Internacional

La pelota como política

El Vedado, La Habana, Aleaga Pesant, (PD) En un reciente juego de pelota entre el equipo Cuba y universitarios norteamericanos realizado en Carolina del Norte, los criollos, encabezados por Víctor Mesa y Roger Machado, agredieron a los árbitros.

Tal fue la violencia que los jueces norteamericanos huyeron del terreno, escoltados por la seguridad del recinto y perseguidos por los peloteros antillanos.

El problema que motivó el incidente fue una insignificante jugada de apreciación en segunda base. Fue una provocación del gobierno cubano para decir que están siendo atacados.

Fue suspendido el juego por no presentación.

El aumento de la confrontación y el aislamiento es un remanso cálido para la dictadura.

La estrategia de usar el deporte para solucionar conflictos viene de la vieja Grecia y las Olimpiadas. En nuestra era, “la política del ping-pong”, desarrollada por Nixon y Kissinger, permitió el acercamiento entre los Estados Unidos y China, además de una nueva etapa de distensión mundial.

Para negociar, el tacto, los motivos, pero sobre todo, el interés, es lo importante. Por eso, las negociaciones con el gobierno cubano se traban. Si existe una política aperturista como la del presidente Obama, no les interesa y si tienen una diferente como la del presidente Trump, pues tampoco les interesa. Ambas le sirven para mantener la confrontación.

Así, los esfuerzos hechos por las administraciones norteamericanas para mejorar las relaciones con Cuba se estrellan una y otra vez, como las olas contra el malecón de La Habana durante un frente frío.

Pero aclaremos que la dictadura cubana es menos agresiva ahora que en sus inicios.

¿De dónde sale esa conflictividad, si existe consenso entre expertos de que el cuerpo diplomático cubano es uno de los más calificados? La pregunta ¿retórica? encierra una verdad. Es el sistema.

El difunto Fidel Castro Ruz era el adalid de las groserías y de la diplomacia de la confrontación. Para ello reunía grandes públicos en “su Plaza”, rompía relaciones con países, le declaraba la guerra a los gobiernos de América Latina, se desentendía de los acuerdos con los Estados Unidos tras el atentado al avión en Barbados, realizaba una estrambótica campaña por el no pago de la deuda exterior, y no se recuerdan ya cuantas cosas más.

La diferencia está en que la dictadura heredó un cuerpo diplomático capaz y culto. Una de esas personalidades fue Guy Pérez de Cisneros, quien propuso en las Naciones Unidas lo que hoy conocemos como la Declaración de los Derechos Humanos.

El primer canciller del actual gobierno fue el abogado, filósofo y diplomático Roberto Agramonte. Duró seis meses en el cargo.

Le siguió Raúl Roa García (1959-1976), abogado e intelectual de izquierda, ministro de Cultura durante el periodo presidencial de Fulgencio Batista. Famoso por su ardiente oratoria, que comenzó muy a tono con su prosapia, pronto se transformó, llamando a los gobiernos del hemisferio “dictaduras satélites”, mientras blasfemaba contra el que cuestionara la falta de libertades en Cuba. Como canciller reflejó el carácter represivo del gobierno y la decadencia moral del proceso. Aunque fidelista, Roa tenía un problema, era anticomunista y los rusos trataron de cambiar ese escenario cuando impusieron en 1976 a Isidoro Malmierca Peoli, el padre de Isidoro Malmierca García, el actual Ministro de la Inversión Extranjera.

Malmierca, un ex KGB, fue organizador del G-2 cubano y cómplice en el asesinato de Camilo Cienfuegos, y durante su periodo como canciller fue soporte de una nueva etapa de intervención extranjera, esta vez orientada desde Moscú.

A Malmierca Peoli le siguió por un breve tiempo (entre 1992 y 1993) Ricardo Alarcón, que sin grandes luces y peor dominio del inglés, poseyó una larga trayectoria diplomática.

Le siguió, entre 1993 y 1999, Roberto Robaina, un profesor de matemática y líder juvenil comunista, que se vestía como Don Johnson en Miami Vice, y dijo groserías en la ONU tras el derribo de los aviones de Hermanos al Rescate, que fueron duramente respondidas por la Secretaria de Estado, Madeleine Albrigth.

Robaina fue destituido deshonrosamente en 1999 y sustituido por el secretario personal de Fidel Castro, Felipe Pérez, un ingeniero mecánico, de malas pulgas y peor cara, que marcó su caída al no pertenecer al clan de Raúl Castro Ruz. Con la salida del poder del entonces Comandante en Jefe, cayó en desgracia tras el affaire de “las mieles del poder”.

Fue sustituido por Bruno Rodríguez Parrilla, hijo del “histórico” Carlos Rafael Rodríguez, algo más cauto que sus predecesores, pero igualmente repetidor de “los disparates de arriba”, temerosos de perder sus prebendas en medio del caos en que se encuentra el país.

¿Por qué entonces, la violencia en el estadio de Carolina del Norte de Víctor Mesa y Roger Machado contra los árbitros norteamericanos? ¿Entusiasmo deportivo? ¿Ordenes de La Habana?

Para negociar hace falta dos en la mesa, pero a la dictadura cubana no le interesa negociar. Ahí es donde fracasa “la pelota como política”.

Foto: Béisbol dibujado a mano. Freepik
aleagapesant@nauta.cu; Aleaga Pesant

 

Etiquetas

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*