Cultura, Literatura

Lo que hubiera podido ser el Premio Kafka

Jaimanitas, La Habana, Yunia Figueredo, (PD) El Premio Novelas de Gavetas Franz Kafka es un concurso literario organizado anualmente por Libriti Prohibiti de la República Checa. Fue establecido con las mejores intenciones para dar a conocer las obras de los escritores en la isla segregados por el régimen comunista, con novelas imposibles de publicar bajo el apartheid cultural existente. Pero la esencia primigenia de ese concurso se fue disolviendo con el paso del tiempo, al alejarse de su objetivo: “Premiar la calidad del más reprimido y marginado de los escritores participantes”. La evidencia niega este cumplimiento. Repasemos.

Abel Fernández Larrea, premiado en 2017, con la novela Shlemiel, ni siquiera asistió a la ceremonia de presentación del libro, por encontrarse de viaje al extranjero.

Este autor ha sido ampliamente publicado en Cuba. Entonces, ¿de cuál marginación estamos hablando?

Su novela ni siquiera se enmarca en el contexto cubano. La palabra Cuba no aparece ni una vez en las 119 páginas que describe Shlemiel, plagada con recurridas situaciones triviales, escasos recursos nemotécnicos y un complejo de abulia que deshace el texto y obliga al lector a dejarlo.

Un año antes, en 2016, el premio novelas de gavetas Franz Kafka había sido otorgado a Un mundo tan blanco, de Julio Jiménez, un complejo divertimiento tal vez funcional para la sociedad francesa del siglo XVIII, deleitada sin embargo con el genio de Donatie Alfhonse François, marqués de Sade, un apellido que se recogiera en la historia como sustantivo, pero que balanceaba sus textos con filosofía. En cambio, la novela de Jiménez da mucha información clínica que aleja del lector del texto. Todos los consultados que leyeron el libro cuentan que ninguno pudo llegar al final.

Un año atrás la novela: 9550: Una posible interpretación en azul, hundió aún más las intenciones del concurso Kafka. En un círculo de lectura en nuestra biblioteca comunitaria se debatió esta novela y los interesados en los temas de Cuba buscamos respuestas a interrogantes de nuestras vidas, pero en el libro no las hallamos. Esta novela no nos aportaba, concluimos que no estaba Cuba allí y nos decepcionamos en grupo.

Más atrás el premio había recaído sobre Ángel Santisteban, un tributo para el escritor por encontrarse preso. Había sido ganador de varios premios oficiales, como Casa de las Américas, el premio UNEAC y el Alejo Carpentier, todos de cuento, pero con justeza podemos decir que El verano en que Dios dormía dista mucho de otros textos suyos, por ser un tanto intangible en su contenido y en las situaciones, y adolecer de una atmósfera demasiada cargada de apelativos y un largo soliloquio en ocasiones soez.

En cambio, la novela Larga es la noche, de Frank Correa, premiada en 2012, salva a los concursos Kafka con numerosas reseñas reconociendo sus méritos. Víctor Manuel Domínguez, vicepresidente del Club de Escritores de Cuba, encontró muchos símbolos sociales actuales transmutados en literatura. La periodista y poetisa Tania Díaz Castro aseveró: “Es el mejor libro sobre marginales que he leído”. Luis Cino sentenció: “La literatura para Frank es como tomarse un vaso de agua”.

Ahmel Hechavarría, escritor de la UNEAC y multipremiado en los concursos oficiales, había obtenido el premio un año antes, en 2011, con la novela Días de entrenamientos, que luego obtuviera también el premio de novela Italo Calvino. Es una novela muy bien escrita, pero cargando con el pesado fardo del lastre oficialista: cadenas, grilletes, esposas, cepos y yugos que adhieren a sus escritores a límites, cotas que no tienen el valor de trasgredir.

Ernesto Santana lo había antecedido con El carnaval de los muertos, un bumerán de palabras que siempre regresaban al mismo sitio, produciendo mucha nostalgia y en ocasiones dolor. Aunque no entendí a fondo la esencia de la idea de la muerte, que provocaron el frio pavor y la incertidumbre de la vida a más de un lector entrevistado para este trabajo, cuando pasan cerca de un cementerio, ya sea el Colón, el Espada, o el cementerio de La Maya, en Santiago de Cuba, que como está situado en una curva existe un dicho popular: “Es la curva que más muertos tiene… sobre todo en carnaval”.

Le había precedido en el conteo regresivo de los premios Kafka, la novela Boring Home, de Orlando Luis Pardo. Recuerdo que asistí a su presentación en la embajada de la República Checa y aquella noche Orlando Luis con sus propias palabras dijo: “No sé lo que es eso… y tampoco se lo recomiendo a nadie…”. Dio una opinión sincera y de primera mano de lo que me exponía al leerla.

Sobre la novela La sangre de la libertad, el primer premio Kafka cuando se inauguró el concurso, y que obtuvo Orlando Freire Santana, iniciando esta historia, escribí hace poco una reseña publicada en Primavera Digital, y no quiero hacer leña del árbol caído. Solo quiero resaltar un mensaje del autor, agradeciendo que alguien después de diez años la recordara y escribiera sobre ella.
yuniafigueredo1980@gmail.com; Yunia Figueredo

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