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La total derrota del socialismo no significa el fin de su existencia

Miami, USA, Alberto Roteta, (PD) Decir que se extinguió definitivamente la llama del socialismo resulta tan utópico como la propia idea de concretar con éxito su consumación como acto. Está latente, y de manera solapada sus defensores, cual espectrales sombras que se resisten a aceptar sus reveses, intentan hacer de las suyas. Revivirlo es su meta.

Tal vez el dogmatismo y los severos efectos de un adoctrinamiento progresivo durante sus vidas los hacen seguir viendo esta modalidad política como su ideal.

Es un hecho innegable que todos los mortales experimentamos temor cuando sabemos del fin de nuestra existencia, y al parecer esto es aplicable a instituciones, congregaciones, sistemas, gobiernos, y hasta planetas y sistemas solares, los que según ciertas enseñanzas filosóficas ancestrales, se preparan – como si supieran de su fin cercano– enviando la esencia de sus principios a centros virtuales de fuerza que se convertirán en futuros centros planetarios de evolución, con lo que finalmente no desaparecen; sino que solo cambian de morada.

Aquel monstruoso engendro que fuera establecido por primera vez – al menos en un grupo de naciones reagrupadas y obligadas por capricho– hace justamente un siglo en la Rusia de los primeros años del pasado siglo XX ha sobrevivido; aunque la esencia de su existencia como modelo social definitivamente ha desaparecido.

El Socialismo y el Comunismo, este último considerado la fase superior del primero, de acuerdo a las enseñanzas más ortodoxas del marxismo adoptado por los soviets en la ya antigua y desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) marcaron no solo la política, el contexto social y el entorno económico de un grupo de naciones a las que más tarde se les impuso este régimen como modelo a seguir, sino la vida de multitudes que vieron inicialmente una esperanza arrolladora que asumieron con ímpetu, y que luego se les desvaneció en el misterio, sin que muchos logren interiorizar el móvil esencial de su desaparición.

El asesinato de la familia Románov, aquel 17 de julio de 1918, que no solo incluyó al Zar de Rusia Nicolás II, la zarina Alejandra y sus cinco hijos, sino a cuatro sirvientes, incluido el médico, constituye un hecho real, y a la vez simbólico, por cuanto, nos anticipaba de una manera cruel lo que sería el comunismo que adoptaban Lenin y Stalin para millones de seres que luego vivirían los más tormentosos días de su existencia.

Ya todos han hecho referencia a los miles de crímenes cometidos por aquellos iniciadores oficiales del régimen comunista en la URSS, a la represión marcada durante los años de la etapa comunista, al fracaso de su economía, o al peligro ante la amenaza de una hecatombe nuclear, por lo que retomar estos puntos y volver a insistir sería “llover sobre mojado”; aunque ignorarlos puede ser sinónimo de complicidad con un régimen que sigue siendo una amenaza para la historia de la humanidad, por lo que, al menos son mencionados.

Su total extinción como modelo económico y sistema político de la antigua URSS y Europa Oriental no significa que esté desaparecido por completo en estos lugares. La existencia de partidos comunistas y otros que, sin ser denominados de esta forma abrazan la idea socialista, constituye una prueba de la presencia de un peligroso flagelo que puede intentar acechar a aquellas naciones más vulnerables, entre las que ocupan una posición privilegiada las de mayor pobreza y las de menor instrucción y cultura, cuyos pobladores pueden ser manipulados y adoctrinados con cierta facilidad y con múltiples promesas de cambios radicales en su vidas, la principal estrategia de los socialistas.

Los países de América Latina a donde llegara el comunismo bajo la apariencia de Socialismo del siglo XXI han sido los escogidos para un nuevo intento de este tipo. Como si las naciones de Europa Oriental cedieran su esencia a las de Latinoamérica – por aquello de que los planetas ofrecen sus principios a centros laya o virtuales de fuerza cuando saben de su cercano fin– se fue conformando una red de países cuyos gobernantes simpatizaron con la tendencia socialista a pesar de la conocida derrota de sus donantes europeos; aunque en realidad la influencia no vino de estos remotos lugares, sino de Cuba, la pequeña nación caribeña a la que se le impuso este sistema a partir de la toma del poder por el dictador Fidel Castro en 1959, y la declaración de su carácter socialista en 1961.

La marcada excentricidad – llevada a grado superlativo al entonar cantos en público o invocar la intervención del Arcángel Miguel– del desaparecido Hugo Chávez fue determinante para la propagación del gran mal por algunas naciones. Bajo su influencia varios gobiernos de Latinoamérica se hicieron receptivos a las aparentes nuevas propuestas: Ecuador con Rafael Correa, Argentina con Cristina Fernández de Kirchner, Nicaragua con Daniel Ortega, Bolivia con Evo Morales, Brasil con Lula da Silva y Chile con Mishell Bachelet. Cada cual con sus peculiaridades. En los casos de Chile, Brasil y Argentina no hubo exceso de control en el aparato gubernamental, si se les compara con Venezuela y Ecuador, donde ha existido una total radicalización de las leyes que han llevado a la creación de estados totalitaristas, a partir del concepto de participación ciudadana, “envueltos en una revolución no surgida desde abajo, sino desde una idealización del líder político, frecuentemente convertido en slogan partidista”.

Del mismo modo, y siguiendo los pasos de la URSS y Europa Oriental, el socialismo se fue desmoronando en América Latina. Hoy solo quedan naciones como Nicaragua y Bolivia, (cada cual a su forma y sin ser esencialmente socialistas, a pesar de las posiciones de sus presidentes) y de manera especial Cuba – cuya dictadura se ha sostenido en el poder por más de medio siglo en total impunidad, aunque desprestigiada ante el mundo– y Venezuela, cuyo tormentoso presente la hace cada vez más vulnerable para la desaparición de un modelo socialista a su forma.

Así las cosas, el terrible enemigo aún está presente, sin fuerzas, desacreditado ante el mundo, inmerso en un terrible caos; pero está y desde las profundidades abismales sus defensores – que por desgracia no son pocos– pretenden resucitarlo, aun conociendo del fracaso de todo posible intento para el establecimiento de comunidades socialistas en el mundo.

En estos tiempos estar alertas ante el posible progreso del gran mal que con su cruel poderío ha contribuido al exterminio masivo de grandes sectores poblacionales constituye un gran reto.
Tomado de: Patria de Marti; info@patriademarti.com
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