Sociedad

A la cañita a la cañona

Plaza, La Habana, Jorge Luis González, (PD) No creo existan muchos cubanos mayores de 60 años que no fueran llevados a cortar caña en los años 60 y 70.

Participé en cuatro zafras. La primera fue a mediados de los años 60, cuando estudiaba la secundaria básica en El Vedado. Me sumé no tanto por el fervor revolucionario que había en esa época sino porque yo era hijo de un ex policía del anterior régimen y trataba de no llamar la atención.

El campamento al que me enviaron se encontraba en un viejo ingenio desactivado en la provincia de Matanzas. Duré en ese lugar, lo que un merengue en la puerta de un colegio. A la semana de hallarme allí, recogí mis cosas y me fui para el poblado más cercano, que era Jagüey Grande. Allí tomé uno de aquellos ómnibus Skoda checos, que había por entonces y no paré hasta mi casa. Realmente yo no estaba preparado física ni mentalmente para este trabajo.

La próxima ocasión me tocó ir “voluntario como el chino”, como dice el chiste, pues me hallaba en el Servicio Militar Obligatorio y las órdenes no se discuten. Alegué al oficial, jefe del campamento, que yo padecía de una desviación de la columna y que podía ser comprobado. Me situaron entonces a cumplir tareas de estadística, tan importantes como el mismo corte.

Cuando regresé a mi unidad militar, el jefe principal consideró que tenía que volver al campo a cortar caña, pues yo era “un blandengue, un flojo” y había que enseñarme a realizar labores fuertes. En la concepción de este guajiro militar, la masculinidad estaba indisolublemente ligada a los trabajos rudos.

Mi rendimiento en el corte fue bastante limitado, alcanzaba con dificultad un promedio de 100 a 120 arrobas por jornada y hacía según decía el campesino el corte muy arriba y dejaba tocones, por lo cual él tenía que repasar mi surco. En fin, se perdía más que lo que se ganaba, pero “había que enseñarme a ser un hombre”.

La última experiencia la tuve en la Zafra de los 10 Millones en 1970. Me enviaron para un sitio llamado “Batey Nuevo”, que de nuevo solamente tenía el nombre y se encontraba a unos 20 kilómetros de Colón, Matanzas.

Allí los militares dirigentes fueron más consecuentes y prácticos conmigo. Se percataron que no rendía en la labor de corte y se me asignó la tarea de computador de brigada, que consistía en anotar el estimado en arrobas de las tongas de caña que recogían las alzadoras en los vales, ir hasta las pesas que se encontraban a kilómetros de distancia, para recoger el mismo vale entregado por el alzador y llevarlo al estadístico del campamento.

Aprendí en esta etapa a viajar en lo que apareciera. Monté en los ganchos de la parte posterior de los tractores, algo muy peligroso, en carretas y en cuanto vehículo me pasara por el lado. Había que hacerlo, la necesidad obligaba.

Durante los casi 4 meses que pasé en esta faena, nada más pude recibir en una ocasión la visita de mi madre, la única dispuesta a realizar por su hijo el sacrificio que significaba el viaje. Me contó después que al regresar a la casa, estuvo varios días en reposo para reponerse del esfuerzo hecho.

Nos trasladaron a los tres meses hacia un punto intermedio entre la ciudad de Cárdenas y el pueblo de Máximo Gómez, un lugar menos apartado que el anterior: estaba a dos kilómetros de la carretera (el otro estaba a 20).
Allí volví a cortar caña, aunque con rendimientos bajísimos. Fue la última vez. Definitivamente, yo daba pérdida cortando caña.

Mientras me encontraba en este paraje llegó la noticia de nuestro licenciamiento, luego de haber estado 3 años y 5 meses y medio en las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Poco después se supo que la meta de producir los 10 millones de toneladas de azúcar a la que aspiraba el Comandante no se cumplió. Fue un enorme y vano esfuerzo hecho por el capricho del Máximo Líder.

Recuerdo un chiste popular de aquella época. Se encuentran dos amigos, uno de ellos vestido con ropas rústicas de trabajo, sombrero de guano, botas y un machete. El otro amigo le pregunta: “¿Vas a la cañita?, a lo cual responde el interpelado: “No, voy a la cañona…”

Este chiste fue una realidad. Lo sabemos bien los de mi generación….
librero70@nauta.cu; Jorge Luis González
Propaganda de la época de la Zafra de los 10 Millones, este spot animado se veía con frecuencia en la televisión.

Un comentario

  1. Amigo, esa zafra de 1970 (con la inauguracion de un año de 18 meses, que por suerte no se repitio, como tampoco avanzo el proyecto de cambiar de nombre a los meses) fue la zafra que puso la palabra de cubano en valor cero ( Los 10 millones van ¡ Y de que Van Van!) salvo que sirvio de nombre a la agrupacion musical que se hizo famosa con la cancion propaganda al disparate.

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