Cultura, Literatura

Legalmente nadie (cuento)

Ayer concluí la última tarea. No ha sido fácil todo el proceso, como no lo ha sido ninguno de los numerosos encargos personales que he realizado hasta hoy. Probablemente queden más los cuales iré haciendo en la medida de las posibilidades reales, sin apurarme demasiado, pero ya he terminado los míos. Ahora me dedicaré a hacer los de los demás que no puedan con la burocracia y prefieran pagar.

En esta isla, como supongo será en todas partes, lidiar con los burócratas de todo tipo y nivel no debe ser nada fácil pues toma paciencia, control del temperamento personal ante las estupideces, poner buena cara ante el mal trabajo, dedicar dinero cuando estamos apurados, a veces mucho dinero, y esperar a que todo finalmente funcione y no venga una secretaria de tercera a decirnos, después de dos meses de entrevistas y redacciones de documentos importantes, al final ya cuando uno piensa que todo finalmente va a concluir, falta el imprescindible cuño del director tal que ha salido de viaje por dos años.

La primera gestión comenzó con mi auto. El pobre cacharrito estaba tan mal que una mala mañana, se quedó parado en una esquina cercana a mi vivienda y no quiso caminar más. Se fundió. Yo lo quería mucho, me había dado casi quince años de servicios ininterrumpidos, pero ya estaba de botar.

Lo dejé allí, en la esquina, hasta cuando la grúa municipal se lo llevó como abandono, como pasa muchas veces cuando alguien quiere deshacerse de algún cachivache voluminoso y no deseas pagar por el trabajo. Pero me percaté de que aquella no era la solución para la terminación a la tenencia de un vehículo pues me vinieron a buscar con una orden de arresto por no pagar los impuestos y el seguro correspondiente que juntos sumaban bastante.

Entonces comencé mi primer proyecto de deslegalizar algo, de deshacer documentos oficiales y registros de muchas cosas que tenemos en vida, que nos siguen a todas partes y nunca nos abandonan.

Fui de comienzo al Registro Oficial de Vehículos y empecé a conseguir los documentos necesarios que me costaron algo de dinero en sellos de timbre y un par de semanas de espera. Después fui a sacar un turno para que me asistiera un notario, y una amiga quien trabaja allí me asesoró en cuanto a los otros documentos que tenía que aportar al proceso para que no perdiera más tiempo del prudencial.

De más está contar que para cada documento tenía que asistir a una diferente notaría y sacar el turno para que me atendiera, siempre con no menos de un mes de intervalo y pasando literalmente la noche sentado en el portal de la notaría para lograr turnos bajos y no pasarme todo el día sentado en la recepción a la espera de que me atendieran.

Hay ya viejitos quienes se dedican a sacar turnos y se pasan toda la noche sentados durmiendo en una incómoda silla (con los problemas de salud que esto pudiese traer a los jubilados) con la finalidad de lograr los primeros turnos. Cobran cincuenta pesos por lugar. Después llamé por teléfono unas doscientas veces para comprobar si ya estaba el documento tal y para demostrar mi interés y urgencia.

Al final, después de la promesa de una discreta buena suma en efectivo, la secretaria de la notaria coló mi expediente en el horario de almuerzo de la letrada quien de mala gana firmó todo rápidamente y nos manó a evaporar. Ya me había deshecho legalmente del carrito muerto desde hacía ya años.

No obstante la alegría inicial que sentí ante la difícil tarea cumplida, el desgaste emocional había sido tanto que me llevó semanas recuperarme del todo y retomar confianza en las autoridades y sistemas de gobierno.

Después decidí deshacerme de la casa.
Mira que di vueltas. Mira que visité notarías, abogados, que gasté dinero en consultas, turnos y viajes. Pero al final me quedé sin vivienda por la cual responder. Que se cayera sola. Ya no es mía.

Ahora ya no tengo la obligación de escuchar a mi esposa clamando porque arregle la pila del baño que no cierra bien, que cambie el bombillo que se fundió, que arregle el fogón que casi se quema el otro día, que no ensucie si no limpio. ¡Al carajo todo el mundo! ¡Ya no tengo casa! Así que nadie me puede reclamar y me quito toda responsabilidad, aunque sigo viviendo allí. Me hace falta un techo, ¿no?

Después me quité la Patria Potestad. Tuve que desbaratar mucha oposición de leguleyos y vecinos, pero mis hijos ya no tienen padre legal. Ya no pueden venir a solicitar dinerito para salir con la novia o para comer algo de paseo. Ya no pueden venir a pelearme por esto o aquello. Ya me había divorciado en un pequeño intervalo entre trámite y trámite, es fácil.

Mucho más trabajo me costó librarme de la ciudadanía debido a la incomprensión de mi solicitud ante las autoridades correspondientes, hasta cuando tuve que salir de la isla por más de dos años y retornar después como apátrida emigrante residente en mi propio país, pero es cómodo. No te molestan.

Hoy he conseguido librarme ya de la identidad. Mucho esfuerzo me ha costado y hasta una alusión a un reclamo oficial ante las Naciones Unidas si no me complacían, pero me han dejado tranquilo. Ahora soy un no ciudadano, un residente presente, pero legalmente ausente. No existo según los registros. O a lo mejor ya están haciendo otro nuevo apartado en los archivos pues ante el éxito que he tenido con no estar, ya no me molestan con reclamos de urbanismo, ni de patriotismo chovinista, etc. Soy legalmente nadie.

Ahora asisto a las personas a deshacerse de ellos mismos y de todas sus cargas pesadas y ligeras. Como mi caso ha salido en la prensa internacional de un ser humano sin ciudadanía, sin identidad, nombre ni nada, todos me reconocen y me saludan por las calles. “Mira ahí va el no persona, el hombre que no existe” -Expresan a mi paso.

Y yo contento. Todavía continúo buscando qué quitarme de encima, pero ya no encuentro nada. Soy un tipo feliz y se nota. La gente solo quiere imitarme.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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