Sociedad

Cómo va nuestra educación

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) Las fotos que acompañan este trabajo, fueron tomadas durante el tradicional Sábado del Libro, el pasado 20 de enero. Presidían la reunión el director del Instituto Cubano del Libro, Edel Morales, un par de editores que trabajaron en el libro que se presentaba y su autor, un señor de cabello blanco largo.

El libro presentado trataba sobre Sergio Corrieri, el actor ya desaparecido que protagonizó en los años 70 la película El hombre de Maisinicú y el serial televisivo En silencio ha tenido que ser, que ensalzaban la labor de la Seguridad del Estado.

Si usted se fija bien en las fotos, notará que los asistentes a esta reunión literaria –efectuada en la única calle pavimentada con madera que se conserva en La Habana- no pasaban de cuarenta personas, casi todas de la tercera edad. En su mayoría, eran funcionarios que se vieron obligados a asistir a la presentación del libro debido a sus cargos, y tal vez algún amigo del autor.

Allí estaban varios funcionarios que toman decisiones de la esfera del libro y estuve tentado a interrumpir y preguntarles, en público y en voz alta, por qué no se imprimían libros más interesantes y que importaran a la gente, por ejemplo, textos que analizaran los tantos problemas que tiene nuestra sociedad. Pero no hice la pregunta pues consideré que no valdría la pena el arriesgado show del que nadie se enteraría.

La falta de libros buenos e interesantes es una de las causas de que la juventud, ante la avalancha de distracciones, no se sienta estimulada a leer.

Comienzan a proliferar entre los más jóvenes y otros ya no tanto la costumbre de arrastrar potentes bocinitas de audio estilo maleticas, incluso con rueditas, donde reproducen la música que prefieren.

Estos nuevos aparatos, descendientes de las pesadas radio-caseteras de los años 80, alcanzan a reproducir altos decibeles más bien chillones, con poco bajo.

La mayoría de los jóvenes cubanos gusta de los ritmos más malos existentes en el mercado, como el reguetón y algo que llaman Crap o Trapp, o algo por el estilo, y que consiste en remedos de melodías lloronas y plañideras, más bien habladas, como el rap, pero sin su intensidad y ritmo.

Por mi casa pasa un joven bombero, de uniforme siempre, con sus audífonos conectados. Canta lo que él solo escucha, pero lo que dice o pretende cantar varias veces me ha compelido a acercármele a asistirlo pues suena como que si se quejara por algún dolor, como si estuviera llorando, o lamentándose de alguna tragedia personal. Por suerte, ya conozco de qué va esa música y lo dejo tranquilo.

Hoy proliferan los estudios de grabaciones privados, con recursos muy mediocres, donde graban los que no tienen acceso a los escenarios. Esto debería ser bueno en términos de libertad de expresión, pero no, es dañino.

Se escuchan, por doquier y a todo meter, las distorsionadas voces de pésimos cantantes, las horribles letras altamente ofensivas al oído, misóginas y racistas en extremo, nada poéticas y ultra-chabacanas, que no tendrían difusión en ningún otro medio por groseras y por su nula calidad en todos los sentidos.

Los muchachos copian esa música (¿?) de los medios no tradicionales que hoy pululan y las ponen en sus equipos, entre ellos las bocinitas de las que les he hablado.

Los reguetoneros no necesitan habilidades vocales, y cualquiera, todos, incluso quienes no tienen absolutamente oídos musicales ni ninguna otra sensibilidad artística, pueden cantar o repetir sin ton ni son, sin sonrojarse.

El reguetón reproduce las tendencias conversacionales de la juventud. ¡Y qué tendencias! Hay que ir a las escuelas primarias y secundarias a escuchar a los muchachos, en su salsa y sin censuras.

Así vamos. Si no se atiende con fuerza este fenómeno de una juventud que no lee y no le interesa el arte y la cultura, que no le educan como deberían con métodos modernos donde se le incentiven lo que podría elevar sus entendederas y no materias de las cuales no harán ningún uso en sus vidas de adultos poco ilustrados, veremos a toda una generación de pobres de alma y comportamiento, pues desconocen todo lo que deberían saber.

Nuestras escuelas, si no utilizan los recursos tecnológicos que atraen a la juventud, estarán arando en el mar, gastando una buena cantidad de recursos sin beneficio.

A esos funcionarios de las fotos parece no importarles. Cómodos en sus conchas existenciales elitistas desde donde nada ven, cumplimentan estúpidos planes propagandísticos, publicando casi en secreto libros que nadie lee, ni siquiera ellos mismos.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*