Sociedad

La amabilidad de Judas

Cidra, Matanzas, Oscar Sánchez, (PD) Solo quienes vivimos en la Cuba totalitaria de hoy podemos sentir y apreciar cuando se hace presente la dudosa amabilidad de su policía. Entonces, es sentir la extraña excepción en una habitual regla de brutalidad. Cada vez que sucede, nos sumergimos en una honda pesadilla. En esta, el lobo feroz, aunque se disfrace de Caperucita, no logra ocultar del todo su estirpe y naturaleza de rufián.

De este asunto debo hablar, ya que en la mañana del pasado 29 de diciembre, tras distribuir en el poblado de Cidra, provincia de Matanzas, octavillas en las que se demandó el cese de la represión contra periodistas y comunicadores independientes, fui arrestado por el teniente Alexander Sotolongo García jefe del sector policial en esta demarcación.

-Necesito que me acompañe a mi oficina- dijo este connotado represor, en un tono tan respetuoso que podría remedar al empleado por un pastor de una iglesia evangélica.

Al llegar al destino señalado, le vi actuar con la tranquilidad y la parsimonia de un sepulturero. Entonces, se comunicó con su puesto de mando.

–El objetivo está aquí conmigo, necesito un carro para trasladarlo- dijo.

Para asombro mío, esta vez no me amenazó con la cárcel o con cosa alguna, en vez de esto, mostró una, para mí excesiva amabilidad…

Pasados aproximadamente veinte minutos, llegó un carro patrullero con otros dos agentes. Estos me invitaron con inusual cortesía a subir al mismo.

Entonces, el teniente Sotolongo dijo dirigiéndose a sus colegas: -¡Espósenlo!-

El conductor del vehículo respondió: -No es necesario-

Así dijo, con un acento que marcó una inesperada carga de civismo a su alegación.

A partir de ahí, recorrimos sin violar para esta ocasión las disposiciones del tránsito, sin incurrir en los acostumbrados excesos de velocidad, los más de veinte kilómetros que nos separaban de la comunidad de Cidra, donde vivo, al poblado de Unión de Reyes.

Al llegar a la unidad de la policía municipal, una joven agente que hizo el esfuerzo y lo logró no manifestar su odio hacia mi persona, me comunicó:

-Usted está acusado de desacato al presidente Raúl Castro.

Con mucha calma, riposté: -Los elementos que integran el delito de desacato, son la difamación y la ofensa, según establece el Código Penal. Yo lo que hice fue ejercer cívicamente mi derecho a la libertad de expresión.

Sin perder la compostura, la funcionaria respondió: -Tendrá oportunidad de defenderse cuando corresponda.

Dicho esto, dos oficiales de la Seguridad del Estado que se encontraban presentes ordenaron que fuera recluido en un calabozo.

La celda donde me internaron estaba limpia. Así que sin pensarlo tanto, me acomodé en una de las dos camas de cemento pegadas a una pared y dispuestas una encima de la otra que conformaban una rústica litera.

Logré dormir durante la noche, ya que durante ese horario un guardia me entregó uno de esos raquíticos colchones destinados a los detenidos.

A la mañana siguiente fui sorprendido por un sonriente guardia de turno que trajo el desayuno. Esto era un líquido parecido a la leche en polvo hervida en agua y un pedazo de pan. Traía además un ejemplar del periódico Granma que me entregó. En este, entre otras informaciones, se anunciaba el desfile militar que tuvo lugar el dos de enero en la Plaza de la Revolución.

A la hora de almuerzo, luego de asistir por primera vez en diecisiete años de detenciones arbitrarias al soleador en una estación policial, sirvieron el almuerzo. ¡Increíble! A dos reos que compartían una celda aledaña a la mía y a mí, nos ofrecieron, arroz, frijoles negros, picadillo de soya elaborado con carne, ensalada de tomates, plátano frito y dulce de fruta bomba.

Lo aseguro: nunca había presenciado o experimentado semejante trato.

Una hora después fui conducido a una oficina en la que se encontraban los dos oficiales de la Seguridad del Estado y un mayor que declinó identificarse. Este último, con mucha profesionalidad, redactó un acta de advertencia en que se me acusaba de haber alterado el orden público. No sé qué sucedió, pero la acusación de desacato agravado pareció haber sido tragada por la tierra.

Fui conducido de vuelta al calabozo sin las habituales ofensas por haberme negado a firmar el acta de advertencia y minutos más tarde me informaron que estaba en libertad.

-Puede marcharse- escuché decir a una voz de ángel y créanme amigos, me sentí como si hubiera faltado poco para que aquellos policías compartieran conmigo ‘una última cena’, al igual que lo hizo Judas con Cristo antes de traicionarlo.
primaveradigital2011@gmail.com; Oscar Sánchez Madan

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