Sociedad

Estampas cubanas: Los comercios de los chinos

Plaza, La Habana, Jorge Luis González (PD) En la esquina de las calles Zequeira y Romáy, en el barrio El Pilar, muy cerca de la casa donde pasé mi niñez, había uno de los muchísimos puestos de chinos o de frutas, como también se les decía.

Desconozco por qué eran llamados “puestos de frutas”, pues vendían también hortalizas y vegetales, frescos y de buena calidad, que casi siempre otros paisanos suyos cosechaban.

Dos especialidades que eran típicas en los negocios de chinos, fueron las frituras o bollitos de carita y las mariquitas de plátano. Estos comestibles se vendían al menudeo en pequeños cucuruchos que hacían con los rollos de papel de estraza y que absorbían el exceso de grasa que pudieran contener .

También estaban los famosos helados, elaborados con frutas naturales. El sabor que tenían era incomparable con los fabricados industrialmente. Sin embargo, se comentaba que el secreto radicaba en que eran hechos con una base de agua en lugar de leche.

El precio de sus productos siempre era muy bajo, aun así los compradores regateaban diferencias de centavos. Por regla general, casi siempre buscaban la forma de que el marchante saliera complacido y aceptaban la nueva oferta. Su honradez era un sello de garantía. El hecho indiscutible era que brindaban un servicio muy necesario a la población.

El local de los chinos tenía una imagen que aun mantengo en mi memoria. Una estantería donde ubicaban la oferta, siempre lejana al mostrador. Los racimos de plátanos que colgaban con sogas en unas vigas clavadas a las paredes laterales y un ambiente característico de humildad que los hacia preferente para las clases más pobres.

Detrás del tabique que dividía el comercio estaba su trastienda y vivienda a la misma vez, pues la mayoría de ellos dormían allí. El chino que contraía matrimonio era quien alquilaba otro aposento. Esta manera de ahorrar, que las personas confundían con la tacañería, hacía diferentes a los chinos. La realidad era que vivían en comunidad, por costumbre y como forma de protección.

Otro de los negocios que distinguía a los chinos era el llamado tren de lavado.

A media cuadra del puesto, por la calle Romay, había una de estas tintorerías artesanales. Lavaban a mano, usaban planchas de carbón y almidonaban toda la ropa con esmero.

El recuerdo del singular olor que tenía este tipo de establecimiento, podía sentirse desde la acera. Era una mezcla de fragancia y limpieza inconfundible.

Tendían en la azotea del local en los alambres dispuestos para colgar la ropa al sol. La blancura con la cual dejaban las prendas era asombrosa. Muchas personas preferían su método al de las tintorerías por la calidad, rapidez, economía y confianza de su sistema.

Las fondas y restaurantes de chinos fueron también un tipo de ocupación al cual se dedicaron los asiáticos.

Las fondas tenían siempre dos platos típicos: la sopa china y la completa. La primera tenía como base en su concepción las hortalizas y vegetales. El otro no era más que una combinación de arroz y frijoles, a lo cual añadían un buen pedazo de carne de falda. Costaba entre 10 y 15 centavos. Cualquiera, por muy escaso que fuera su peculio, podía adquirir una completa.

Los tomadores nocturnos acostumbraban ir a ingerir la sopa china para mitigar su borrachera.

Los restaurantes de chinos eran de varias categorías. Mis padres me llevaban a uno que se hallaba en 18 entre Línea y 11, en El Vedado. Invariablemente yo pedía ese plato chino-californiano llamado arroz frito. Gozaba con escuchar al dependiente –siempre todos eran chinos- pronunciar en su acento peculiar: alóo flito especiaaa, que contenía camarones. Por su cantidad, casi nunca podía comer todo cuanto servían.

En 1959, “llegó el Comandante y mandó a parar”, y nuestros chinos se fueron por donde vinieron, con su música a otra parte. Y nosotros nos quedamos sin sus negocios tan eficientes. Hoy estamos, igual que Marcel Proust, “en busca del tiempo perdido”.
jorgelibrero2012@gmail.com; Jorge Luis González Suárez

Un comentario

  1. Muchos de esos chinos llegaban a Cuba huyendo de dos flagelos; la miseria y el comunismo.
    Curse varios grados de la enseñanza general en compania de un chino-cubano (sus padres eran chinos y el nació en Cuba), aun por entonces existía la bodega propiedad de sus progenitores.
    En ese comercio el orden era perfecto y los precios sin competencia posible. Trabajaban coordinadamente con la comunidad china. Por ejemplo; las bodegas propiedad de cubanos y españoles, de manera general compraban de forma mayorista a distribuidores (casi siempre llamados “carreros”). Esos distribuidores eran empresas de venta mayorista sin vinculo social directo con los minoristas. Sin embargo los chinos utilizaban sus asociaciones familiares para gestionar a manera de cooperativa las compras mayoristas. De esa forma adquirían con anticipación embarques completos de arroz, funcionando como una Lonja comercial con servicio a domicilio donde los minoristas adelantaban el dinero de la compra de los embarques, facilitando así el trabajo de sus asociaciones que muchas veces se ocupaban también del envío de las remesas familiares.
    Por eso, la bodega de los padres de mi amigo podía vender el arroz a un precio sin competencia, es decir vendían el arroz a sus clientes (con su ganancia incluida ) al mismo precio que las bodegas de cubanos y españoles compraban al mercado mayorista, luego entonces para competir tendrían que vender el arroz perdiendo dinero.
    Mas tarde cuando a través de las Lonjas los comercios cubanos y españoles reaccionaron entrando al mercado con precios competitivos, se produjo una especie de reajuste del mercado a partir del tipo de grano que cada quien comercializaba, quedando dos marcas comerciales en preferencia de los comercios de cubanos y españoles, el arroz de grano largo Tio Ben (Uncle Ben) de producción y comercialización norteamericana y el Arroz Valencia -de grano corto-procedente de España ( a fecha de hoy arroz con denominación de origen Tipo Valencia), especial para paellas y arroz con leche.
    Los chinos por su parte comenzaron a vender la marca Hong Chi, (la propaganda televisiva usaba el slogan; “chi que desgrana, chi que crece, chi que te va a gustar”), este arroz procedente de Hong Kong (enclave ingles) se comercializaba según el mismo esquema que habían seguido antes para sus compras mayoristas de arroz importado.
    Ya para finales de 1958 y a través del BANFAIC* el abastecimiento a los comercios minoristas del “arroz criollo” de producción nacional y con precios mas bajos comenzaba a imponerse entre las clases sociales mas populares.
    Con la revolución y su política intervencionista, una parte importante de los “chinos-cubanos” tomaron las de Villadiego junto a una buena cantidad de sus antiguos competidores y… comenzó la “cagastrofe”.

    * “EL DESARROLLO DE LA AGRICULTURA EN LOS PRIMEROS DECENIOS DE LA REPÚBLICA”
    Cuban Center for Cultural Social & Strategic Studies, Inc.
    Link: http://www.cubancenter.org/uploads/40years02.html

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