Política

Céspedes, digna hechura troyana

Lawton, La Habana, Oscar Elías Biscet, (PD) “Si el suelo del Ida hubiera producido otros dos guerreros como Héctor y Eneas, el Dárdano hubiera pasado a las ciudades de Itaca, y la Grecia llorara trocado destino. Lo que retraso por diez años la victoria de los griegos junto a los muros de la fuerte Troya, fue el valor de aquellos dos, ambos insignes por el esfuerzo y sus proezas”. Esta frase de la obra la “Eneida”, de Virgilio, fue traducida del latín al castellano por Carlos Manuel de Céspedes.

Céspedes, en su época, conoció del heroísmo de varios cubanos y a dos de ellos los exaltó a la categoría heroica de esos príncipes troyanos. Estos fueron Narciso López y Joaquín Agüero. Ambos desencadenaron una rebelión independentista en todo el país. La revolución estaba organizadas en clubes: Las Villas, Occidente, Camagüey y Oriente. Narciso escribió una constitución independentista, donde por primera vez en la historia de la nación, se menciona el nombre de República de Cuba y describe los símbolos patrios: La Bandera cubana y el Escudo de la Palma Real. Agüero, bajo la bandera de López, dio el Grito de Independencia, en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, el 4 de julio de 1851.

Carlos M. Céspedes y otros de sus compatriotas de Bayamo y Manzanillo conspiraban en la preparación de condiciones materiales para un alzamiento en apoyo al movimiento insurreccional de Puerto Príncipe de 1851, si este se consolidaba. Por ello, todos fueron fichados como sospechosos desafectos al gobierno español. El bayamés Céspedes estuvo preso en dos ocasiones en los calabozos del Castillo San Pedro de la Roca, el Morro de Santiago de Cuba, en 1852. Del mismo modo, en 1855 estuvo en cautiverio preventivo en el barco El Soberano, anclado en la bahía de Santiago de Cuba. Por esa labor independentista sufrió destierros internos en varias ocasiones, entre ellos: Baracoa y Palma Soriano.

El abogado Carlos M. Céspedes era la segunda persona más acaudalada de la región oriental, después de su amigo y compatriota Francisco Vicente Aguilera. Las conspiraciones patrias entre 1851 y 55 lo arrastraron a la quiebra económica. Después de un período de sosiego, 1856-68, logró mostrar en la práctica su intelecto de emprendedor. La fortuna heredada de su padre, 3 mil pesos de oro, la convirtió en 700 mil. En especial, la finca la Demajagua que de tres caballerías sembradas de cañas la aumenta a diez, en 7 años. En el ingenio introduce nuevas tecnologías, maquinarias y empleados asalariados que algunos personajes de su época le comenzaron a llamar central azucarero. Una semana después de iniciada la guerra de 1868 sus fincas fueron arrasadas por los cañonazos de un barco militar español, con particular ensañamiento en la finca La Demajagua, que dejaron en la ruina al abogado bayamés hasta su muerte.

El talento emprendedor de Céspedes se manifestó en varios campos del saber, se graduó de abogado en la Universidad de Barcelona, 1842, y dominaba perfectamente varias lenguas: inglés, francés, italiano, latín y griego clásico. Tradujo del inglés, el poema “La destrucción de Senaquerib” de Lord Byron y del francés, las obras teatrales “las dos Dianas” y “El cervecero del rey”, ambas puestas en escena en el teatro de Bayamo en 1849. De este último idioma, también la obra ajedrecística “Leyes del juego de ajedrez” de La Bourdonnais. Del latín tradujo la “Eneida” y las “Bucólicas”. Creo decenas de poemas, entre estos, el “Himno Republicano” y “La Conchita”.

Asimismo en prosa, “La Abadía Battle”. Esta ilustración y cultura vasta no fueron para satisfacer su ego personal, sino para desde la verdad, la justicia, la dignidad y la razón, honrar al ser humano y beneficiarlo con libertad. Por eso. dio el “Grito de Yara”. Para liberar del despotismo a una nación y hacerla libre, democrática e independiente. Estas son las acciones concretas de un verdadero intelectual.

En Guáimaro, en 1869, con la presencia de Carlos M. de Céspedes, Ignacio Agramonte y Loynaz y otros próceres cubanos, se constituyó jurídicamente la República de Cuba, -República en Armas- y con la Carta Constitucional, democrática, republicana, independentista y de libertad para todos sus ciudadanos. Céspedes fue su primer Presidente y General en Jefe. Todos estos compatriotas forman parte del altar de la patria, en una guerra que duro diez años con un final triste como el de Troya. No obstante, este nuevo linaje de príncipes troyanos donde los Héctores y los Eneas forman una lista extensa de heroicos y virtuosos. La resumiremos en dos figuras paradigmáticas para la nación cubana, Carlos M. de Céspedes e Ignacio Agramonte.

“Fue una tarea difícil fundar Roma”. Cuando Céspedes leyó esta frase en la Eneida, supo que también sería una tarea difícil fundar la Cuba independiente y republicana. Durante su estancia de 5 años, 4 meses y 19 días en la Guerra de los Diez años, 1868-78, esta, finalizó con una treta como el caballo de Troya. El pacto del Zanjón, sufrió la depauperación económica, manifiesta en el hambre y malas condiciones de vivienda, la separación, vejaciones y muertes de familiares, amigos y compatriotas, traiciones, y hasta el dolor desgarrador por el fusilamiento de su hijo Oscar en 1870. Esto fue un hecho sui generis universal, donde en plena guerra de liberación de su país, le exigen al Presidente de la República claudicar a sus principios, para mantener la vida de un ciudadano común, su hijo de 23 años. Oscar es el prototipo del joven cubano que se adheriría a las luchas patrias. Dos jóvenes de esa semejanza, alzada a la de Héctor y Eneas, lo habían realizado ya. Ellos eran Antonio Maceo y Grajales, con 23 años, se inició en 1868, y José Martí, con 16 años, fue encarcelado por motivos políticos.

Una bala, colonialista, a quemarropa, le rompió el corazón. Así es como el cubano de estirpe troyana muere en un combate desigual contra las tropas del Imperio Español. Y sus palabras proféticas se hicieron realidad en esa dramática situación. “Ruego a Dios me dé el valor suficiente para morir con dignidad como debe morir un cubano” y concluye Céspedes, “Muerto podrán cogerme, pero prisionero, ¡nunca!”.

La pasión venció aquel soldado honrado, la invasión lo trastocó y convirtió aquel soldado aqueo en un déspota. Este tomó el cuerpo de su enemigo muerto y lo ató con una soga. Arrastró a Héctor tres veces por los muros de la ciudad. Arrastró al cuerpo exánime de Céspedes por todo el monte, hasta la casa donde estaba el jefe de la columna española. Ellos ofrendaron su vida por una patria libre. Hoy después de alcanzada la independencia, en el Capitolio de Cuba, hay una estatua de una mujer con un escudo, una lanza y un gorro frigio, la troyana de Palas Ateneas, que recuerda a la República libre, a esos héroes y mártires que con su valentía, civilización, justicia y honradez fundaron una Nación-Estado, la República de Cuba.
lanuevanacion@bellsouth.net; Dr. Oscar Elías Biscet
http://www.twitter.com/@oscarbiscet
Tomado de: La Nueva Nación

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*