Sociedad

Filosofando

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) En estos días leo un libro sobre los bohemios europeos en las tres primeras décadas del siglo XX.

Entre las páginas del libro, me muevo entre los intelectuales y artistas que negaban los modos de vida eduardianos y victorianos, austeros, rígidos, con demasiada etiqueta, clasistas y torpes. Entonces, la fórmula pareció ser vivir desenfrenadamente, sin dinero, sin ataduras escolásticas, sin pensar mucho en las convenciones, en vivir del arte para el arte. Las tareas hogareñas y la crianza de los hijos sería tarea de otros, no de los intelectuales, quienes se dedicarían solo a crear y a disfrutar de una existencia reposada y lo más simple posible.

A principios del siglo XX la plomería era escasa y deficiente. Bañarse no era tarea de todos los días y el aseo se relegaba ante tareas más importantes. Los estudios de los intelectuales se veían desaliñados, sucios y desordenados, amén de muy pobres. Mientras más descuido, más artística la persona. Así se pensaba entonces. Solían sentarse relajadamente a conversar en los lugares apropiados como las salas de las viviendas o los bares y los cafés. Se discutía profusamente sobre el arte y el socialismo.

Imagino a los jóvenes de entonces y a los no tan jóvenes, pero entendidos, sentados ante un trago o una taza de té, hablando y soñando sobre las bondades que podría generar el sistema propuesto por Marx y Engels, que sería la solución a muchos de los males que aquejaban a la humanidad entonces.

Se iluminaba el rostro de los noveles intelectuales de entonces cuando se hablaba del poder para las masas y se ponía muy de moda Rusia, como un descubrimiento asombroso de que también podían existir ciudades elegantes fuera de Londres o Paris.

Un siglo después, a pesar de la profusión de nuevas tecnologías en todas las esferas de la vida, a pesar de todos los nuevos medios informativos que han surgido, no tenemos nada como entonces para iluminarnos el pensamiento. No podemos sentarnos en un estudio, o un café bajo un toldo acogedor, a filosofar con los amigos sobre cuál sistema dominará el mundo en los próximos años. No existe ya nada de eso. No hay cuerpo filosófico a mano o novedoso para discutir y debatir, para arreglar al universo que se pone más maleable en la medida que aumenta la ingestión de tragos.

Ahora observamos un enorme televisor de pantalla extraplana donde las protagonistas son las catástrofes y las guerras. En un rincón, otros, aún más aislados, se imbuyen en sus computadoras conectándose de mentiritas con el universo digital amable que se puede borrar cuando no nos agrada.

No existe una nueva filosofía con la cual se vayan a arreglar las cosas. Ni siquiera hay filósofos (Marx y Engels se murieron hace mucho ya).

Después de los bohemios, que perduraron hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial, llegaron los beatniks y los rocanroleros de los cincuenta y los hippies de los sesenta, casi al mismo tiempo que la Guerra de Vietnam.

Hoy estamos ya en la segunda década del siglo XXI. Debería haber autos voladores y extraterrestres de paseo por nuestras principales ciudades, pero no es así. Existe mucha tecnología, pero la empleamos en guerras. Ya casi ni nos sentamos en un bar o un café a discutir sobre nada, preferimos el teclado, el mouse, y las imágenes de la realidad distante en una pantalla plana colgada de la pared.

Por estos días también leí otro libro de ensayos escritos en Cuba a inicios de los años sesenta y prologado por Graciella Pogolotti. Hay que ver cómo se polemizaba entonces en torno a las nuevas ideas que surgían a borbotones mientras se construía la nueva sociedad y el hombre nuevo. Era bonito entonces cuando se contaba con toda la esperanza respaldando a la intelectualidad a pesar de las limitaciones. Pocos dudaban que Cuba sería el próximo paraíso comunista. Hoy sabemos que no es así. Ya hemos perdido todas las esperanzas, y hace rato ya se extinguió el apoyo popular. Al sistema solo lo sostiene la represión de la Seguridad del Estado.

Entonces era un horror, un tabú, hablar de religiosidad, que los homosexuales se manifestaran en lugares públicos sin remilgos, así como otras cosas más que suceden hoy como lo más natural del mundo y que en los sesenta ni se podía pensar en ellas.

Pronto el gobierno tendrá que aceptar a la disidencia, darle su espacio y finalmente dialogar con ella, escucharla, tenerla en cuenta. No existe otra alternativa si intentamos de verdad tener una nación.

La llamada “dirigencia histórica” casi no existe ya, se prepara el relevo con personas mucho más jóvenes (Miguel Díaz Canel, Marino Murillo, Abel Prieto, etc.) formadas en los nuevos tiempos. ¿Quién se atreve a apostar que serán igual de obstinados y negados al cambio como los actuales gobernantes cuando ya no estén en condiciones de mando o no contemos con su presencia física?
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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