Sociedad

¿Cómo es eso del asedio a las mujeres?

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) Los hombres, hasta donde se sepa, han tenido siempre la iniciativa en cuanto a seducir abiertamente a las mujeres.

Se trata de sexos complementarios, distintos, opuestos: el fuerte y el débil, etc. Eso de la igualdad de género es una novedad que han impulsado los gays y las lesbianas, con mayoritario acceso a los puestos directivos de los medios.
De ninguna forma somos iguales. ¡Válgame Dios!

De ser como tratan de imponer en las mentes, yo no iría a la cama con una señora tan alta y musculosa como yo, con pelos en las piernas, quien me hablaría al oído con voz ronca y aliento etílico, me soplaría el humo de sus cigarros en los ojos, me mostraría sus bíceps disimuladamente para impresionarme y provocar el deseo, me empujaría a la cama un poco demasiado fuerte, para caerme arriba e inmovilizarme. Ná. Me agradaría siempre una chica pequeña, suave, cariñosa y tenue como el atardecer junto al mar en calma.

No es lo mismo. Por fortuna no somos iguales para nada. Claro, sí tenemos los mismos derechos absolutamente, que eso es diferente.

Desde la edad de las cavernas, el hombre elegía su pareja de entre las mujeres de la tribu y la convencía mostrándole el pernil más grande del mamut recién cazado. Ellas aprendieron rápido. Nada más tiene que observar a las bebés que aún no han llegado al año de edad cómo saben ya manipular a sus papás para que las carguen o las mimen. ¡Y siempre lo consiguen! Las mamás solo sonríen en silencio, conocedoras. Ya lo traen incorporado en los genes.

No hay cosa más torpe que un hombre cuando intenta declarar su pasión a una mujer, no importa que esa persona sea la más ilustrada, o la más capaz en su desempeño social, se enreda todo, se hace un ovillo mental, no le salen las palabras ensayadas una y otra vez, mientras ella espera pacientemente porque el muchacho termine de expresar lo que ya ella sabe desde hace rato.

¡Qué difícil es! Uno siempre supone que lo van a poner a uno en situación incómoda, en ridículo, que nos van a ofender y nos dejarán balbuceando excusas y tonterías por ninguna razón, pero al final quienes han llevado casi siempre las riendas han sido ellas, quienes han provocado que el macho se fije en ellas, siga la pista y caiga buenamente en la trampa que le han tendido.

Siempre son ellas, pero lo hacen con tal maestría encubierta que uno se cree de veras el conquistador y le dice al socio “¡Viste qué clase de jebita ligué!” ¡Qué comemierdas somos!

Por lo menos en las cavernas no existía la burocracia y no sucedía eso del matrimonio, que te engancha en los mejores momentos de la relación y después te suelta tras el penoso y escabroso litigio sin un centavo o con casi nada de lo que pensabas era tuyo.

El hombre se casa porque necesita quien le lave la ropa, le cocine y le atienda, así como para disponer de un buen culo por las noches, pero al final termina sin el culo, -que lo usa casi todo el barrio menos él-, lavando las ropas de todos en la lavadora que ha adquirido para ella con su salario, cocinando para la familia lo que él ha adquirido en el mercado, pues su pareja está muy ocupada con su nuevo empleo y sus nuevas relaciones. Y al final, nos parece todo bien mientras contemos con algo de compañía y complicidad. Eso es lo que nos hemos grabado en los genes y a lo que humildemente convenimos.

No hay una receta para conquistar a una mujer. La forma siempre varía, pero lo primero que uno tiene que fijarse es si la fémina se ha fijado en uno, si no, hagan la fuerza y demuéstrense sin demasiado aspaviento delante de su persona (la de ella). Lo demás podemos dejarlo a ella, que si se interesa, se acercará de una forma u otra rápidamente.
Algunas serán sutiles mientras otras te tocarán sin muchos miramientos, no con las manos, sino con las caderas, que apretarán en el lugar apropiado cuando se te echarán encima (¿recuerdan lo de la serpiente?) para comprobar la calidad de lo que están adquiriendo. No hay casualidades. Ellas actúan exactamente igual con los machos cómo lo hacen en las tiendas: se toman su tiempo.

Observe a las gallinas con un gallo y se percatará del rol de cada uno.
En el patio el gallo es uno solo, no admite competencia, y si llega, echa al otro a picotazos. Tendrá una gallina o tantas como sea posible. No hay límites ni leyes en su contra. El gallo demostrará constantemente su supremacía encaramándose en algún lugar elevado, agitando sus alas y gritando. Cuando desea que se acerquen las gallinas, picoteará en algún lugar en el suelo, aparentando que hay comida ahí, aunque no sea el caso. Mientras, se escuchará su cacareo ocasional y tranquilo. Luego perseguirá a la gallina de su elección hasta que esta escape o sea capturada y la montará.

El hombre es idéntico en lo fatuo, pero nos han desvirtuado los roles. Las gallinas se sublevan y se buscan otro gallo, casi siempre expulsando al rey del patio que él consideraba sus dominios. Al final no mandamos en nada, aunque nos dejan creer que sí, mientras ante los desencuentros finales consideramos hacer nuestro papel de hombre cuando nos marchamos con lo que llevamos puesto y dejamos todo lo demás, incluyendo la casa que hemos fabricado u obtenido de alguna milagrosa forma, a la pobre mujercita, sexo débil, quien se tiene que hacer cargo de los niños, trabajar en la calle, etc.

Nuestra nueva pareja nos va a susurrar al oído todo tipo de extraños convencimientos como: “¿Tú eres comemierda? ¿Le vas a dejar todo a esa loca después que tanto sacrificio te costó? ¿Y nosotros qué? ¿Dónde van a vivir los hijos que tengamos?” Ahí mismo se vuelve a joder la cosa.

En Cuba, si una mujer quiere que algún hombre maduro (preferentemente ya con descendencia) desaparezca rápido, sin dejar rastros, háblele de tener hijos. De seguro no le contestará ni cortará sus pretendidas ilusiones, pero no volverá a aparecer en su vida.

Eso se lo asegura un ciudadano de la nación con el menor índice de natalidad del planeta y quien no le habla a las señoras embarazadas o con niños pequeños. Si las saludo y converso algo con ellas es por pura cortesía. Ni loco me enredo con una mujer con hijos. Al segundo día de instalarte en su casa, te dicen sin el menor sonrojo: “Pipo, hace falta que compres una botella de aceite y algo de comer, que no hay nada para cocinar hoy.” O: “Macho, al niño se le han roto los zapatos, ¿tú crees que se le puedan conseguir otros?” ¡Aleluya, y cómo están de caros y malos!
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*