Cultura

Aventuras del Ciberbandido (XVI)

¡Dale, coño! ¡Acaba de subir de una puta vez! -Le gritan desde arriba con desespero.

Están en algún lugar de la costa noroeste de la Habana. donde el arrecife delimita a la isla con un muro de dos o tres metros de alto en contraste con el mar azul y los preciosos fondos y transparente superficie donde pescan muchos aficionados. Pero ahora es de noche y no hay nadie pescando realmente, aunque eso pretenden hacer las más de veinte personas dispersas por un área de aproximadamente dos kilómetros.

Son 23 en total y hasta este momento solamente estaban desarrollando una apariencia de jolgorio y festividad, alzando de cuando en cuando alguna botella de ron o cerveza para beneficio de los ojos de los guardacostas, quienes observan casi permanentemente con sus binoculares potentes desde la altura de su casamata cerca del poblado de Boca de Jaruco. Así tal vez no sospecharían las verdaderas intenciones y la conexión dentro de este grupo de pescadores domingueros: todos se van del país.

De todas formas, las botellas se vacían en serio, pero esto solo lo hacen quienes no resisten la presión del stress y desconocen que van a tener poca agua de reserva para aplacar la sed provocada por la gastritis alcohólica y pocas aspirinas para mitigar la resaca, seguramente empeorada por el vaivén de la embarcación donde se encaraman.

Todos los pescadores allí reunidos desde por la mañana son los posibles pasajeros de una lancha rápida que ha de venir por la noche.

La casamata, que está sobre una punta del farallón que hace como una esquina en el mar, afortunadamente no cuenta con radar. Es tan solo un punto de avanzada perteneciente a las tropas guardacostas y vigilan a los entusiastas de la comida marina que tratan de conseguir el plato fuerte del picnic de la jornada y hay incluso algunos quienes permanecen por días. Eso no es ilegal. Ilegal es irse clandestinamente, aunque según el código penal, no es un delito punible. Si alguien es atrapado en el acto solo es devuelto a su domicilio tal vez con una reprimenda. A las tripulaciones sí les toca cadena perpetua por el tráfico de personas. Por eso están tan nerviosos en este momento cuando ya son las dos o las tres de la madrugada y todos nos hemos reunido en una caletita a cubierto de las miradas militares por algunos mangles.

A James Bond le han tocado las lucecitas verdes y rojas. Él es el semáforo, como le llaman los bandoleros traficantes de seres humanos, quienes no son tan malos, solo están nerviosos porque hay mucho dinero en juego y ya algunos han fracasado.

La lancha, de aluminio y fibra de carbono, se ha acercado a una velocidad que parecía iba a chocar irremisiblemente en la roca donde golpeaba la ola levemente, pero se detuvo justo a tiempo, casi a los pies de James Bond, quien apretaba el botón de la linterna cubierta con una pañuelo verde. Como los fanales de los barcos, el rojo hubiera dicho que había moros en la costa (guardias) y la lancha rápida nunca se hubiera acercado y habría regresado a toda velocidad al puerto de origen en la Florida. Lo intentarían de nuevo por alguna otra parte, por el mismo dinero ya pagado por los familiares en Yanquilandia. Son diez mil dólares por persona y ya amenazan con subirlo a doce mil debido a la inflación.
James Bond fue el último en saltar al bote, desafiando a la casualidad de una patrulla fortuita de guardacostas. Estaba tranquilo. Él es James Bond en La Habana y hay que respetarlo, por lo tanto así actuaba valiente. Juan Pérez estaba cagao. No sabía por qué motivo el nerviosismo, pero todos los demás y la tripulación estaban peor.

-¡Dale, coño!- Volvieron a gritarle para que acabara de saltar y así lo hizo.

Apenas había puesto los pies sobre el aluminio de la cubierta cuando también puso el culo por el acelerón en reversa que le dio el piloto a las máquinas.

Les ordenaron a todos sentarse y agarrarse duro de lo que encontraran, pues el viento iba a ser fuerte y también podían producirse olas sorpresivas que provocarían grandes tirones y de seguro lanzarían a alguien por la borda, si no se agarraban lo suficiente fuerte.

A más de sesenta nudos por hora en medio de la oscuridad no iban a regresar por nadie pues sería inútil. Nunca lo encontrarían en las penumbras con la suficiente antelación para evitar que los entrenados tiburones lo hicieran antes.

