Política

El final de la obra I

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) George Orwell, en su libro 1984, definió así el pensamiento dual: “Conocer y no conocer. Estar apercibido de la realidad mientras se dicen mentiras cuidadosamente construidas, mantener simultáneamente dos opiniones que se autocancelan, conociendo que son contradictorias y aún creer en las dos; emplear la lógica contra la lógica; repudiar la moralidad cuando la exigimos; creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia. Olvidar lo que sea necesario y traerlo de vuelta a la memoria de nuevo en el momento que sea preciso y sobre todo, aplicar este proceso al proceso mismo de olvidar. Esta es la última sutileza: introducir inconsciencia conscientemente y de nuevo convertirse inconsciente del acto de hipnosis que hemos experimentado.”

Este galimatías es intrínseco de nuestra idiosincrasia, una forma de supervivencia que se ha perfeccionado en los últimos sesenta años, inmersos en la dictadura. Lo imaginó Orwell en Inglaterra, en la ya lejana década del cuarenta del siglo veinte y nosotros lo pusimos en práctica en esta isla, les aseguro, sin ninguna conexión histórica conocida: nosotros llegamos a esto por pura iniciativa propia.

La Revolución Castriana llegó muy bienvenida por una inmensa mayoría, contaba con todas las posibilidades de éxito, con todos los recursos nacionales, incluyendo los humanos, inmensas simpatías en el exterior y una ayuda gigantesca que no ha faltado hasta hoy (aunque ya se tambalea) desde varios suministradores, pero, paradójicamente, medio siglo después aún pasamos hambre y el país está desindustrializado, con un daño antropológico que va a costar décadas revertir en términos de hacer al cubano un ente trabajador, eficiente, que no robe, que olvide la hipocresía y que no viva aterrorizado por cuanto va a decir en la próxima tertulia.

Este resultado no ha sido solo obra de los políticos, sino de un comportamiento civil desustanciadamente sostenido para lo cual los cubanos hemos estado predispuestos por nuestros orígenes y nuestra composición como nación.

Nuestra nacionalidad se formó a partir de la eliminación de la población originaria casi en su totalidad. Las tres razas indígenas se encontraban en un estadio de desarrollo muy alejado de los europeos cuando estos arribaron. Algunos sobrevivieron de todas formas. De inmediato se trajeron a los negros africanos que estaban más o menos en las mismas en cuanto a desarrollo social.

Los holandeses, ingleses o franceses, no se mezclaron en sus colonias con los originarios o los negros, pero los españoles sí. Consideraban al trabajo una ofensa e incluso existían leyes que privaban de títulos de hidalguía a quienes necesitaran trabajar. Por más de dos siglos ingresaron inmensas fortunas por el puerto de Cádiz para salir una semana más tarde por la frontera francesa sin dejar una huella en la sociedad o la economía española. Eso lo heredamos, como heredamos a las mulatas.

Llegaron después los chinos, con su idiosincrasia humilde, frugal, trabajadora y económica, pero muy sumisa.

También tuvimos una comunidad hebrea bastante extendida, japoneses y libaneses, pero no dejaron mucha huella.
Entonces, ¿qué tenemos aquí? ¿Pioneros pragmáticos y emprendedores, como en Norteamérica? Nada de eso. Dentro de esta isla, sacudida por los frecuentes huracanes, fueron ingresando los ingredientes de una champola gruesa: El indígena, el negro y el español, los judíos y los chinos. El indio y el negro aún en el paleolítico, forzados a trabajar, por lo cual odiaban el trabajo y se evadían; el español, con sus pocos deseos de laborar y su tara de estar siempre a la saga, como colgados a duras penas del desarrollo europeo; los hebreos, cambalacheros y tacaños por idiosincrasia, que tampoco trabajan demasiado, solo comercio, comprar aquí para vender allá más caro, sin producir; los chinos, haciendo sus fortunitas callados, reuniendo kilo a kilo y si les alcanza, se vuelven a su tierra sin que sus vecinos recuerden bien cómo se llamaban en su idioma natal, sin dejar marca.

Mi intención no es ofender, solo ilustrar realidades.

Llegamos tarde a todo, incluso en la Historia. Junto a Puerto Rico fuimos los últimos en liberarnos de España, en abolir la esclavitud, etc. Aún hoy, todavía intentamos darnos una República verdaderamente democrática y eficiente.

