda, entre otros: «No hay mal que por bien no venga», «Ni bien que su mal no traiga», «Nadie sabe para quién trabaja», «Al que madruga, Dios lo ayuda» y, quizás, el más socorrido entre los cubanos de las dos orillas: «Cuando el mal es de c…, no valen guayabas verdes».

En «La hora de la candanga», Guillermo Álvarez refiere que el sonoro vocablo cubano empleado en el título de su crónica informa al ciberlector —burla burlando— que en Cuba es utilizado vox populi para nombrar el odiado espacio televisivo «tribuna abierta», creado por el hoy felizmente desaparecido y, ya felizmente hecho polvo (que nunca fue enamorado como el del gran poeta Francisco de Quevedo) y enterrado hoy en la piedra del santiaguero Cementerio de Santa Ifigenia, tal una afrenta, a los muy cercanos restos de nuestro José Martí.

Eran los inicios del 2000, cuando solo tres meses atrás había sido creado ese odiado soporte del igualmente odiado castrismo. Pero leamos a Guillermo, quien (con exquisita ironeia (tal denominaban los griegos la incomparable ironía, grado superior del humor) nos cuenta:

“Aunque la palabra candanga es un cubanismo con el que se identifica al diablo, los habitantes de la Isla lo relacionan con impedimentos, problemas, obstáculos, dificultades, entre una larga lista que agrupa unos 50 sinónimos.

A Lucifer hasta los ateos le temen, pero todos intentan imponerse al martirio, las penas, el embargo, la complejidad contempladas en la amplia relación de vocablos de igual significado. La candanga de la televisión cubana cumplió tres meses, a partir de la llegada a Miami del niño Elián González. Desde entonces, los más pequeños habitantes de los hogares no conocen de otro entretenimiento que no sean discursos, mensajes, lemas y consignas, que ni siquiera el propio Elián oye ni ve.

Pero no importa, el castigo está ahí, en los dos canales de la televisión cubana, en el horario de cinco a siete de la tarde, en vivo, y posteriormente su transmisión diferida por la noche el otrora canal 6, hoy Cubavisión.”   

«Nostalgias por mi infancia feliz», de Mario Marrero, es otra crónica/relato de fina ironía (filosa arma del mejor humour inglés, preferido por este redactor), en cuyo inicio el periodista/narrador comienza su aguzada prosa, afirmando: “Era el final de los años 60. Los rusos se iban destiñendo, los yanquis se iban a la luna y los maricones a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) […] Había apertura democrática, y a aquellos campos de concentración tropical también tenían derecho los sospechosos y los desafectos de todo corte y laya.”

Más adelante, rememorando las nostalgias de su feliz infancia, confiesa que: “No fuimos tan aristocráticos, quizás por causa de nuestra idiosincrasia sintética y mestiza o por aquel sentido tan barroco y ecléctico que nos caracteriza. Juzgamos más emocionante imitarlos a todos. Hasta a los chinos imitamos. Y luego nuestra supervivencia provino de la virtud de ser ineficientes […] Hemos dejado la inocencia precisamente en pro de la eficiencia. La eficiencia resulta la posibilidad de ir ascendiendo por la escala de los vertebrados hasta el glorioso ser humano, quien no repara en ofrecer la imagen de una mala yerba en el patio de la ecología.”

Y ya que se menciona a un chino, justamente en su cuento «Gustavo Li: un chino salao», Sergio González Sores aporta a la magnífica colección un brillante ejemplo de cuento popular de humor, tal los recogidos por mi recordado e inolvidable Samuel Feijoo, el genial e incansable estudioso y poeta ¿loco?, según creían algunos tontos y prejuiciados. Sí, tal hizo durante décadas por los campos de la región central del país, donde recogiera cientos de joyas de la fabulación e imaginerías campesinas, de boca de los propios «guajiros», que luego reuniría en uno de sus libros clásicos y varias veces republicados: Cuentos populares cubanos.

Sobre tan valiosa tarea, sentenciaría nadie menos que uno de los grandes José de la cultura cubana, Lezama Lima: «El estudio de la literatura debe rebasar las fuentes de información que sean estrictamente literarias […] Hay que señalar en esa dirección las investigaciones folklóricas de Samuel Feijóo, realizadas con verdadera alegría de creador, que aclaran zonas de nuestro vivir que guardan profundas y soterradas relaciones con la poesía.»

González Sores, en apenas una página, corrobora su talento y capacidad de síntesis que, combinados en lúcida conjunción, ciertamente logra otra joyita comparable a las recogidas y compiladas por el maestro villaclareño.

