Beisbol, Deportes

Estado Pelota versus economía nacional

«No dejes camino por vereda».Guaracha.Ñico Saquito.

Alamar, La Habana, Alberto Rodríguez, (PD) Un antiguo del que olvido su nombre acuñó que un acre de tierra no se traspasaría sin casi un acre de pergamino. La frase se defiende por sí misma, no se necesita citar al antiguo para sostenerla, aunque en la diligencia conste motivo.

Socorro necesita la pelota cubana.

A partir de que se expulsara del juego al profesionalismo, la pelota se convirtió en un programa político. La política y no el juego se priorizó por encima del divertimento, la técnica, incorporaciones de avances tecnológicos e inteligencia.

La pelota es un recreo de gente inteligente. Pero debe ser efectivo, perfeccionista y con base en una economía saludable. Dentro y tras los muros de los estadios.

En Cuba se involucionó del juego al retruécano político. Las directivas decretaban que había que ganarle a los norteamericanos. Mortales enemigos, debían ser derrotados. En un Estado y su apéndice, el pueblo, militarizados, el vocablo “derrota” se utilizaba en su acepción más agresiva: la militar. El enemigo asumía, sin pena ni atisbos de benevolencia, el sometimiento a la huida y la humillación.

Eso de “a enemigo que huye puente de plata” es solo oratoria: a enemigo que huye, zancadillas. Para los toleteros y salva juegos, títulos de héroes, y haz lo que te exciten los caprichos, que el pueblo paga. O el caballo de los caballos, publicidad risible, desliz que muestra incontinencia mental, acercamiento al mal de Alzheimer. Se da por hecho que aquí batea aún, solo un Caballo. Para reírnos japoneses de los sesenta y setenta. ¡¿O es que todo tiene que ser la seriedad de la victoria pírrica?! No saben jugar pelota, no batean jonrones con la fortaleza del aguerrido pelotero obrero-campesino. Desconocen qué es una seña, hurgándose las narices o rascándose en salva sea la parte nipona.

Para estímulo del desternille en los jolgorios del CDR, tiran, dicen ellos, una bola submarina. El ideólogo zonal entendido en historia universal, apuntaba que era por sus complejos de superioridad adquiridos cuando sorprendieron a los norteamericanos en Pearl Harbor y en las batallas del Pacífico.

Un «contrarrevolucionario» que asistía a las fiestas del célebre 28 de septiembre para pillar el fondo de la caldosa, se acercó cuidadoso a la nomenclatura. Dijo que si esos japoneses fabricaban relojes de numeritos que todos los aquí presentes deseamos, o grabadoras para tirar a la calle el radiorreceptor sin FM ni onda corta, qué no logran si se ponen para eso. Esa noche no alcanzó caldo. Aunque esperó bizarro a que pasaran las doce de la noche y arribase el día 28, igual al buque Cerro Pelado a las costas de Puerto Rico, que a usted le consta, nunca llegó a las costas de la Isla, su estómago contestatario no fue irrigado con el potingue.

Pasó el tiempo —pasa hasta para los chamanes de la inmortalidad— cantando victorias y soldando la simbiosis pelota-política. Nada más útil y utilitario —incluso más que el llamado Ejército de Batas Blancas— para el Estado cubano que el deporte. La bandera cubana izándose en países capitalistas, y el himno, aunque sea una versión poco aguerrida, taladrando los tímpanos de los explotadores. ¡Qué sociedad puede matar de hambre a su pueblo, irrespetar los Derechos Humanos, si juega pelota como los dioses! O elaborar pan de harina con dosis de radiactividad, que ponchó todos los contadores Geiger a los que se enfrentó, si tiene campeones del mundo y olímpicos. Eso lo creen los estultos de la Unión Europea. Y la pelota pasión se pintaba sola para hacer de la frase “pan y circo”, una encomienda a la perpetuación en el imaginario a golpes de surrealismo.

Sí, porque en los últimos años, dos narradores deportivos que dejaron este mundo contaban lo contrario a lo que pasaba en el juego. Era narrar en off un filme western describiendo El lago de los cisnes del genial Tchaikovski. Si el equipo estaba perdiendo, hablaban de las visitas realizadas a las obras que el Partido Único había ejecutado en la provincia. O al municipio distante y añorado en que se había asaltado un cuartel dando una batida a los mosquitos agentes de la muerte. Si en la Serie Nacional y los peloteros en plena faena lúdica no sabían robar una base, se extendían en narraciones de batallas mambisas o citaban días luctuosos de conmemoración nacional.

No era la pelota el juego en sí, sino el retozo político. Uno de aquéllos narradores pontificaba sobre sus libros de pelota sapiencial, en una pasajera labor de auto promoción. Hasta se emocionaba haciendo el cuento de la Buena Pipa, que nunca acaba aunque tenga a la Pipa por pelotero principal y se alargue extra innings. En tanto, el pitcher había abierto un hueco en el montículo, molesto porque lo mataban a palos y el funcionario partidista llamado por error burgués, manager, no lo sacaba.

