Cultura

Narcos, en La Habana

El Vedado, La Habana, Aleaga Pesant, (PD) El mundo audiovisual undergraund habanero se estremece con otra obra serie de Netflix. En verdad no es tan undergraund, pues a pesar de la censura, el diario Juventud Rebelde sintonizó con el tema a través de una serie de trabajos titulados en Serio con las series, de José Luis Estrada, quien con una buena dosis se censura y amnesia, aborda las series populares, sobre las que se pueda hablar en los medios. De hecho, “paso vareta” con el serial colombiano Comandante, donde el eje central es el ex dictador venezolano Hugo Chávez, y con… Narcos.

Narcos aborda la guerra de las drogas entre los Carteles de Medellín y Cali en la década de los 80, un conflicto entre bandas y contra el Estado que cobró no menos de 3 mil víctimas en 10 años. Es un retrato pseudo histórico como entretenimiento televisivo. Un soplo de aire fresco, dentro de las diversas adaptaciones sobre la “malvida” de Pablo Escobar como mito y figura política, y la persecución a través de la corrupción burocrática colombiana, por la justicia norteamericana a través de dos agentes de la DEA. Esta confrontación “multilateral” se traduce en una serie marcada por la tensión dramática, y la precisión histórica que acaba siendo, adictiva para el público.

Narcos no es una teleserie que se modere con la representación gráfica de la violencia que marcó la “Era Escobar”, donde además de los narcos, estaban las guerrillas de izquierda y los paramilitares de derecha y donde todos a su medida, sembraban el terror. La serie muestra con lujo, pero sin detalles la crueldad de los sicarios y la dureza de los funcionarios para tratar de lograr un equilibrio. No coincido con los que afirman que la serie tenga un exceso de violencia para acceder a ese público target. La usa en la exacta medida necesaria, para lograr un equilibrio entre la vida y la muerte, la justicia y el crimen, el heroísmo y la irresponsabilidad, la inteligencia y la maldad, y es uno de esos puntos, los que atrae a tanto público en La Habana.

Un valor de gané de la teleserie fue trasladar la producción hacia Colombia y mostrar ese país en toda su belleza. Cada capítulo costó más de 4 millones de dólares. Rodado en locaciones reales y concretas, dándole además un toque documental, entremezclando géneros y aportando la narración de Steve Murphy, el agente DEA, que perseguía al delincuente y asesino colombiano. La fotografía usó tecnología para buscar el mayor realismo posible, pero con una imagen o color que recordara la década del 80 y de la cultura narco. Para las escenas en Miami, utilizaron filtros que diferenciaran los tonos y representaran un lugar diferente.

Siguiendo la idea del documental, en Narcos, hay pocos efectos especiales y sí mucho trabajo de cámara concretos, con planos muy dinámicos, utilizando Dolly y grúa, como antes, con el objetivo de introducir al espectador en el problema. En cuanto a los visuales, en lugar de modificar parámetros de luz y color en postproducción buscaron el aspecto más crudo trabajando con la correcta iluminación, para conseguir el aspecto deseado, centrándose en los pequeños detalles de la imagen.

Esta historia de los malvados narcos, tan llevada y traída en filmes y teleseries, donde no queda claro si se les defiende o condena, sin son rebeldes o victimarios, sicarios o justicieros, tiene en esta teleserie un punto claro. Se sabe quiénes son los malvados y quienes los justicieros y ojo, sin encartonamiento. Escobar puede ser todo ternura con su esposa, familia y amigos, pero no hay dudas de rol corruptor y criminal en la sociedad. El Coronel Carrillo, todo pundonor y decencia, cree su deber ajusticiar por su cuenta ante la inhabilidad del Estado, la corrupción de los burócratas y en memoria de sus soldados caídos en esa cruenta guerra, asesinados vilmente por las pandillas de narcotraficantes. Es por eso que esta historia con tantos puntos de vista y diversidad de personajes requiere no solo del talento de cada uno de los actores, sino de la coordinación entre cada uno ellos. Una veintena de profesionales que componen el reparto principal, a los que se suman otros que interpretan roles recurrentes y que con sus matices apoyan el trabajo actoral conjunto. Piénsese que la teleserie cubre la sociedad colombiana desde los malandros y los sicarios, hasta los presidentes Gaviria y Turbay Ayala.

Es impensable no relacionar Narcos con su propio formato, basado en hechos reales. El biopic, es uno de los subgéneros dramáticos en alza. Y es que los hechos bien narrados pueden ser más fascinantes que cualquier historia ficticia, aunque resulten complejos de narrar. Representar una historia real supone un esfuerzo, que incluye la investigación histórica y las expectativas del público. Es aquí donde Narcos muestra su mayor atractivo.
aleagapesant@nauta.cu; Aleaga Pesant

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