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Maya y Nenad

Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino (PD) A la XXVI Feria del Libro de La Habana, donde este año Canadá fue el país invitado, asistieron las escritoras canadienses Margaret Atwood y Maya Ombasic.

De esta última, de origen bosnio, ex- yugoslava, que vive entre Canadá y Cuba –está casada y tiene una hija con un cubano-, fue presentado por la Editorial Gente Nueva el libro “Un día después de Babel”.

Es un libro bello, conmovedor, triste. La autora, que con su familia tuvo que huir de la guerra en su país natal, cuenta su lucha contra el desarraigo, la nostalgia, su búsqueda de un modo de renacer, sin sacrificar sus valores.

Enrique Pérez Díaz, que fue el editor y corrector, escribe en el prólogo: “…Un libro como este revela que en el mundo todavía existen personas sensibles, con el corazón a flor de piel, personas que son capaces de atrapar los recuerdos más dolorosos y compartirlos con otros en aras de que sus experiencias no nos inspiren lástima, sino sean una lección edificante, ecuménica y productiva para los demás”.

Maya Ombasic en este libro hace un alegato, por momentos ingenuo, por otros, cínico, contra los odios generados por la intolerancia, los prejuicios, los nacionalismos y el fundamentalismo religioso, los responsables de su odisea por Europa y América.

“Un día después de Babel” está dedicado a Nenad, su padre, que murió de nostalgia por Mostar, su ciudad cruzada por el río Neretva, que fue bella y amable antes de la guerra. Nenad es el verdadero protagonista. El libro es una conversación con él. Un tipo raro –“intenso y trágico”, lo describe su hija- que no pudo adaptarse a la lejanía, a no sentir su tierra bajo sus pies. Pintor, ateo, comunista, nostálgico de los tiempos de Tito, incorregiblemente anticapitalista, fascinado por la Cuba de Fidel Castro, inadaptado crónico en Occidente, intenta escapar de todo, incluso de los suyos y de sí, pero sobre todo de la historia, de lo inexorable y crudo de la realidad, lo mismo a través del alcohol que del suicidio. Al final, el cáncer le da la posibilidad, después de muerto, de regresar a su tierra, para yacer bajo ella.

Según dijo Maya Ombasic a Enrique Pérez Díaz, todo lo que es como ser humano y como mujer se lo debe a su padre. Y no hay dudas de ello: la escritora, para bien y para mal, tiene mucho del majadero y testarudo Nenad. De ahí, entre otras cosas, su idealización de Cuba, a pesar de estar consciente de que aquí se vive bajo una dictadura.

Maya Ombasic, como Nenad, fallan al pensar que las dictaduras comunistas puedan ser la solución a los problemas del ser humano. La dictadura de Tito, que añora, como si hubiese sido el sinónimo del país que ya no existe, no fue una panacea. Hubo autogestión y prosperidad, pero también asesinatos políticos, campos de reclusión y persecución religiosa. La invención de Yugoslavia, la federación artificial donde fueron forzados a convivir serbios, bosnios, croatas y montenegrinos, católicos, ortodoxos y musulmanes, solo aplazó los problemas. La Yugoslavia de Tito, como antes el Imperio Otomano y el Imperio Austro-Húngaro, fueron cárceles de nacionalidades donde se gestaron los conflictos que desembocarían en la carnicería de los años 90. Los odios estaban latentes, no los creó la CIA, la OTAN o Arabia Saudita.

Pero los humanos, a falta de algo mejor que hacer, necesitamos idealizar. Aun al extremo, como Maya y Nenad, de hallar en una dictadura la belleza capaz de salvar al mundo.
luicino2012@gmail.com; Luis Cino

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