Política

¿Mala memoria?

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) Acabo de leer un libro digital (que nunca ha sido impreso en Cuba) escrito por una persona que estuvo en en las famosas UMAP y sufrió toda la cruenta ignominia de aquellos rigurosos campos de concentración nazi-castristas. Se trata de un testimonio de aquellos días confeccionado por Alberto I. González Muñoz entre 1994-95, llamado Dios no entra en mi oficina. Fue publicado por la Editorial Bautista (agmseb@enet.cu) inicialmente en el 2003 y ha sido revisado periódicamente hasta su séptima edición del 2015 de la que hablamos.

El autor alega en la introducción que no quiere que se interprete este material como documento acusatorio contra el régimen de los Castro, pero no hay más que leerlo para indignarse contra las muchas atrocidades y arbitrariedades que cometieron, causando gravísimos daños en la sociedad hasta el día de hoy.

El libro recuerda los testimonios escritos sobre los campos de exterminio nazi, aunque en las UMAP no existieron crematorios ni cámaras de gas.

En las UMAP se pretendía, a través del trabajo forzado, el cambio obligado de los religiosos, los homosexuales, y todos aquellos quienes fueran considerados estorbos a la revolución. Existieron, para horror de muchos, un poco más de dos años, entre 1965 y 1967, en alejados parajes camagüeyanos.

En las páginas pude hallar los nombres de varios religiosos que fueron enviados allí, humillados, calificados oficialmente de lacra social debido a sus creencias, maltratados y obligados a laborar dieciséis horas al día o más cortando caña.

Me asombra que personajes como el cardenal Jaime Ortega Alamino, tan cuidadoso y complaciente con el régimen, quien hace unos años ordenó la extracción a la fuerza de protestantes pacíficos dentro de una iglesia habanera pues ellos, los católicos, fuera uno de quienes recibiera patadas por el trasero y empujones en las UMAP precisamente por ser religioso.

También está el reverendo Raúl Suárez, muy visible hoy con personeros del gobierno, anfitrión muy amistoso con las delegaciones de los Pastores por la Paz, y quien ha levantado un emporio autorizado en 100 y 51, en Marianao.

Raúl Suárez estuvo en las UMAP, durmiendo, junto a otros muchos religiosos, en un duro suelo de tierra, en hamacas más tarde, y después de meses, en literas maltrechas, levantándose a las cuatro y treinta de la madrugada, aún agotados por la jornada de labor, para acudir forzosamente al campo donde permanecerían en ocasiones hasta pasada la medianoche, cortando y alzando caña a mano.

¿Tendrán mala memoria o miedo a perder lo que han logrado?

Nada justifica la barbarie que fueron las UMAP. Los crímenes de lesa humanidad no prescriben. En algún momento estaremos en condiciones de pedir cuentas. No nos olvidamos.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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