La consulta, Sociedad

La ley de la justicia

Los Pinos, Arroyo Naranjo, Nelson Rodríguez Chartrand, (PD) Hoy les traigo una propuesta esperanzadora: se trata de un modelo de ley que garantiza la convivencia humana en un ambiente de justicia.

Es una realidad incuestionable que en nombre de la justicia, muchos seres humanos han sacrificado el más valioso don que se les ha dado, el don de la vida. En el empeño de hacernos también legítimos acreedores de aquella, hemos desperdiciado los mejores años de nuestras vidas, sin ver resultado deseable alguno, lo que ha conllevado a la generalización de un fuerte sentimiento desesperanzador, heredado y asimilado por la experiencia, que se enfatiza y propaga cada vez más entre los actores sociales. Es algo tan peligroso que incluso está conllevando cada vez más a la resignación de concebir la injusticia como la forma natural de la coexistencia humana.

¿No es ya suficiente tanto sacrificio en vano?

Pues bien, la pregunta clave sería: ¿Es imposible entonces que pueda reinar la justicia en las sociedades humanas?

Afortunadamente y para el bien de todos, les digo que sí es posible lograr que impere definitivamente la justicia en las sociedades humanas, y no sólo eso sino que la manera de lograrlo es tan sencilla que seguramente y créanme no es mi intención, pondría en ridículo a todos los que como yo, de una manera u otra, pretendimos construirla por medio de la razón, una tarea que sobrepasa las posibilidades de ésta, abusándose de ella inútilmente.

Lo único que tenemos que hacer es pensar correctamente.

¿Qué significa pensar correctamente?

Pensar correctamente exige hacerlo de manera coherente y en perfecta armonía con los dictados que emanan de nuestra naturaleza humana. Únicamente así, podremos descifrar el verdadero sentido de nuestras vidas, lo que nos conllevará a vislumbrar la correcta dirección a seguir para garantizar el verdadero propósito de la vida, eso es, el logro de la felicidad, lo cual es posible, únicamente en un hábitat donde coexistan la libertad en su dimensión más amplia y la justicia como complemento de ella.

El individualismo, que es el nombre que se le ha dado a esta forma de pensamiento, en contraposición al colectivismo, tiene como premisa esencial y eje de su fundamento, asimilar al individuo como principio y fin, causa y efecto, en la dinámica de la vida en sociedad, como razón de ser de su existencia, pero eso sí, un individuo dueño absoluto de su persona, su voluntad y su propiedad, con libertad plena para explotar todas sus facultades, creatividad y potencialidades puestas en función del logro de su bienestar, condición necesaria para un estado de felicidad.

Esto significa, que la sociedad en sí misma, constituye nada, y es preciso, para darle vida, la presencia de individuos libres que interactúen entre sí con vista a satisfacer sus expectativas individuales. El individuo, es por tanto, la condición existencial de la sociedad.

Concebir la sociedad, como un ente desdoblado de los individuos, es decir, como una entidad con existencia propia, independiente de los individuos que la conforman, ha sido uno de los errores intelectuales más catastróficos concebidos, pues conlleva ineludiblemente al exterminio de la individualidad humana.

Concebir la sociedad sin la presencia interactiva de los individuos que la conforman es tan irracional como concebir el agua sin la combinación del hidrógeno y el oxígeno.

He aquí, la primera cuestión que debemos tener presente para canalizar con fluidez este mensaje: Sólo los individuos existen y actúan, por lo que al otorgarles personalidad y vida independiente a la sociedad, a las leyes, al estado y la justicia, por ejemplo, estamos renunciando a la nuestra, un error garrafal que tergiversa el real significado y sentido de la vida.

Pues bien, hablemos ahora de justicia.

Bajo una concepción colectivista de pensamiento, la justicia es concebida, como el orden de convivencia humana consistente en la igualdad de todos los miembros de la sociedad, tanto en la sumisión a las leyes vigentes como en el reparto de los bienes comunes.

No hay definición que se asemeje más a la injusticia que ésta, si se tiene en cuenta, en primer lugar, que las leyes vigentes a las cuales los miembros de la sociedad deben sumirse impositivamente en condición de igualdad, son elaboradas por un legislador o grupo de legisladores a merced de los intereses de quienes ostentan el poder político (el estado), por lo que están orientadas, como es de suponer, a garantizar los intereses de éstos, discriminando los intereses de quienes persiguen intereses distintos, y en segundo lugar, porque quien tiene la facultad exclusiva de distribuir los bienes, también de manera impositiva, es precisamente quien no los produce, eso es, el estado, legitimándose de esta manera la expoliación, causa generadora de todos los males y conflictos que afloran en las sociedades actuales y protagonista principal de la injusticia.

Sin embargo, bajo los postulados de una concepción individualista de la sociedad, la justicia es concebida como aquel estado en que se encuentra el individuo, donde se garantiza a plenitud, la posibilidad de usar libremente sus potencialidades, creatividad y facultades, en función del logro de su bienestar y felicidad.

Vemos aquí, cómo la justicia está orientada a garantizar los intereses particulares de los individuos que integran la sociedad y no los de un grupo de individuos que solapan sus propios intereses en nombre del falso interés y bienestar social. Sólo en un modelo de sociedad como ésta, la justicia es garantizada a cada uno de sus miembros.

¿Y qué sistema de leyes podría garantizar este estado de bienestar y justicia a cada miembro de la sociedad por igual? En otras palabras, ¿cuál sería entonces la ley de la justicia?

La única ley que puede garantizar ese estado de bienestar y justicia del ser humano es aquella que tiene como fuente de su existencia la libre voluntad de los individuos que interactúan en la sociedad, materializada o exteriorizada a través de contratos voluntarios, eso es, leyes privadas que sólo alcanzan a los individuos que voluntariamente las crean.

Una sociedad como ésta sólo es posible sin la intervención del estado entendido como gobierno, regida en todos sus ámbitos por las leyes del libre mercado, tema que abordaré explícitamente en una próxima conferencia que llevará por título: “Viaje por el interior del anarco-capitalismo”.
nelsonchartrand@gmail.com; Nelson Rodríguez Chartrand

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