Sociedad

Comenzando el año

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) El dos de enero, a las siete de la mañana, le pedí a mi hermano que no encendiera la TV porque no habría noticias, sino que estarían encadenados todos los canales para la transmisión del desfile militar que se efectuaría en la Plaza, frente a la Raspadura Mayor, real símbolo de nuestra cubanía (se me antoja que es un erecto pene mayor sobresaliendo por sobre la muy baja orografía urbana de la zona, pero no lo digo porque entonces los comunistas lo incluirían en sus planes de discurso).

Alguien estaría hablando con histeria, despotricando contra el enemigo habitual y utilizando todos los símbolos patrios disponibles para exacerbar nuestro patriotismo barato y apelando a la dignidad de los cubanos.

Por supuesto que en Cuba no existen alternativas satelitales o por cable. Nada de eso. Hay que ver lo que nuestros dirigentes deciden y continúan suspendidos, supongo que temporalmente, algunos programas humorísticos y de ciertas músicas. Nada de rock gringo desde cuando se fue el Viejo, así que abrí mi laptop, puse discos de Linking Park y Sistem of a Down, mis audífonos bien altos, nuevamente en mi universo un poco más amable que mi entorno, a pesar de la violenta música.

¿Un poco más amable? Este tipo está exagerando, puede pensar algún lector. Quien haya estado este fin de año en La Habana, y tal vez en toda la isla, debe de haberse percatado de que no había absolutamente ningún ambiente de celebraciones. Por directivas gubernamentales, ningún centro de trabajo podía celebrar nada, ni siquiera el día del maestro que fue el 22 de diciembre. Nadie puso un arbolito en ningún sitio público, ni se vieron las clásicas lucecitas parpadeantes. Nada de Santa Claus o de nieve tan extraña ya para nosotros. ¿Será que todavía están tristes por la partida de su líder? Bien, pero ¿por qué machucar a quienes no tienen nada que ver y esperaban con alegría las clásicas festividades navideñas a pesar de las grandes carencias materiales?

Muchos cubanos somos ateos por educación, otros católicos y etc., pero la inmensa mayoría crecimos presenciando y disfrutando muchísimo de las comelatas, de las exclusividades que nos permitíamos entonces por estas fechas, del ambiente festivo y agradable de toda la familia reunida, de que todos, extraños y conocidos, nos diéramos las felicidades al cruzarnos en la calle y nos sonriéramos, nos hiciéramos regalos en un entorno todo lo iluminado, por dentro y por fuera, que fuera posible. Eso es bonito. Pero nada de eso sucedió este año.

Pretendían los que dirigen esta nación que no sucediera y tal vez pensaban con seriedad que todos deberíamos vernos ante las cámaras de la TV nacional llorosos y compungidos. ¿Por qué? Cada quien llora a sus muertos. A los suyos. Los míos, mis entrañables, están todos vivos.

¿Violencia? Bueno, nosotros no celebramos ya estas festividades capitalistas ni el advenimiento de un nuevo año con todas sus promesas y nuevos planes. Saludamos el 31 de diciembre otro aniversario de la Revolución. Ñoo!
Lo festejaron oficialmente en la Plaza, pero no con manzanas ni uvas extranjerizantes, sino con una marcha de los militares a pie, pues no tienen mucha técnica luego de casi treinta años sin ayuda solidaria soviética. Ah, y tampoco hay mucho combustible, aunque ellos siempre se reservan el suyo por encima de todo lo demás.

Nosotros despedimos patrióticamente el año con veintiún cañonazos televisados desde La Cabaña, el himno nacional, y algún discursito-alocución enardecedora de nuestro espíritu de lucha.

Todo quien tiene un arma dispara al cielo, aunque eso está prohibido. Los reclutas que estén de guardia en la periferia de la ciudad disparan sus ráfagas de AKM para sentirse parte del jolgorio y no se saltan las alarmas en sus unidades. Resulta sobrecogedor escuchar el tiroteo y ver de cuando en cuando alguna trazadora surcando el oscuro espacio. Esos son nuestros fuegos artificiales.

Hay que ver, o mejor escuchar, la gran cantidad de armas que existe en La Habana, asombra, porque no se venden. Todas se supone estén en manos de policías, militares y represores, pero son muchas.

Cuando comienza el tiroteo de despedida del año, intento siempre protegerse detrás de cuatro paredes por si acaso se pierde alguna bala y no me deja llegar al día primero. Me siento como si estuviera en Bagdad.

No obstante, el cubano es fiel a sus tradiciones, aunque algunos equivocados con poder intenten eliminarlas, escamoteárnoslas, desde hace más de medio siglo.

Casi no había manzanas y menos uvas. Las tiendas no vendieron nada especial ni hicieron sus clásicas rebajas, pero las familias se apertrecharon con lo que pudieron encontrar y comprar, siempre algún pedazo de carne de cerdo, cervezas y ron, caro o barato (después del tercer trago ya no importa la calidad del alcohol).

En mi barrio, donde hay muchos edificios multifamiliares (de micro), con balcones abiertos a la calle, todo el mundo estaba celebrando dentro de sus apartamentos y se escuchaba mucha música de todo tipo, bien alta.

Un negro fuerte y alto arrastraba por la calle frente a mi casa un bafle de medio metro de alto estilo maleta con agarradera telescópica arriba, una reproductora incluida encima, y rueditas. En la mano derecha portaba una botella de ron a medio vaciar. Estaba alegre y su música latina sonaba durísimo. Vi venir una patrulla y me puse a observar, pero esta solo aminoró su marcha, observó bien al negro contento, y continuó. El negro siguió inmutable con su contentura, su botella y su música calle abajo.

Nada, ningún decreto o autoridad puede cambiar milenios de agradables celebraciones acostumbradas manejando tal o más cual criterio alejado del sentimiento popular.

En Cuba no hay ningún feriado dentro del año para disfrutar o festejar sanamente. Todas son fechas patrióticas o conmemorativas de algo que no tiene que ver con la alegría simple del ser humano o sus tradiciones ancestrales.
Como decimos clarito, clarito: El Muerto al hoyo y el vivo al pollo.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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