Sociedad

Mi paso por el Servicio Militar Obligatorio

La Habana, Jorge Luis González (PD) La primera vez que escuché del Servicio Militar Obligatorio (SMO) fue una noche del verano de 1963, en un noticiero por la radio de un carro, en que junto a mi madre y unos amigos, regresaba de un paseo a la playa de Guanabo. Gil Oliva, un amigo de mi familia, que iba manejando, exclamó: “¡Ahora sí se jodieron los muchachos!”.

Tres años después, el 24 de septiembre de 1966, con 19 años, fui incorporado al tercer llamado del SMO. El punto de reunión y partida fue el antiguo Jardín Botánico de La Habana, hoy parte del parqueo del Hospital Joaquín Albarrán de la calle 26, muy cercano a la rotonda de la Ciudad Deportiva.

Para formar los pelotones, llamaron por nombres. Me incorporaron junto a otros 14 jóvenes más del inmenso grupo en un pelotón. Sin decir ni a los familiares que acudieron a despedirnos ni a nosotros hacia donde nos llevaban, nos montaron en camiones y partimos sobre las 3 pm, con rumbo desconocido.

Llegamos a la Unidad Militar 3197 alrededor de las 4 pm. Por suerte, estaba ubicada en un sitio no tan alejado de la ciudad, en Las Guásimas, un pequeño poblado situado en la carretera de Managua, a unos 5 kilómetros hacia el sur, después del Reparto Eléctrico.

Otras unidades a las que enviaban reclutas eran verdaderos potreros, pero aquella tenía condiciones un poco mejores. Los dormitorios eran las consabidas barracas de madera, pero comparadas con otras, eran aceptables.

Nos pelaron casi al rape y nos entregaron de inmediato los flamantes uniformes verde olivo, las botas rusas, el distintivo de recluta y la gorra de tela. Todo me quedó grande. Mi madre en la primera visita que tuvimos, varias semanas después, se llevó uno de aquellos mamarrachos para arreglarlo a mi medida.

El entrenamiento consistía en formar fila y marchar. Esto fue todo lo que hicimos durante el primer mes. Después nos dedicamos a reparar el equipamiento militar roto. Fui destinado a trabajar como mecánico de óptica en instrumentos accesorios de combate. En aquel taller reparaban binoculares, colimadores de tanques de guerra y otros equipos similares.

Ahí confronté mi primer problema con el jefe inmediato, un sargento de apellido Dueñas. Yo padecía y padezco una desviación dorso-lumbar en la columna vertebral. Antes de ingresar al ejército, por prescripción facultativa, realizaba ejercicios para evitar un agravamiento del mal. Cuando intenté hacerlos allí, me amonestaron, pues querían que los hiciera después del horario laboral, lo cual chocaba con el tiempo del baño y la comida. Al protestar, me sacaron del taller.

Otros contratiempos los tuve con el Jefe de la unidad, el primer teniente Máximo Pastrana. Este señor, de estirpe campesina, me consideraba “un muchacho blandengue”, y que para colmo de males, era hijo de un ex policía de la dictadura de Batista. Me tenía ojeriza y cada vez que pudo me suspendió el pase para ir a la casa. Años después lo vi en funciones de administrador de la cafetería Sol-Mar, en el Malecón. No me saludó y yo tampoco lo saludé. Supe más adelante que fue sancionado a prisión por violar a su hija, que era muda. Ese degenerado fue mi jefe superior.

La Unidad Militar pasó a la DAAFAR, con otro número, el 3559, y las mismas ocupaciones.
En el servicio militar hice de todo: trabajé como almacenero, camarero, auxiliar del comedor de oficiales, y fui guardia de posta.

Solamente una vez nos llevaron al campo de tiro. Si hubiera ocurrido la invasión norteamericana de la que tanto hablaban, creo que yo, que nunca había tocado un arma, hubiera sido el primer mártir de la contienda.

Las guardias eran bastante severas, por el desgaste y la tensión. Las realizaban tres reclutas durante 24 horas, rotándose en turnos de tres horas cada uno.

Un día que estaba de servicio, me sentí muy mal, con vómitos y mucho decaimiento. El oficial de guardia no me relevó, y no fui atendido por carecer la unidad de personal médico. Cuando al fin salí de pase, mis padres me llevaron al Hospital Militar de Marianao. Allí descubrieron que tenía una hepatitis severa. Estuve ingresado, con reposo absoluto, durante diez semanas. Pude haber muerto por la falta de atención médica en la unidad militar.

Durante mi permanencia en el Servicio Militar Obligatorio, varias veces fui enviado a cortar caña. Como no estaba acostumbrado a esa labor, pasé las de Caín.

La última vez que me enviaron a cortar caña fue durante la desastrosa Zafra de los 10 Millones. Me ubicaron en un lugar llamado Batey Nuevo, a unos 20 kilómetros de Colón, en Matanzas. Allí, por los siete pesos que como recluta me pagaban, trabajaba literalmente como un condenado. Pero nunca llegué a las 200 arrobas, que era la norma exigida. Por esa razón y porque era bueno con las cuentas, fui escogido para hacer el cómputo de la caña que cortaba la brigada y registrar la carga de las alzadoras. Esta tarea, aunque era más ligera que cortar caña, también era agotadora, porque había que hacer vales en el cañaveral, llevarlos hasta la pesa, a varios kilómetros de distancia, recogerlos y llevarlos al estadístico del campamento.

Culminé mi servicio en áreas del hoy clausurado central “José Smith Comas”, el día 11 de marzo de 1970. Cumplí tres años, cinco meses y 17 días como militar. La causa de la demora de casi seis meses en desmovilizarme fue porque el Comandante en Jefe había perdido la batalla en esa zafra gigante en la que se había encaprichado.

Aquellos tres años y medio que pasé como recluta fue un tiempo malgastado. Tuve que estar alejado de mi familia, interrumpir mis estudios, y se deterioró mi salud. Fue la peor etapa de mi vida. A malas experiencias como esa debo, en gran parte, mis actuales convicciones políticas.
librero70@nauta.cu; Jorge Luis González Suárez

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