Sociedad

¿Cómo resistimos?

El Cerro, La Habana, Emaro (PD) Unos días atrás llevé en mi cacharrito, un Ford alemán de 1959, ya muy maltratado, a mi madre, una ancianita de ochenta años, diabética, hipertensa, con dificultades en la locomoción, y con un montón de otras afecciones, casi siempre debidas a la avanzada edad, a la farmacia.

La anterior farmacia, hasta donde ella podía caminar, situada en Avenida de Los Ocujes y Santa Catalina, detrás de la antigua Heladería Word, en El Cerro, fue cerrada definitivamente y sus clientes movidos a otra más distante, cerca del paradero de Palatino.

De las más de veinte recetas que llevó, mi madre retornó a la casa con quince, pues no había los medicamentos que necesita.

Hoy, tras mucha bronca con los burócratas y médicos administrativos que se negaban, fue ingresada en el hospital La Covadonga, en la sala de Geriatría, para intentar encontrarle los medicamentos apropiados para curarle una severa infección en los riñones, entre otras cosas.

La Covadonga, como casi todas las instituciones de su tipo, presenta muchos problemas, comenzando por la falta de agua en todas sus salas.

Si esta señora, mi madre, no contara con sus dos hijos, ya cercanos a los sesenta, para auxiliarla, moriría encerrada en su casa por falta de atención adecuada, medicamentos, etc., y ni siquiera aparecería como estadística.

Hoy Cuba va camino de convertirse en un enorme asilo de ancianos. ¿Quién va a trabajar para mantenerlos? ¿Quién los va a atender?

Justo al lado de mi apartamento viven dos ancianitos. Ella con severa diabetes, él ya casi no tiene riñones. Viven solos. Ni se asoman a la puerta. Nadie viene a visitarlos, tal vez una hija, también ya vieja y excesivamente voluminosa, quien aparece una vez al año.

¿Cómo sobreviven cuando no pueden ya salir a caminar y no cuentan más que con sus pensioncitas de miseria? Nadie lo sabe.

Ayer dejaron salir de una estación de policías a la esposa de mi hijo. Era pasada ya la medianoche. A esa hora fue que la dejaron llamar a su casa. Aparentemente había sido capturada a media tarde por dos tenderas avisadas por las CCTV de que estaba robando. Aducen las empleadas que estaba intentando esconder en su panza un paquete de jabones de baño. A otras dos que fueron apresadas con ella no las dejaron salir de las celdas policiacas y posiblemente sean trasladadas a alguna prisión preventiva (en Cuba un detenido tiene que esperar ocho días para poder contar con un abogado que le defienda y oriente).

No se puede robar. Es cierto. Pero, ¿me puede usted decir cómo sobrevive esta familia tan cercana a este escritor, igualmente muerto de hambre, cuando esta señora está en avanzado estado de gestación de su quinto hijo y no tiene empleo? Su marido tampoco lo tiene y labora con su papá, compartiendo un taxi furtivo que está a punto de perecer en las desastrosas calles de esta ciudad.

¿De qué le serviría un salario a mi hijo si con trescientos o cuatrocientos pesos que ganaría al mes deberá mantener a nueve personas, entre ellos dos muy pequeños aún con necesidades especiales, que van a ser tres pronto, y dos adultos mayores (quienes tampoco pueden laborar) que viven con él?

¿Puede resistir un cubano con cuarenta pesos per cápita para un mes cuando una libra de carne de cerdo está por sobre los treinta pesos y lo que entregan por la cuota (alimentos subsidiados) no alcanza para comer una semana?
¿Y los medicamentos? ¿Y la ropa y los zapatos de los niños?

¿Qué se hace una persona en este país para sobrevivir? ¿Por dónde tenemos el nivel de estrés y nuestra respuesta de humanidad hacia el prójimo cuando usted no sabe cómo va a vivir la próxima jornada?

Yo primero atacaría a las causas. No creo que un par de asistentes gubernamentales con una agenda en la mano y muchas promesas de soluciones improbables sean la solución.

La nuestra es solo una historia de las miles que se suceden cada día en esta nación, pero las cuento porque puedo probarlas.
No esperamos compasión, no se trata de eso. Necesitaríamos toneladas, pues ya vamos por casi sesenta años de lo mismo. La causa fundamental: un sistema social donde primero está el Estado y después los seres humanos. Somos mercancía, materia prima, objetos que se pueden incluso exportar.

Cuando dejas de ser útil, pues te pasa como a mis vecinos. Ambos fueron profesionales: él, ingeniero eléctrico, ella, maestra. Hoy son tan solo viejos.
eduardom57@gmail.com; Eduardo Maro; E-Maro

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