Cultura, Literatura

Nuevas aventuras del Cíberbandido (I)

Es domingo, todo está muy tranquilo. Los domingos al amanecer son muy apacibles y se mantiene un extraño y calmado silencio sobre toda la ciudad de La Habana.

Me he levantado temprano, oscuro todavía, y antes de salir, ya amaneciendo, me he vestido en plan deportivo, con un pulóver sin marcas, un short amplio con muchos bolsillos y un par de tenis cómodos, para correr si es necesario. Y si no fuera demasiado conspicuo, me pondría un casco de motorista o de guerra.

Me acomodo lo ineludible en los bolsillos y salgo a la calle.

Llego un poco pasadas las siete al Parque Ghandi. Todo continúa muy tranquilo. Me siento en uno de los bancos del parque bajo la próxima sombra de un monumental jagüey y extraigo un libro que ya he leído, pero es muy interesante.

Mientras leo, no dejo de observar a la iglesia de Santa Rita en la intersección de 5ta Avenida y Calle 26.
Es una iglesia muy bonita y funcional con arquitectura moderna, de las últimas que deben de haberse edificado a finales de los 50, pues después ya no se hicieron más al estilo grande, solo algunos templos protestantes o de otras agrupaciones religiosas, pero siempre pequeños.

Aún pasa algún auto ocasional por la larga y hermosa 5ta Avenida, centro de este antiguamente exclusivo reparto Miramar, al noroeste de la urbe. La 5ta. Avenida está diseñad con dos vías de dos sendas cada una, de Este a Oeste y viceversa. Cuenta con un muy amplio separador central que le agrega el doble de ancho a la avenida y se ven dos franjas con césped verde y algunos pinos decorativos a ambos lados de una acera central de tres o cuatro metros de ancho.

Este parque está dividido en dos por esta avenida. Al sur, Zapata en medio de una furiosa arboleda. Al Norte, donde estoy sentado, la estatua de Ghandi vistiendo su consabida sábana y sus redondos espejuelitos.

La iglesia abre sus amplias puertas que dan a la 5ta Avenida un poco pasadas las ocho de la mañana. También existe una pequeña puerta lateral por 26 por donde comienzan a ingresar muy espaciadamente algunas personas.
Habrá misa a las diez.

Una señora bien entrada en la tercera edad se detiene justo frente a Juan Pérez y comienza a revestirse (viene ya con un short apretado de color indefinido, oscuro, y una camiseta marrón), con un sayón blanco y una blusa del mismo color. Lleva también tenis blancos y un apretado pañuelo blanco estilo turbante.

Juan la observa atentamente y la señora le hace un guiño. “Hijo, hay que cuidarse lo más posible.”-Le dice infiriendo que Juan es del mismo bando. ¿Por qué? ¿Qué lo delata?

Un poco más tarde ya han ido arribando algunas personas más. Un enorme almendrón ingresa al pequeño acceso de la iglesia y descienden un montón de damas vestidas de blanco quienes ingresan directamente al amplio salón general de la iglesia. Entre ellas viene la líder del grupo.

Juan ve al cura con sotana salir caminando apresuradamente desde su vivienda detrás de la iglesia y escucha como comienza la misa. Esta debe durar aproximadamente una hora.

Mientras tanto, el parque se ha ido llenando de hombres jóvenes vestidos de civil. Afortunadamente no se ve un arma, pues estas son las aguerridas huestes de los muchachos de la Seguridad del Estado. Ya se acumulan algunas motos marca Suzuki del mismo modelo en una esquina.

También han ido llegando algunos periodistas y camarógrafos quienes se acomodan a un costado de la iglesia, en el parque, y conversan tranquilamente entre ellos. Hay prensa extranjera, como la CNN y otras.
Nadie molesta a Juan Pérez, quien continúa apaciblemente leyendo.

Sin embargo un pequeño grupo de turistas quienes han llegado caminando hasta la llamativa estatua de Zapata, es ahuyentado por dos agentes quienes se les acercan y les dicen algo que Juan no puede escuchar. Se marchan a paso rápido.

Hace ya rato que no pasa ningún vehículo, ningún peatón, ni los abundantes y habituales corredores (joggers) matutinos.

Ha pasado el tiempo, será cerca de las once de la mañana.

Han cerrado operativamente una enorme zona desde la calle Diez, desde Tercera hasta Séptima, y de ahí toda el área hasta calle Cuarenta entre Tercera y Séptima. Nadie puede ingresar. En cada esquina se acomoda ostentosamente un numeroso grupo de agentes y colaboradores del Bon UJC-Minint y otras agencias paramilitares, como Sepsa, etc.
También en días anteriores han comenzado a aparecer numerosas y nada discretas cámaras de seguridad por toda esta locación.

Cuando Juan escucha que se termina la misa, se levanta y camina hasta la iglesia. Cuando entra por la puerta de 5ta, ya todos los asistentes conversan entre sí dispersos en pequeños grupos. Juan identifica entre las personas a un par de diplomáticos norteamericanos y a un funcionario flaco y alto de la embajada alemana.