El Estado pelota —o su sinónimo, Administración Pública del peloteo— que se erige deporte nacional y de paso bastión del arte nacional, se ha ido desdibujando de su época heroica. Un tiempo en que los peloteros obreros y campesinos, cederistas y comunistas de ritual, se enfrentaban a amateurs y estudiantes universitarios. Una vez que la batalla —del tipo Batalla de los Campos Cataláunicos— se planteó contra quienes sabían lo que se traían entre guantes y bates, hubo que batirse en retirada.

En estos días, los peloteros obreros y campesinos quieren vender sus habilidades en el mercado. Convertirse por simple transacción en profesionales. ¿Dé donde extraen habilidades para el currículo y que las destrezas descritas jueguen en el terreno? Las plazas por aquí cerca están inhóspitas de saber pelota a la usanza de los buenos tiempos, y de los que corren al otro lado del charco.
Pero los funcionarios que toman decisiones están oliendo algo malo hacia el Sur. En el país de los pozos de petróleo las cosas no marchan nada bien. Ellos tienen el petrodólar, así que, meditan los funcionarios, tenemos que inventarnos el pelotedólar. Y se lo inventan. Sueñan con enormes ganancias que permitan comprar guayaberas Oleg Cassini y continuar viajando con el equipo de pelota, o sin él. En estos momentos de incertidumbre, quieren llevar agua para sus molinos, aunque no sean holandeses.

Hace treinta años que no iba al Gran Estadio del Cerro y no entendí si veía un juego, o asistía a una obra del teatro del absurdo. Ya no eran los tiempos del gran Rey Vicente Anglada, ni de Don Agustín Marquetti, el 40, dos talentos que intenté imitar en mis tiempos de abundante testosterona. Desencantado —no vuelvas al pasado, grita el dicho— salí de noche, bien lo sabe usted al otro lado de los muros, un estruendo maloliente cayó a unos metros. Al menos en el Medioevo, cuando el caminante se arrastraba por las callejas del feudo, se gritaba: ¡Agua va! La Habana está en la Edad Media —¡cuidado con creer en la Edad Media, en Edad Media!— a pesar que los entendidos den charlas de arquitectura y saquen un acta del cabildo trasuntada, en que me indiquen que mi reloj cronológico se desajustó. Bien lo sabe usted, hablo del espíritu de la ciudad, el derrumbe, su abatimiento y lo que hace en nosotros, en todos nosotros.

Cuando era joven, hace años, invitaba a mis novias al Estadio del Cerro. No se cobraba entrada y las pizzas, a bajo precio, eran deliciosas. Me he descubierto, no iba al gigante del Cerro sólo por el juego, pero usted sabrá disculparme. Damas de los sesenta y setenta que me hacían agradecerle a Dios su dulzura, siendo un agnóstico sin saberlo. O eran expertas en casino o en rock. Cátedras en cantar jugadas, adivinar qué pasaría y vaticinar un toque de bola magnífico. Mujeres irrepetibles. Lo siento por sus nietas. Cuando se caldeaba el auditórium a lo único que se llegaba, en la esquina de los duendes apolillados, darse de estocadas con el periódico Granma, género de batalla ideológica no tipificada como duelo en el Estado pelota.

Tiempos cándidos que se gastaron al paso de viejas manillas de un reloj de torre, al tiempo inatrapable de nueve innings. Desconocíamos —y nos hacían omitir— que cuando se ceden acres de tierra, debe mediar la misma proporción de pergamino en la transacción, o sea, de información, garantías y libertad de escoger en un ambiente de Estado de derecho y no de Estado pelota.

El «contrarrevolucionario», que transitó por una fase corta de gusano, y que ahora nonagenario pernocta en un asilo de ancianos, me dijo: No te preocupes, estos que nos mandan están rodeados de una tropa sagaz creadora de maniobras. La pelota, como la economía nacional, parece que existe, persistiendo sobre nuestros lomos. Convertirán los estadios de pelota en pistas de baile, cobrando la entrada a 20 ó 30 CUC. Un Bailando en Cuba, en su extensión territorial y al unísono pareciera que la pelota juega en el terreno, una variedad de pelota-baile, o baila con la pelota o serás catalogado antipatriota, la técnica de reprimir a batazos místicos.

O atendiendo a que por ahí —continuó el cano con un guiño— están prohibiendo las corridas de toros, trocarán terrenos de pelota en plazas de toros. Eso atrae turismo y nos asesorarán los quiteños de Alianza País, principalmente los correistas, no afiliados ya pero obnubilados con su importancia en la historia ecuatoriana. Así me quito ese martirio de tener que aguantar a los peloteros diciendo le vamos a dar un alegrón al pueblo de Cuba. A los narradores devorando sushi en el Tokyo Dome, en la suma resta a ver qué ropita traerán a sus muchachos. El pueblo de Cuba necesita, de momento, un solo alegrón. Y yo —acomodó la prótesis— recordarme lo que es gelatina y calzoncillos.

Hizo un lanzamiento a un home plate imaginario y me dijo adiós. En un parque cercano, los niños jugaban futbol.
otrebla262@gmail.com; Alberto Rodríguez

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