Sociedad

Huellas en el alma

El Cerro, La Habana, Emaro (PD) Aún recuerdo, como si hubiera sido tan solo ayer, sus intensos ojos azules, su rostro alargado y perfecto de belleza andaluza. Su muy especial sonrisa se me ha quedado en la mente impresa, indeleble, por suerte, como un buen cuadro de algún artista, o una foto de portada a todo lujo de esas que uno desea conservar porque marcan pautas en la existencia personal.

Fue hace muchas décadas cuando despedíamos a Pilar, la galleguita, quien retornaba a España de la mano de sus padres andaluces que por error habían arribado a una Cuba que cambiaba entonces, pensando que iba a ser para bien.

La voz de Pilar me llega nítida e inconfundible, no porque fuera tan especial, sino por lo indistintamente cálida que se ha hecho para mí a través del tiempo que borra casi todo, excepto lo que de verdad vale.

Tendríamos doce o trece años de edad y era la primera vez que la emigración me tocaba de cerca por dentro con su insignia de fuego.

Un amigo de entonces fue el generador de la idea de ir a despedir a la galleguita. Nos atendió en la sala de su casa. Sus padres no se perdían palabra de la conversación.

Sé que ella estaba triste a pesar de su manifiesta alegría, sus ojos brillantes y el ambiente de fiesta de los adultos de la casa.

Cuando nos fuimos, ya sabía que no se me iba a olvidar más aquella muchachita preciosa que ni siquiera fue novia mía, pero igual. Casi.

Después he retornado en muchas ocasiones al pueblo donde vivíamos en el interior del país y paso por su casa con la tonta e imposible esperanza de que salga al portal para saludarme con aquella misma edad y esplendor de cuando yo la conocí.

Hoy, donde esté, será una señora con nietos, quiero creer, amable y cariñosa con su acento al hablar, como cuando me parecía tan especial, pero me perdí todo lo potencialmente bueno que pudo haber ocurrido entre nosotros. Ella lo sabía, pero ya probablemente ni se acuerde de sus amigos del aula, como es normal.

A mí me marcó porque fue la primera oportunidad cuando me golpearía lo que verdaderamente significa la emigración: la renuncia a toda una vida, a nuestra zona de confort donde lo conocemos todo y a todos, donde tenemos a muchos amigos, enemigos si acaso, donde jugamos nuestras primeras aventuras y perdimos nuestros primeros amores para siempre. El cambio de lo conocido hacia lo desconocido potencialmente bueno, pero nunca se sabe.

Pilar se escapó de mi vida y de mi país de un día para otro como si se hubiera muerto. Ese es el resultado.
Después se fueron mis amigos, aquellos que estuvimos en la casa de Pilar, y de la misma forma se generó un mutis permanente. Se fue mi esposa, mi gran amor, por quien yo no me fui con mis amigos, y ahora se marcha mi último hijo.

Estoy feliz porque logramos sacarlo del infierno y de una nación donde la juventud no tiene esperanza, pero no sé cómo voy a enfrentar el momento cuando tenga que darle el último abrazo, poco antes de montarse en un avión definitivo.

Eso sucede con quienes se quedan detrás, quienes permanecemos dentro del mismo entorno, nuestra zona de confort. Nos quedamos a la zaga con múltiples imágenes impresas indelebles en nuestra memoria de grandes historias que pudieron ser pero no logramos. Nos quedamos con deseos de habernos marchado con todas aquellas gentes que amamos pero hemos perdido. Quisiéramos habernos mantenido en contacto, pero entonces no existía Internet ni Facebook. De todas formas, el tiempo perdido no se puede recuperar y aleja.

Eso es la emigración: el desarraigo, la pérdida, la nostalgia por lo que pudo haber sido. Lo compensa tan solo el mucho éxito en los nuevos lares, pero eso es tan escaso…

¿De quién es la culpa? ¿Quién hace que mucha gente pierda parte de su vida de esta forma? ¿Por qué no definimos los generadores del problema y los extirpamos de nuestra sociedad?

Por lo pronto, sé que me voy a quedar ya a esta edad estático, aquí en esta isla, como un Robinson Crusoe perdido en su propio mundo, con mi buen recuerdo de mi galleguita Pilar, el de todos mis amigos mortales, de mi ex y de mis hijos, hasta donde me alcance el tiempo y otra cosa suceda.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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