Las Damas de Blanco en un número de alrededor de veinte se reúnen a un costado de la entrada, todavía dentro del recinto, y reparten un gladiolo fresco a cada una que alguna de ellas ha traído. Salen a la 5ta Avenida hacia su paseo central.

De inmediato, un pequeño grupo de hombres de civil se les interpone, mientras un gordo alto barrigón, vistiendo un pulóver rojo desteñido con la imagen del ché les habla, conminándolas a no realizar la marcha.

Todas responden gritando que la marcha va. La marcha en reclamo de la libertad de todos los presos políticos y el cese de la represión va.

El gordo hace un gesto con la mano como llamando a alguien y desde la esquina de 5ta y 28 un nutrido grupo de personas de ambos sexos sale corriendo y se coloca delante de las Damas de Blanco para impedir que avancen. Comienzas los gritos, las ofensas verbales y los improperios. Las Damas de Blanco intentan abrirse paso a través del tumulto, pero es literalmente imposible, aunque no dejan de presionar hacia adelante, hacia el túnel de Malecón.

Se notan algunos agitadores profesionales dentro del desorden de los atacantes. Algunos, ya muy alborotados, comienzan a propinar golpes con las manos a las Damas. Para algunos de los de la Comisión de Repudio esto debe parecerles una especie de pachanga o de fiesta de horror y violencia, pues bailotean alrededor y se les nota en los rostros las expresiones de disfrute máximo. Otros escupen a las Damas mientras arrecian los improperios.

Las Damas desvían su camino en un intento por escapar del tremendo asedio y se internan en el parque.

El Ciberbandido, o Juan Pérez, ha estado en todo momento accionando su pequeña cámara digital que ha traído en uno de sus bolsillos.

Hay mucha prensa filmando la agresión. Un señor ya mayor y con pinta de jefe corre alrededor del molote, gritando infructuosamente que no se puede golpear.

El cura se escabulle, impotente, desde la iglesia hacia su casa, sin poder dejar de mirar, horrorizado.

Un periodista español baja su cámara, mientras muy sorprendido y molesto grita en voz alta: -“Pero esto no es democracia, ni socialismo, ni nada que se lo parezca. ¡Esto es fascismo!”.

Otro periodista, sesentón, con acento cubano, le responde malhumorado y en tono descompuesto. –“¡Ah, qué cojones sabes tú de democracia! ¡Vete a arreglar a tu país!” Y hace un gesto despectivo con la mano libre de la cámara. Se vuelve para continuar filmando, disfruta del agresivo molote.

El Ciberbandido saca discretamente la memoria adicional de ocho gigas de su cámara y coloca otra más modesta que traía preparada.

Ya las muy maltratadas, sucias y agobiadas Damas de Blanco son obligadas a la fuerza, incluyendo patadas, a abordar un ómnibus que han acercado al parque y que se marchará en unos segundos. Más tarde, menos de una hora, sin ningún tipo de excusa o explicación, comenzarán a liberar a las escasas y valientes Damas de Blanco en diversos y alejados rincones de la ciudad.

Me alejo de la intersección de la calle 26 con la 5ta Avenida. Intento avanzar a paso calmado mientras aguzo el oído para tratar de determinar, sin volver la vista, cuántos agentes han ordenado seguirme de cerca hasta cuando me aleje lo suficiente del alcance de las televisoras extranjeras que grababan la espeluznante escena. Escucho claramente sus pasos. Son dos personas jóvenes. Es mediodía en La Habana.

Efectivamente, dos personas le seguían de cerca. Escuchaba sus pasos ágiles pero no necesita mirar atrás. Sabe a qué vienen.

Cuando rebasan la esquina de la calle 26 y 7ma avenida, fuera de los ojos de la prensa internacional, los dos jóvenes se le encaran. “-A ver, entréganos la cámara que llevas en el bolsillo.” Le intentan intimidar con su actitud brabucona y tono amenazante clásico de los cuerpos represivos. Otros diez agentes previamente en la esquina observan la escena pero sin mezclarse.

El Ciberbandido les sonríe a todos, extrae su aparato fotográfico y se lo entrega al miembro de la policía política. Este se aleja unos pasos y comienza a revisar lo grabado. El segundo le ha pedido su identificación y habla por una radio encubierta en sus ropas.

Minutos después el agente devuelve la cámara, pero ha borrado todas las fotos contenidas en la memoria. El otro le devuelve su carné de identidad y le expresa fingiendo un malhumor que no sentía: –“Si te volvemos a ver en lo mismo, te llevamos preso”.

Juan Pérez les sonríe de nuevo y les dice adiós con la mano. Los agentes vuelven al parque y James Bond se sube al pequeño Ford Thunderbird 56 estacionado justo frente a los otros muchachos que estaban cuidando no apareciera otro tumulto peor. También les dice adiós con la mano y los deja intrigados dentro de una nube de humo negro, mientras chillan los neumáticos traseros y ruge el motor V8 de siete litros.

Esta operación de respuesta rápida estuvo dirigida por el teniente coronel Dueñas, de la Contrainteligencia.
(Continuará).
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Martínez, E-Maro
Iglesia Santa Rita de Casia

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