La anécdota es sencilla: El chino Li había llegado a Cuba buscando fortuna en la década del 30 del siglo pasado. Y tendría suerte, tras rebautizarse con nombre castellano, armado de voluntad y esfuerzo, paciencia y honestidad, características de los chinos que emigraron a nuestra patria, que le permitirían sentar plaza y casarse con cubanas, entre ellas, por cierto, no pocas mulatas, tal todavía se constata en el Barrio Chino de Centro Habana. Li, tras reunir 45 mil pesos cubanos, decidió regresar a su patria, donde se reuniría con su familia y sería feliz… hasta que al poco tiempo, el comunismo llegó, despojando al laborioso asiático del dinero obtenido con su trabajo. Pero, como había sacado pasaje de ida y vuelta, pudo regresar a la que, pensó, ya sería su definitiva patria… Mas, la mala suerte vino otra vez en pos suya, pues en 1959 vio llegar otra desgracia tan horrible como la acontecida en su natal China.

González Sores cuenta que solo podría conocer al chinito cuando, ya anciano, su padre, quien era su amigo, le preguntó cómo se sentía y el viejito, en su peculiar español, le respondió: «Figúrate, Elía, yo hice capitá y fui pa’ la China. De nuevo vilé pala Cuba e hice capitá de nuevo. Llegó aquí comunismo y de nuevo me quitó to lo mío». El padre del narrador le dice a modo de consuelo: «Cuando mueras, descansarás». Y el viejito, ni corto ni perezoso, le respondió: «Comunismo sigue atlás de mí hata la tumba y no me va a dejá quieto ni en el otlo mundo».

Hay otros valiosos ejemplos, como los textos de la periodista y poeta Tania Díaz Castro, quien narra dos certeras anécdotas: «El viejo pánico de Virgilio», donde cuenta el temor sufrido por el mayor dramaturgo de la escena cubana, como asimismo brillante narrador y poeta, ante la temida presencia del tiránico Castro, en la recordada reunión sostenida por el sátrapa con los escritores durante las denominadas «Palabras a los intelectuales», pronunciadas por el entonces joven, pero ya sanguinario dictador Fidel Castro, en la Biblioteca Nacional, y la otra, «Anatomía de un cuadro cubano», en el que fabula irónicamente sobre el vocablo cuadro, logrando crear uno de los mejores momentos del volumen.

Otras colegas que incluyen sus textos son Milagros Beatón («La inocencia de los niños», Fara Armenteros («Entre la regla y la excepción»), Claudia Márquez Linares («Inspectores al acecho»), como los tres del destacado Iván García («Locos del barrio», «Intrigas de cabaret» y «El chulo de la cantina»), y el siempre sutilmente irónico Armando Añel, con dos textos de fina ironía:«En la luna de Valencia» y «Ni lo uno ni lo otro».

Pero la ironía adquiere aun mayor escala en «Había una vez», donde Leonel Morejón Almagro parafrasea desde el título de su relato el párrafo inicial de los cuentos tradicionales para niños, entregando al agradecido lector un excelente ejemplo de finísimo humor, al emplear en su brevísima y excelente ficción, apenas una cuartilla. Destacable recurso el del leitmotiv, tan empleado por los Hermanos Grimm y otros autores clásicos. Es tan valiosa su crónica/relato que no me resisto a transcribirla íntegra y con ella culminar mi comentario:

 “Había una vez un hombre que le dijo a los niños cubanos que le prestaran Tarará a los niños rusos que sufrieron tanto por el accidente de Chernobyl. Había una vez un hombre que dijo en un discurso que la ciudad de La Habana sería la más funcional del mundo para el año 2000.  Había una vez un hombre que aseguró que todos los niños tendrían leche hasta que fueran adultos, pues las vacas cubanas serían las más productivas del mundo, y que los campos de Camagüey y Ciego de Ávila tendrían vaquerías más productivas que las de Holanda y Suiza. Había una vez un hombre que sembró de plátanos un país, y prometió que todos comeríamos plátanos. Maduros, grandes, buenos. Los plátanos se llamaban microjet. Había un hombre que dijo haber eliminado la prostitución porque era un rezago del capitalismo y que todas las mujeres serían felices en el futuro, pues eran iguales a los hombres. Había una vez un hombre que quiso construir un hombre nuevo y una mujer nueva. Había una vez un hombre que mandó lejos de casa a cientos de miles de cubanos a pelear en guerras inútiles porque teníamos una deuda de sangre con la historia. Había una vez un hombre que clasificó a los hombres en buenos y malos, de acuerdo a cómo pensaban los hombres de él y sus ideas. Había una vez un hombre que nos prometió el paraíso y enseño en la escuela ateísmo científico e intentó convencernos de que Dios no existe. Había una vez un hombre que en una bella pieza oratoria gritó emocionado: ¡Elecciones, ¿para qué?! Había una vez un hombre…”

colegamigo46@gmail.com: Waldo González

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