Cultura

El sueño de Van Gogh en Romerillo

Jaimanitas, La Habana, Frank Correa, (PD) En el filme La vida de Vincent van Gogh constaté que la vida del pintor holandés no fue una existencia infausta, en comparación a la del pintor Antonio Calzada, residente del barrio marginal Romerillo, del municipio Playa.

Es cierto que la vida de Vincent van Gogh fue atroz. Fue un genio atormentado que murió como dijo en la última carta a su hermano Theo: “para que otros artistas no vuelvan a vivir esto”. Pero al cotejarla con la del cubano Antonio Calzada, con sus padres ancianos y enfermos y su hermano Daniel alcohólico, en una casita de mala muerte que parece va a caerles encima, con un hambre de carencia infinita, bajo un gobierno comunista que lo prescinde, y un sistema de casas de cultura que lo derriba, con una comercialización del arte espuria donde es víctima de curadores y cuentapropistas, la vida de Antonio supera a la de Van Gogh en locura y tragedia.

Vicent Van Gogh vivió ajeno a la vida política. Intentó desempeñar su papel de Cristo dentro de su enajenación y el no conseguirlo lo retó definitivamente a la pintura. Aunque en vida solo vendió un cuadro por una suma irrisoria, tuvo siempre la ayuda de su hermano Theo y la de sus conciudadanos, y nunca le faltó tela, óleos, aceite de linaza, pinceles, bastidores…

La posibilidad de viajar y codearse con los grandes de la plástica, en Ámsterdam, en Viena, en Bruselas, en Paris, ver las hermosas vistas de las campiñas, los trigales y molinos, los crepúsculos de horizontes sin límites y las luces, sobre todos las luces, ofrecen una buena ventaja a Vicent Van Gogh sobre el desvaído Antonio, que quiso pintar desde niño y a los trece años sufrió su primera decepción, después de ganar un concurso de pintura en la Casa de la Cultura.

“El presidente del jurado era Fabelo”, expone Antonio. “En el acta del jurado me señaló como una promesa del futuro de la plástica en Cuba y me propuso para la escuela San Alejandro, pero cuando llegó la beca eligieron a otro niño, blanco, hijo de gerentes de empresas comerciales, militantes del partido”.

No fue un reto como sucedió a Van Gogh, fue la necesidad quien obligó a Calzada a dedicarse a la pintura y pintar muchos cuadros, que entregaba a los intermediarios de La Catedral para la venta a extranjeros “sabe Dios a cuánto”. Después le entregaban a Antonio una bagatela de dinero, comparada a lo que valen hoy Los girasoles y Retrato del doctor Gachet de Vicent.

Para colmo, Antonio Calzada no puede viajar. Como la abrumadora mayoría de los hombres de su edad, solo conoce Cuba y sus barrios marginales. Tampoco tiene un hermano que se llame Theo.

Daniel es un alcohólico irreductible, se levanta temprano, borracho, se sienta en una silla ido del mundo, oscilando en un eje de péndulo que ha utilizado en sus propuestas, junto a su cara de niño perdido.

Como no tiene dinero para comprar pinceles, Antonio los construye con pelo de caballo. Sus oleos son zinc derretido ligado con ceniza. Los bastidores son astas de las banderas que recoge después de los desfiles políticos. Utilizó las sabanas de las camas para su última serie: Eva mitocondrial, colmada de reinas negras, tristes pero dignas, y coloraturas parduscas de los atardeceres en su Romerillo de callejuelas de tierra y gente sin futuro, que cargan el pesado fardo de haber construido este presente, sin ningún deseo y tampoco interés de redimir.

¿Cuánto puede valer una pintura de Antonio Calzada? Como no es un artista de catálogo, los vendedores de cuadros de La Catedral le ponen el precio que quieran a sus obras. Y luego de un hambre larga como una autopista, sobreviviendo de pequeños retratos que hace a vecinos que le dan algo para pan y medicinas, y cuando por fin los vendedores de cuadros de La Catedral le dan “el dinerito”, apenas alcanza para pagar las deudas y endeudarse otra vez, y volver a la espera del milagro de la próxima venta. Sobrevive y pinta.

Tal vez nunca produzcan una película sobre la vida del pintor de Romerillo. ¿Pero quién sabe? Antonio me cuenta una historia que pudiera servir de guion para un filme, la vez que decidió acercarse a una galería de venta, donde había entregado tres cuadros a un curador que prometió incluirlos y pasaban los días y el hambre obligó a acercarse a la galería, llena de turistas y dice: “Entristecí mucho al no ver mis cuadros colgados en la pared… busqué a mi amigo el curador para amonestarlo y lo hallé hablando con un par de extranjeros coleccionistas. Al verme vi cómo se estremeció, me tomó por el brazo y me llevó hasta el sótano. Me dijo: Como tus cuadros no pueden exhibirse arriba, porque no están en catalogo los vendimos aquí, en el sótano, a coleccionistas privados que se arriesgan con pintores novicios. Les dijimos que eras un cubano radicado en Miami, al que no le habían dado la visa… para volver los cuadros más atractivos”.

El curador lo acompañó a la salida, y le dio sesenta euros.

-20 por cuadro –le dijo. –. Cuando tengas más tráelos… para seguir probando.

Aquí va una aclaración, para los que andan por el mundo viendo arte: cuando vean un cuadro con la firma A. Calzada, sepan que no pertenecen a un cubano que vive en Miami, es la tragedia remordida en un oscuro pasillo de un barrio marginal, con sus padres enfermos, su hermano alcohólico, un apartheid en las casas de cultura y una dictadura comunista de estigma. Un pintor que no conoce más allá del Malecón y construye sus pinceles con pelo de caballo, sus oleos con zinc derretido y ceniza… y que sueña con Van Gogh, en Romerillo.
frankcorrea4@gmail.com; Frank Correa

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