Sociedad

Estrellas apagadas

Jaimanitas, La Habana, Frank Correa, (PD) Tal vez muy pocos recuerden a Carlos Brito, pero no quienes lo vieron jugar, o compartieron con él en equipos capitalinos, o en el equipo Cuba juvenil de los años ochenta, pero sobre todo lo recuerdan los jaimanitenses, porque de los hijos salidos de este pueblo costero del noreste de La Habana, testimonios de especialistas coinciden que es Carlos Brito, quien más habilidades ha mostrado para jugar pelota.

Antonio Cue, un viejo entrenador del municipio Playa, asegura que con disciplina y un buen plan de entrenamiento hubiera llegado lejos. “Lanzaba un día, con efectividad, y los cuatro días de descanso jugaba segunda base, tercera, o en los jardines, hasta que le tocaba de nuevo el pitcheo en la rotación. Y volvía a hacerlo bien. Eso lo acabó rápido. Eso y el alcohol”.

“Era un pelotero completo”, dice Chiqui, actualmente cuentapropista, que jugó dos series nacionales con Brito en la primera categoría. “Fue un gran lanzador, con potente brazo y buena curva. Bateaba a las dos manos, con tremenda fuerza. Gran tacto. Corría bien. Mostraba una picardía en el juego que dejaba pasmados al graderío. Es una lástima que no pudiera seguir”.

Visito a Carlos Brito en su pequeño apartamento de Tercera C, una habitación con dos camas y un baño, donde vive con su madre. Aprovecha para enviar un mensaje a los nuevos prospectos del béisbol cubano: “Que entrenen duro, que pidan les paguen bien y que se cuiden, para que no fracasen como yo”.

Alucinado por los efectos del alcohol, narra como si estuviera sucediendo, el juego final de un campeonato. El estadio Latinoamericano repleto, él con la bola en la mano, noveno innings, ganándole por una carrera a “Serranos”. Bases llenas, tres bolas, dos strikes, dos out, se impulsa en la lomita Brito, lanza, ¡tercer strike! ¡Lo tiró para la tonga! Se da un trago de ron malo y se sacude. Señala la botella. “Fue esto lo que verdaderamente acabó mi carrera. No que jugara todos los días”.

“Carlos es el corazón más puro que existe- dice su madre- y el más sincero. Recuerdo cuando decidía el campeonato y su equipo ganaba, lo traían de madrugada, cargado, vitoreándolo. Eran fiestas hasta el amanecer. Ahora nadie viene por aquí, aunque sea para darle una vuelta a ver si le hace falta algo. Se busca el sustento de custodio, en una escuela de niños retrasados mentales. Está interesado en rehabilitarse, pero es imposible. Beber es lo único que apacigua su fracaso”.

Otro campeón, loco por los golpes del boxeo y de la vida, también preso del alcohol y el abandono, es Osvaldo Martínez, conocido en los años sesenta como “Mano de piedra Valdy”, residente en el callejón de Jaimanitas y ex campeón de boxeo de los pesos welters, revela haber cambiado sus medallas y trofeos por bebida.

En su destartalado habitáculo debajo de una escalera, revive con nostalgia los gritos de la multitud cuando derribaba al adversario, de un derechazo fulminante. Y en su delirio, se cuadra en posición de combate y tira un par de golpes al aire con depurada técnica a pesar de su vejez, su deteriorada anatomía y las múltiples enfermedades que lo aquejan. Sonríe, levanta el brazo como si un árbitro anunciara su victoria y se pone en guardia otra vez, un reflejo nato de supervivencia.

“La vida fue quien me dio nocaut a mí”, dice con voz apagada, mientras coge el cacharro para ir a buscar el plato de comida. Una ayuda que le brinda el hogar de ancianos.

Muchos deportistas laureados han tenido mejor futuro y fungieron luego del retiro como entrenadores, en cargos directivos, o emigraron a otros países. Pero existe una masa de ex atletas que brillaron ayer y hoy se debaten sostenidos nada más por sus sueños de estrellas, mientras viven en oscuridad y agobio, como “Mano de piedra Valdy” y Carlos Brito.
frankcorrea4@gmail.com; Frank Correa

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