Sociedad

Estampas cubanas: Los cines de mi barrio

Plaza, La Habana, Jorge Luis González, (PD) El recuerdo que tengo de los cines Valentino y Rooselvelt es nostálgico. Estos dos lugares proporcionaron un gusto por las películas que mantengo aun, pero hoy con otra visión de este arte.

El cine Valentino era el más concurrido por los habitantes de la zona. Se encontraba situado en la emblemática Esquina de Tejas. La estructura del inmueble daba la sensación de un gran almacén, algo que algunos decían que existió antes. Poseía unas ventanas altas de hojas, las cuales cerraban con una soga, cuando iba a comenzar la función. Debido a esta característica los muchachos del barrio le decían El Palomar de Bartolo.

Tenía butacas de madera y dos grandes ventiladores a los costados de la pantalla. Durante el verano, la mayoría de los asistentes llevaban abanicos para mitigar el calor que era bastante molesto y las quejas en alta voz eran frecuentes.

El precio de la entrada entre semanas era de 10 centavos los hombres y 5 las mujeres. Los sábados y domingos cuando se exhibían mejores filmes, costaba 30 centavos. Proyectaban dos películas, un noticiero o documental y los clásicos anuncios de los comercios del barrio en fotos fijas.

Había una cafetería a la entrada, que permitía comprar golosinas para ingerir, mientras se veía la proyección. También durante el espectáculo, transitaba por los pasillos un vendedor ambulante que ofertaba las confituras y el refresco. Su pregón habitual era: “refresqui-fresa”. Esto traía molestias a los usuarios que no podían escuchar bien el deficiente sonido, por lo que le gritaban: “cállate C… que no me dejas oír”. Este sainete gratuito, no tenía desperdicio.

Mi madre me llevaba de niño, junto a una prima y algún vecino sumado a la comitiva. Por generalidad asistía cuando ponían cintas mexicanas y argentinas. Sus actores preferidos eran: Jorge Negrete, Pedro Infante, Libertad Lamarque y Arturo de Córdova. Yo disfrutaba más a Cantinflas y a Tin Tan, pues siempre he gustado mucho del humorismo.

Viene a mi memoria la vez que se exhibió “Rock Around The Clock”. Los Jóvenes asistentes en la sala, se levantaron de sus asientos, fueron delante de la pantalla y comenzaron a bailar. Tuvo que venir la policía y terminar con aquel espectáculo que puso de pie a medio cine.

El Rooselvelt se hallaba en la Calzada de Monte casi esquina a Fernandina en la barriada de Atarés, a solo unos 30 metros de la clínica San Juan Bosco donde nací. Aunque era algo más confortable que su vecino, tenía condiciones similares. Era de esos locales muy oscuros, por tanto preferido por los enamorados. En ciertas ocasiones encendían las luces de momento, para impedir que las parejas se excedieran en “acciones indebidas”.

Estos dos locales hoy desaparecieron hasta sus cimientos. Donde estaba el cine Valentino, ahora se levantaron dos edificios de 20 plantas que ya presentan deterior arquitectónico. Junto con la sala cinematográfica también se esfumó la valla nacional de gallos y la florería entre otras edificaciones ubicadas en este sitio.

El Roselvelt fue demolido después de mucho tiempo de abandono, cuando se desplomó su portal y mató a una persona que pasaba en esos instantes. Ahora allí se construyó una ampliación del policlínico Abel Santamaría como parte de aquella clínica en la cual vi la luz por vez primera. Así es la vida.

Estas memorias son parte de un pasado que los que contamos 70 años o más, tenemos presente. Esos que las autoridades actuales hacen todo lo posible por borrar. Estos apuntes representan un modesto homenaje a ese tiempo que este también forma parte de la historia nacional.
jorgelibrero@gmail.com; Jorge Luís González
Esquina de Tejas

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