Política

Cuba sigue siendo la Cenicienta de América

Miami, USA, Alfredo M. Cepero, (PD) Durante tres generaciones, los cubanos hemos padecido hambre, miseria, prisión, muerte y exilio bajo un régimen que ha disfrutado de una impunidad sin precedentes en la historia de América.

A lo largo y ancho del Continente Americano se han elegido y derrocado gobernantes, se han experimentado terremotos y sufrido huracanes y se han producido cambios en todos los órdenes de la vida, tanto en lo político como en lo económico y en lo social. Mientras tanto, el infierno creado y administrado por el binomio diabólico de los Castro parecería congelado en un tiempo de desesperanza y de resignación durante casi 60 años. Allí nada ha cambiado y, si algo ha cambiado, ha sido para peor. Ahí reside la responsabilidad de los cubanos por nuestra propia desgracia. No tenemos excusas y estamos pagando la culpa.

Pero los tiranos jamás habrían podido perpetuarse en el poder por más de medio siglo sin la complicidad y la indiferencia de un mundo que ha perdido su rumbo. La prensa de izquierda perpetúa el mito, las universidades tergiversan la historia, los artistas idealizan a los asesinos, los gobernantes protegen sus intereses políticos y los hombres de negocio promueven sus intereses materiales.

Para esa gente, Cuba es la colonia fructífera, la fruta prohibida, la causa perdida, el pueblo ignorado, la víctima acusatoria y el testigo inconveniente. Por eso nos atacan con tanta saña cuando denunciamos a los tiranos y les señalamos su complicidad con ellos.

Pero quizás lo más deleznable es que muchos de estos cómplices han tenido la osadía de darnos esperanza a las víctimas y el descaro de cambiar de posición cuando ha servido a sus intereses específicos.

Han jugado con nuestra tragedia y se han burlado de nuestra desesperación. Caso en cuestión, el de esa cosa inútil y amorfa que es la Organización de Estados Americanos.

En 1962 y bajo presión del gobierno de Estados Unidos, los miembros de la OEA expulsaron a la tiranía cubana en la Octava Reunión de Consulta de dicha organización regional, celebrada en Punta del Este, Uruguay. Se dijo entonces que el régimen comunista de Cuba era “incompatible con el Sistema Interamericano”

Toda esa “incompatibilidad” desapareció cuando, en junio de 2009, los ministros de Exteriores de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunidos en Honduras, acordaron derogar por unanimidad la suspensión aprobada en Punta del Este en 1962.

Como sabe cualquier observador imparcial, el régimen de Cuba no ha cambiado. Lo que ha cambiado para peor es la OEA.

Los Estados Unidos, nuestros supuestos grandes “amigos y aliados”, no se han quedado atrás en su duplicidad y en su hipocresía con respecto a nuestra lucha por la libertad de Cuba. Desde Dwight D. Eisenhower a Donald Trump, 10 presidentes norteamericanos, si excluimos a Jimmy Carter y a Barack Obama, han definido la política de este país hacia la tiranía cubana en términos casi apocalípticos. Todos nos han prometido ayuda y algunos hasta nos han traicionado, como el patético John Kennedy.

Quienes aprendemos de nuestros errores, hemos tenido que ser testigos del circo deplorable de los periódicos procesos electorales norteamericanos. Nos piden el voto, nos prometen ayuda y, después de ser electos, se olvidan de nosotros y de sus promesas.

Todas estas cosas me han pasado por la mente en los últimos días con motivo de la lentitud de Donald Trump para convertir en realidad las promesas hechas al exilio cubano en las recientes elecciones presidenciales.

En un discurso de 38 minutos en junio de este año en el emblemático Teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana, Trump dijo que denunciaría la violación de derechos humanos por los tiranos y que los obligaría abrir su economía a la pequeña empresa. Subió entonces el tono cuando dijo: “Estoy cancelando en su totalidad el desastroso acuerdo de la administración anterior con el gobierno de Cuba”. La multitud cayó en un estado de paroxismo que manifestó en un estruendoso aplauso.

Pero, en este caso como en otros en asuntos políticos, del dicho al hecho hay más de un paso. La retórica no ha estado al nivel de la realidad. Cuatro meses más tarde, todo sigue igual a como lo dejó Barack Obama.

Me pregunto por qué motivo el Presidente Trump no utilizó leyes que ya están en vigor como la “Ley de Democracia Cubana” y la “Ley de Restauración de la Libertad y la Democracia en Cuba” para apretarle las tuercas a la tiranía castrista. Al mismo tiempo, por qué sigue eximiendo a los aeropuertos y puertos cubanos de la prohibición a empresas navieras de utilizarlos en su comercio o siquiera tocar en ellos. Si de verdad quieren asfixiar económicamente al régimen, esa es el arma ideal.

También es motivo de preocupación que Trump haya mantenido en vigor medidas de Barack Obama como los vuelos directos a Cuba y los cruceros que salen de puertos norteamericanos.

El hecho para mi más inaudito es que, a pesar del reciente ataque a diplomáticos norteamericanos en Cuba, las relaciones bilaterales se mantienen en vigor y la embajada sigue abierta. Los Estados Unidos retiraron a algunos de sus representantes en Cuba y expulsaron a unos cuantos funcionarios cubanos en Washington. Pero es muy sospechoso que no se haya hecho una investigación exhaustiva de los hechos ni se hayan asignado responsabilidades por el ataque.

Como era de esperar, la tiranía cubana ha negado responsabilidad por los hechos y ha llegado al cinismo de decir que los ignoraba en su totalidad.

Nadie que haya sido testigo de la conducta mafiosa y seguido los pasos truculentos de los Castro en la prolongada noche de su tiranía puede creer en este cuento chino. En Cuba no se mueve una hoja sin que lo sepa Raúl Castro. No hay embajada extranjera donde no haya un número considerable de espías del régimen. Además, en la improbable situación de que el gobierno fuera inocente, es culpable de no proteger a los miembros de misiones diplomáticas extranjeras según lo estipula la Convención de Viena de 18 de abril de 1961.

Pero volvamos a la contradicción entre la retórica y la acción de Donald Trump en el enfoque de la situación cubana.

La aplicación de cualquier medida contra un gobierno extranjero tiene que ser aprobada por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del gobierno de los Estados Unidos. Si usted visita la página WEB de la misma y le pregunta la razón por la cual no han sido aplicadas a Cuba algunas de las medidas anunciadas por Trump, la respuesta es que “los cambios tendrán lugar cuando la OFAC emita nuevas regulaciones”. Aquí tenemos la situación aberrante de unos burócratas que no fueron electos por nadie determinando la política exterior de la nación más poderosa del mundo.

Todo esto indicaría que Trump tiene las manos atadas, pero no es así. Trump no tiene que esperar por el permiso de la OFAC porque puede lograr la aplicación de las medidas contra la tiranía de Cuba por medio de un decreto, tal como lo hizo con las medidas contra la dictadura venezolana el 25 de agosto. No puedo especular sobre los motivos por los cuales no lo ha hecho. Pero lo que no se puede negar es que los cubanos hemos sido abandonados a nuestra suerte por quienes una vez nos juraron fidelidad en la desgracia y que Cuba sigue siendo la cenicienta de América.
lanuevanacion@bellsouth.net ; *Alfredo M. Cepero, director de; www.lanuevanacion.com
Tomado de: www.lanuevanación.com; http://twitter.com/@AlfredoCepero

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