Los guardacostas ni se enteraron. Tampoco les interesaba mucho gastar recursos en detener a personas que después serían liberadas. Al enemigo que huye, puente de plata. Lo único malo es que si se construye un puente, aunque sea de madera, de aquí a Cayo Hueso, posiblemente hasta los guardacostas se fueran.

La lancha enrumbó exactamente al norte y se escuchó a los cuatro motores acelerar al máximo. Ya no importaba que los escucharan. Nadie podría atraparlos con la velocidad que alcanzan estos vehículos hoy ayudados por un casi inexistente oleaje. Se movían más rápido que una torpedera o cohetera rusa de las clásicas con mil caballos de fuerza en cada uno de los cuatro motores bajo cubierta.

Juan observa como el piloto solo atiende a los controles y no se molesta en levantar la vista para mirar a través de los cristales. La negrura de la noche no le permitiría ver más allá de cinco metros con las luces apagadas como iban.

¿Por qué James Bond se iba de Cuba, emigraba, si había jurado que el Gobierno nunca lo forzaría a eso? ¿O acaso pensaba ir a buscar el dinero e irse a gastarlo en algún paraíso invernal? ¿Cómo iba a demostrar que él es el Ciberbandido?

¿Y quién carajos dijo que él se iba? James Bond solo estaba yendo a los Estados Unidos en visita temporal. No tenía familiar alguno allá que lo quisiera tanto como para adelantarle diez mil dólares y así tenerlo molestando una temporada en su casa.

A Bruno, uno de los ciberorates del club, le había llegado el bombo hacía ya algún tiempo y se encontraba en los trámites finales para irse cuando celebraba en el departamento del Ciberbandido, y al corajudo ilegal se le ocurrió una idea.

-Oye Bruno, ¿ya tienes la visa? -Le había preguntado bajito al oído, sentados al lado de una de las máquinas.

-Sí, chico. Solo estoy esperando por la carta blanca para irme pa’l carajo. -Respondió algo eufórico por los tragos de la celebración.

-¿Cuándo le cambiaron el nombre a los Estados Unidos?

El Ciberbandido fingía sorpresa. Bruno se rió por lo alto.

-Fíjate y presta atención. Te voy a proponer un negocio que nos va a beneficiar mucho a ambos.

-Dispara.

-En cuanto te vayas y llegues, tienes que buscar a varias instituciones por los nombres que yo te voy a dar y les vas a contar que tú eres uno de los ciberorates del laboratorio del Ciberbandido. Sí, de ese mismo que acaba de ganarse el premio europeo, les informas. Pero el problema está en que este personaje necesita una ayuda, un préstamo para ir a recibir este reconocimiento en persona sin que el Gobierno pueda detectarlo y encarcelarlo. Después volverá nuevamente de incógnito, como ha sido todo nuestro trabajo hasta ahora, totalmente voluntario. Solamente necesito que me pongan el dinero del pasaje y me coloquen en la lista del próximo viaje de la próxima lancha para rescatar familiares cubanos. Que pongan mi nombre que yo estaré allí. Del resto me encargo yo.

-¿Coño flaco, te vas a ir con el millón pa’ la mierda?

Bruno comenzaba a dar señales de estupidez alcohólica.

-No seas imbécil. El millón vendrá para este laboratorio para todos nosotros -Respondió James Bond, orgulloso y molesto.

-¿Y cómo vas a volver?

Bruno, obviamente, ya no generaba.

-Confórmate con lo que sabes. A veces no es bueno saber mucho. Mañana volveremos a hablar, cuando estemos claros.”

Así terminó la conversación del Ciberbandido, James Bond en la Habana, con el próximo cerebro robado por los yanquis.

Pero cuando Bruno se fue, a la semana siguiente, le tocó la puerta un venezolano, quien deseaba verlo. Era el mensajero correo del próximo bote. Traía las instrucciones verbales de dónde debía estar, con qué y a cuál hora.

A Juan le pareció un poco arriesgada la locación, tan cerca de Boca de Jaruco y del puesto de Guardafronteras, pero el hombre le dijo que no se preocupara, que todo estaba planeado. Juan Pérez no preguntó más e hizo lo que le pedían.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*