Cultura, Periodismo

Jorge Ramos

Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino (PD) Al periodista Jorge Ramos lo había visto en Univisión, había leído sus comentarios, sabía de sus tropiezos con personajes como Fidel Castro, Hugo Chávez y más recientemente Donald Trump, y me caía muy bien, pero ahora, luego de leer con quince años de retraso su libro “Atravesando fronteras” (Harper Collins Publishers, 2002), me cae mucho mejor, tanto que me gustaría contarlo entre mis amigos.

Jorge Ramos definió su libro como “la autobiografía de un periodista en busca de su lugar en el mundo”. Pero “Atravesando fronteras”, de tan sincero, es mucho más que eso. Es un auto-retrato, con el alma abierta, a la vista. O como tenerlo sentado en la sala de la casa, contándonos su descarga, como decimos los cubanos, y presto para escuchar la nuestra (él, que vive entre cubanos en Miami, “la cuba del Norte”, que estuvo casado con una cubana, nos conoce y sabe cómo somos).

Dicen que cuando leemos una autobiografía, no debemos esperar que su autor se parezca mucho al tipo real. Y es lógico: todos, al explicarnos, tendemos a buscar la luz más favorable, a contar algunas historias no como exactamente fueron, sino del modo más parecido posible a como hubiésemos querido que fuesen, y así, embellecemos algunos detalles y omitimos otros. Es posible que Jorge Ramos, en algún momento, al contar sus memorias, no haya podido resistirse a esa tentación. Pero si pasó, debe haber sido en muy contados episodios, porque el libro, de la primera a la última página, rezuma franqueza. Y por eso, uno, inevitablemente, se identifica con el autor.

En “Atravesando fronteras”, sin poses ni afeites, sin rimbombancias ni fábulas moralizantes, ágil y ameno, Ramos puso toda su vida: sus primeros años en México, la casa de la calle Piedras Negras, donde vivió su infancia y su juventud y que nunca ha podido dejar de añorar, sus relaciones con sus padres y sus hermanos, su gusto por el futbol y la guitarra, sus comienzos en el periodismo, su choque con la censura priista que lo llevó a radicarse en los Estados Unidos, su carrera en ese país hasta convertirse en una estrella mediática, sus amores y desamores, sus hijos, sus viajes por el mundo, las guerras en que ha estado (El Salvador, Kuwait, Kosovo, Afganistán) y las huellas que han dejado en él, su aversión por las dictaduras de cualquier signo.

En varios momentos del libro, Jorge Ramos se refiere a su relación con México y los Estados Unidos. El primero, al que no puede renunciar, ya no es el mismo que dejó en 1983, lo hace sentirse extraño; en el segundo, que le ha dado las oportunidades que no tuvo en su patria, luego de décadas, aun se siente un inmigrante y sospecha que morirá sintiéndose como tal.

Al final del libro, explica Jorge Ramos: “…Estoy buscando mi casa, mi hogar. Un lugar donde me sienta totalmente a gusto, donde lo tenga todo. Donde no extrañe ni me extrañen, donde no me sienta extranjero ni recién llegado, donde siempre sea bienvenido, donde no me tenga que presentar a cada rato, donde pueda decir nosotros sin forzar la lengua, donde no tenga que explicar mi acento ni disculparme por mi forma de ser, donde pueda ser yo sin máscara.”
Y uno no puede menos que desearle a Jorge Ramos que tenga suerte, toda la que se merece, en esa búsqueda, que en cierta forma, remeda la de Ítaca por Ulises.
luicino2012@gmail.com; Luis Cino

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