Política

Hay que salir al limpio

El Cerro, la Habana, Rogelio Travieso Pérez, (PD) El 19 de noviembre de 1933, fue publicado en la hoy longeva revista Bohemia, hoy distinta en su misión de servir a Cuba, como supo hacerlo esta revista, hasta el año 1959. La publicación de este escrito por Fernando Ortiz, una de las figuras más sobresalientes de la intelectualidad cubana del siglo xx (1881-1969) se titula ¡Hay que salir al limpio!

Ese trabajo de Ortiz, que en los próximos días, cumplirá ochenta y cuatro años de que fuera publicado. Por lo ilustrativo y la vigencia del mismo, quisiera que todos aquellos interesados en la suerte corrida en los últimos 59 años, en la patria de todos, dediquemos unos minutos a su recuerdo.

¡Hay que salir al limpio! Cuando se combatía contra Machado, los partidarios de aquel régimen solían decir que la revolución no tenía programa. Y ese no fue el defecto de la oposición anti dictatorial, en realidad, esta tuvo demasiados programas. Precisamente por comprender a la gran mayoría de los habitantes de Cuba, era imposible formular un programa único y magno para todos los oposicionistas. Ya fuere, desde los elementos más reaccionarios, que solo aspiraban a continuar con un machadismo sin Machado, hasta los más avanzados que esperaban ver la aurora comunista apenas se disiparan las negruras de aquellos tiempos.

Varias revoluciones se entretejían en un mismo haz de rebeldías políticas, éticas, sociales. Sin embargo, se pedía a la revolución un solo programa. Y esta, tuvo un programa mínimo, hacia donde podían converger todas las actividades oposicionistas.

En cuatro puntos fue formulado este programa:
1.- Derrocamiento del despotismo, que se personificaba en la infausta presidencia.
2.- Destitución del congreso que, al abdicar de sus poderes, había hecho posible y robusta la dictadura.
3.- Aplicación de las condignas sanciones penales y civiles, que ya tenían establecidas las leyes para los delincuentes de toda laya que las merecieran.
4.- establecimiento de un gobierno provisional cubano, inspirado en la imparcialidad, que cuanto antes devolviera al pueblo de Cuba el ejercicio de su plena soberanía, interna y externa, la independencia cívica que desde hace mucho tiempo, lustros más lustros, le fue usurpada por maquinaciones de cubanos inconscientes y aventureros extranjeros.

Este último punto fue, con el primero, casi próximo a la unanimidad en la opinión revolucionaria. No obstante, apenas se lograron los dos primeros y se intentó el tercero, la constitución de un Gobierno Provisional. Este tropezó una y otra vez con el ímpetu chocante de los sectores. Lo que debió ser eje central alrededor del cual se movieran todas las aspiraciones sectoriales hasta alcanzar el momento de sosiego necesario para una cristalización de lo verdadero e integrar la opinión del pueblo cubano mediante un sufragio garantizado, fue desde el 10 de agosto en que renunció Machado, un precipitado apoderamiento de resortes de gobierno que se desviaron de aquel programa mínimo, aun incumplido. Era, hacer desde el poder una revolución, la particular revolución que cada facción se imagina como la única justificable. No la de todos, la del programa mínimo que no supone una restauración de tiranías, ni de políticas succionadoras de la riqueza nacional. Si la inmediata restauración de la base democrática de nuestras instituciones republicanas para que el pueblo cubano, y solo este y no tal o cual de sus intérpretes, se de la forma de gobierno que juzgue adecuada para este su país. En este su tiempo, con el alma cansada de sufrir la vileza a que fue subyugada, en este ambiente mundial que nos rodea y en el cual viviremos, con más depurada modestia y firme decoro.

Mi constante independencia, aquí y en el extranjero, de todos los sectores de la revolución, me permite quizás insistir en que solo por la vía de ese gobierno provisional, no dominado por parcialidad ni subordinado a doctrina unilateral, podrá el pueblo cubano salir al limpio, fuera de la enmaniguada y punzante serie de gobiernos sin mayoría, de los comicios nacionales.

Para ello estimo urgentísimo un desarme de las pasiones, agresivas, sean puras o nefandas. Un adormecimiento de las ambiciones y una posposición de todas las políticas, más o menos constructivas, que no sean las inaplazables para entregar el sufragio al pueblo y reconstruir el destruido bohío cubano con nuevas horconaduras y con los horcones que nos quedan libres de sámago y de comején.

El primer paso debe ser transformar el gobierno presente por el desdoblamiento de las facultades que hoy en él se centralizan. La creación de un nuevo un embrión de poder legislativo a que se transfiera irrevocablemente la soberana potestad de hacer las leyes. Este y no otro es el punto sobre el que gira mí publicado proyecto de Constitución Transitoria para servir de puente entre el actual gobierno, las elecciones y la Asamblea Constituyente donde el pueblo cubano habrá de decidir su libre destino.

La clave del éxito ha de estar en lograr que ese Cuerpo Legislativo este integrado por todos los matices de la opinión nacional. Yo propongo que ese organismo sea constituido por una representación genuina de todos los sectores, desde el menocalismo hasta el estudiantado. De todas las doctrinas políticas, desde las reaccionarias hasta las más radicales, de todos los núcleos obreros, como agrarios, tabaqueros, marítimos, ferroviarios, gráficos, federaciones y confederaciones de todos los profesionales, de todas las razas y de todos los sexos.
Ese consejo o Cuerpo Legislativo no vendría a darnos leyes fundamentales, que deben ser reservadas al gobierno de la república restaurada, solo aquellas de carácter inaplazable, referentes al sufragio, a la economía, al trabajo a la urgente reorganización de servicios públicos y a la paz de los espíritus.

Un Consejo de Secretarios, integrado por elementos neutrales o por sectores en equilibrio, en concordancia con el Cuerpo Legislativo, completaría esta base jurídica para reconstruir la República, caída en los huracanes revolucionarios. Así tendríamos un gobierno, transitorio pero fuerte, de carácter centrista y de un programa mínimo y comprensivo, que desde una amplia base de opinión podría dar pasó a instituciones permanentes y arraigadamente soberanas. Lograrlo será la prueba de nuestra capacidad cívica. No imponer criterios de derecha o izquierda, sin la participación directa de la autoridad del pueblo. No tengo una fe excesiva en la perfección democrática, pero no conozco para Cuba en nuestros días, una maquina más tolerable y eficaz, a pesar de todas sus tosquedades y chirriamientos. ¿Dónde está la otra? ¿Algunas de motor de sangre cubana y manivelas extranjeras? No lo creo, salgamos de la manigua, volvamos al limpio, al sol de otra aurora.
rtraviesopnhp2@gmail.com; rogeliotravieso@nauta.cu: Rogelio Travieso, Móvil 538 59142
*Partido Liberales de Cuba.

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