Sociedad

No todos los emigrados cambian

Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino (PD) Se preguntaba el colega y amigo Emaro, producto de sus amargas experiencias personales, qué hace que los que emigran se vuelvan más pragmáticos y lleguen a ser egoístas y hasta crueles con las personas que una vez quisieron y que quedaron en Cuba.

Discrepo con Emaro, no se debe generalizar, no sucede en todos los casos. No todos los que emigran se toman “la Coca-Cola del olvido”, esa metáfora que es utilizada desde hace muchos años para referirse a la actitud de algunos compatriotas que cuando se van de Cuba pretenden romper del todo con el pasado, incluidos los afectos, para hacer borrón y cuenta nueva e iniciar una vida completamente diferente a la que vivieron hasta entonces.

No es la mayoría. No olvidemos que millares de personas en Cuba sobreviven gracias a las remesas que les envían sus familiares residentes en el exterior. De hecho, de las remesas deriva el estado cubano ingresos comparables a los que recibe del turismo o la exportación de médicos.

Durante varias décadas, el régimen satanizó a las personas que se iban del país, tildándolas de apátridas y exigiendo la ruptura de todos los lazos con ellos. Precisamente de ahí parten muchas erróneas concepciones.

Que una persona decida tomarse “la Coca Cola del olvido” o no, depende de sus características personales y de la formación y experiencias que haya tenido.

En lo personal, he tenido suerte. O supe escoger bien mis amistades y cultivarlas para que fueran resistentes al tiempo y la distancia. En mis dos viajes a Miami he podido comprobar que mis amigos que se fueron, excepto por las canas y las libras de más de algunos, siguen siendo básicamente los mismos.

Fui inseparable de una pareja –se casaron en los 70, en cuanto terminaron el preuniversitario- y había perdido su rastro desde que se fueron, en 1990. Nos localizamos tan pronto llegué a Miami. Luego de 25 años, enseguida nos pusimos al día y todo fue exactamente como antes. Ahora estamos en contacto a través mensajes y llamadas telefónicas. Con ellos he vivido momentos muy felices: un concierto de los Guess Who -¿quién nos lo iba a decir, allá por 1970, en los tiempos de American woman?-, una de las irrepetibles puestas de sol vistas desde el muelle de Mallory Square en Key West, o simplemente las descargas en el patio de su casa, que ya no es en Alta Habana, sino en Miami Springs.

He llegado a entender las razones de quienes se toman la Coca Cola del olvido. Generalmente, del pasado, uno trata de borrar lo malo y quedarse con los mejores recuerdos. Por eso, la juventud nos parece siempre un tiempo idílico, no importa cómo haya discurrido. Lo mismo puede pasarle a un expatriado con su país. Y ahí está el peligro. Evocará a su familia, sus amigos, sus amores, los lugares donde fue feliz, sus costumbres, etc. Y puede que llegue un momento en que piense si habrá hecho bien al irse. Particularmente si en el país donde reside no le va tan bien como pensó que le iría.

Tal vez no le vaya bien precisamente por eso: porque vive prisionero del pasado, esclavizado por los recuerdos, devorado por la nostalgia. Quejoso, autocompasivo, sin sentido de pertenencia, incapaz de estar en paz ni con el pasado ni con el presente, a merced de las pesadillas, los auto-reproches y las culpas ajenas y propias, sin acabar de asumir sus responsabilidades.

Conozco muchos casos así. Viven con los pies en Miami y la cabeza en Cuba. Después que flexibilizaron las leyes migratorias, apenas regresan de un viaje y ya están preparándose para el próximo, a fin de año o cuando vuelvan a coger las vacaciones. Siempre pendientes de las necesidades de sus parientes en Cuba, que aunque en muchos casos sean exageradas – lo saben- tratarán de satisfacerlas para estar a bien con todos y su conciencia, y también para que nadie vaya a tener dudas de que han tenido éxito en su nueva vida.

Y así, en el empeño de ayudar a los suyos y de probar a todos y probarse a sí mismos que hicieron bien en irse y son exitosos, tanto que se pueden ir a vacacionar a un hotel de Varadero con sus familiares, no logran levantar cabeza, se endeudan, no progresan. No acaban de aprender el puñetero inglés ni se resignan a adaptarse a las costumbres de los yanquis, particularmente a su comida rara y ese café aguado que sabe a medicina, por no decir a rayos. Viven agobiados por el pago de los bills, con dos y tres trabajos, extenuados, sin apenas tiempo para pasear los fines de semana porque hay que acostarse temprano el domingo para levantarse el lunes para ir a trabajar, sin poder cambiar el carro de hace diez años ni poderse mudar a una casa más grande.

Y a fin de cuentas, no quedan bien con nadie, ni siquiera con ellos mismos, porque tendrían que ser millonarios para poder resolver todos los muchos problemas de sus familiares en Cuba, que no son solo los más perentorios, la comida, las medicinas, el arreglo de la casa, sino también la ropa de marca, los quince de la sobrina, el TV de pantalla plana, el ipod, lo que necesita el sobrino que “va a hacerse santo”, etc.

El propio Emaro refiere que los parientes en Cuba de los emigrados los toman por tíos ricos Mc Pato, con dinero de sobra para costear las recholatas y complacer todo tipo de caprichos.

Por todo eso, entiendo también a los que temerosos de convertirse en estatuas de sal, se niegan a mirar hacia atrás. Se han apretado el cinto, han trabajado duro y han logrado progresar. Ahora, luego de años de privaciones, viven más relajados. Se han aclimatado perfectamente al american way of life, se han integrado plenamente a la sociedad que los acogió. Hablan en inglés con fluidez, se han hecho ciudadanos norteamericanos, votan en las elecciones, avisan sus visitas, no hablan a gritos, no suenan el claxon ni aunque se topen con un energúmeno cañonero en la highway, detestan el reguetón y la programación de los canales hispanos, prefieren los noticieros de CNN a los de Univisión o Mega TV. Y si no tienen familiares allegados en Cuba, ni se les ocurre la idea de viajar a La Habana. ¿Para qué? ¿Para deprimirse?

Hay quien ha vuelto a visitar Cuba y ha salido destrozado, sin poder reponerse del choque: el país que tanto añoraba es como si no existiese, como si hubiera sido sustituido por otro peor, que ya apenas tiene algo que ver con ellos.
Pero no todos –particularmente quienes tienen en Cuba a sus padres o sus hijos- pueden acorazarse, vencer al gorrión y olvidar. Es muy difícil. Sumamente difícil. Una cura de caballo, como dicen los guajiros.
luicino2012@gmail.com; Luis Cino

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