Jorge Mañach fue uno de los mayores estudiosos del comportamiento del cubano. Mañach caló hondo en la idiosincrasia del cubano y en sus transformaciones sociopolíticas en la primera mitad del siglo XX, estudió nuestros complejos y colocó a José Martí en el pedestal donde hoy se yergue.

En “Indagación sobre el choteo”, de 1927, explica cómo el comportamiento del cubano, unido a todos los demás factores externos conocidos, como el intervencionismo norteamericano, etc., lastra nuestro avance como ciudadanos.

En el libro “Más allá del Mito”, dos académicos de la Universidad de Holguín, Rigoberto Segreo y Margarita Segura, han lanzado al ruedo literario cubano una valiente reivindicación de Mañach.

De dicho libro tomo la siguiente cita de Mañach: “Con la independencia, la autoridad política es ya autóctona; pero el agregado humano que ella rige aún no se ha realizado cabalmente. Ante las resistencias de ese hecho imperfecto la autoridad política se desmoraliza; la intencionalidad se debilita y rebaja en los grupos rectores; el Estado no logra cobrar sustancia y el pueblo no llega todavía a hacerse nación. Se desemboca en un angustioso círculo vicioso, que enmarca todo nuestro problema actual.”

Estrada Palma, al asumir la presidencia, el 20 de mayo de 1902, dijo: “Ya tenemos República. Ahora hacen falta ciudadanos.”

Todavía no los hemos conseguido.

Según Mañach, todo giraba en torno a “…el surgimiento y desarrollo de un estado de conciencia que le permita a la nación constituirse como cultura espiritual y defender su existencia independiente.”

Decía en 1930: “De los males políticos de Cuba somos responsables, en primera instancia, los mismos cubanos, porque no hemos aportado a nuestro ensayo democrático el mínimum siquiera de cordura, de decencia, de fervor y desinterés cívico que la democracia exige para ser medianamente eficaz como régimen político.”

Afirmaba Mañach, en su ensayo “Crisis de la Ilusión”, que “el cubano padece, políticamente, de un complejo de inferioridad que le hace inhibirse de la acción rectificadora y considerar poco menos que inútil todo esfuerzo por adecentar nuestra vida pública”.

En los años 50, durante el batistato, Mañach refería: “…La situación en Cuba está en un callejón sin salida, atrapada entre el miedo de la oposición a que el régimen no garantice condiciones para elecciones libres, y el temor de la dictadura de no poder mantenerse en el poder y perder las prebendas de sus usufructuarios… Esa solución solo podría consistir en que ambas partes cedieran razonablemente en su absolutismo: En que las Oposiciones no persigan una anulación imposible, ni el régimen se aproveche de ellos para asegurarse a su favor todo el futuro político.”

En la revista Bohemia, el 14 de febrero de 1960, en “Compromiso con la verdad entera escribió: “Lo que en fondo hay es que el mundo de hoy está, en todo, dividido entre la libertad y la seguridad. Así como en el orden social hay quienes más o menos voluntariamente sacrifican la libertad relativa a la seguridad, por ejemplo económica, que los regímenes totalitarios procuran, así también hay escritores que prefieren la “seguridad” ideológica de los repertorios dogmáticos, que les ahorran el trabajo de pensar, a la libertad de juicio, que se ha mostrado más fecunda en la historia, pero también más riesgosa. Yo sigo prefiriendo esta última, pues permite la rectificación progresiva de los errores y la depuración de los aciertos mediante el contraste de opiniones y la libre discusión. Lo otro no conduce sino al “estatismo” en ambos sentidos de la palabra: el de la política y el de la inteligencia.”

Ya al final de su vida, en Puerto Rico, después de ser casi literalmente expulsado de su país por los comunistas, decía en el ensayo Teoría de la Frontera, de 1961: “La experiencia de los últimos cincuenta años nos ha enseñado que lo humano tiene que estar por encima de lo nacional; que en lo político, como en lo económico, los pueblos se afectan los unos a los otros y a menudo dependen entre sí, y que ningún gobierno representa de veras a un pueblo cuando entroniza en su propio suelo la arbitrariedad y la opresión.”

¡Impresionante la vigencia de las palabras de este hombre!

eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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