Periodismo

*Periodistas y bibliotecarios independientes oficios de contingencia

Jaimanitas, La Habana, Frank Correa, (PD) Los regímenes totalitarios se sostienen con el control sobre los medios informativos y la represión a las personas.

En 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder en Cuba, eclipsó la prensa libre y creó los órganos socialistas de información, únicos permitidos en el país, encargados de encumbrar la obra revolucionaria y ocultar verdades de su sistema fallido.

Como respuesta a esta violación de los derechos humanos, surge el movimiento de periodistas y bibliotecarios independientes, un fenómeno sui géneris nunca visto en ningún otro país del extinto campo socialista. Individuos formados no en escuelas ni academias, sino en prisiones y estaciones de policía, detenidos y encausados por desempeñar el oficio de informar y prestar libros, ciudadanos de los más variados orígenes perseguidos con saña por la policía política.

Para conocer la génesis y desarrollo del periodismo independiente, fui hasta el reparto El Roble, en Santa Fe, pueblo costero al noroeste de La Habana, y entrevisté a una de sus constituyentes, la poeta Tania Díaz Castro, fundadora también de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC).

A sus 84 años y con una memoria de hierro, Tania Díaz Castro puede considerarse la tirana de Fidel, porque de todos los periodistas independientes es quien más ha escrito sobre su formación, su figura y su pensamiento, y analizado y criticado sus guerras, sus fracasos y su fin.

Tania vive sola, con sus perros, sus gatos y sus recuerdos. Su mirada de acero tras sus lentes de aumento me escudriña, luego me sopesa. Y tras la aprobación de sus perros, me cuenta:
“–En octubre de 1987, un pequeño y valiente grupo de cubanos formado coincidentemente por periodistas, Ricardo Bofill, Rolando Cartaya, Adolfo Rivero Caro, Reinaldo Bragado y esta servidora, nos dimos a la tarea de enviar a las embajadas radicadas en La Habana, mensajes detallando las violaciones a los Derechos Humanos cometidas por el gobierno de Fidel y Raúl Castro. Esas noticias, crónicas y artículos de opinión, eran publicados en países europeos y en Norteamerica, Incluso transmitidas por emisoras radiales y televisivas del mundo libre.
–¿Radio Martí?
–Precisamente para Radio Martí realizamos una Mesa Redonda en diciembre de 1987, donde se hizo una evaluación sobre el panorama cubano de irrespeto a los Derechos Humanos. Era la primera vez que se escuchaban voces no gubernamentales de Cuba en el extranjero. Aquella acción fue una verdadera osadía ante la censura que el régimen cubano imponía a la población. Dos meses después, en febrero de 1988, ese mismo grupo del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, presentamos los testimonios ante una Comisión que la ONU envió a Cuba, para investigar el cumplimiento de la Declaración Universal. Nos repartimos las tareas. A mi Bofill me encomendó redactar un documento que probara que en Cuba no existía ni libertad de expresión, ni prensa libre.

–¿Qué hizo el régimen ante esa intrepidez?
–Nos pasó la cuenta. A todos. Bofill fue obligado a emigrar. Cartaya, Bragado y Rivero Caro fueron expulsados de Cuba. Y yo fui enviada a prisión. En diciembre de ese mismo año, el doctor Samuel Martínez Lara, Secretario Ejecutivo del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba, funda el semanario Franqueza. Tras el segundo número sus redactores van a la cárcel. Sobre todo la familia González, ya que en su casa, en Reina y Lealtad, era donde se confeccionaba el volante. Sin dudas Franqueza, es el primer periódico libre de la era castrista.

–Mucha valentía para una época tan dura…
–Si… de verdad que mucha –dice Tania y acaricia al perro, Pope, el más viejo y obediente de la casa –. 1988 fue realmente vital para la fundación de los cimientos de la futura sociedad civil. El 14 de febrero el Comité Cubano Pro Derechos Humanos había inaugurado en La Habana la Primera Muestra de Arte No Oficial, que se efectuaba en Cuba en casi treinta años de régimen totalitario. Allí se exhibieron poemas murales y escritos de presos políticos plantados en El Combinado del Este, como Ernesto Díaz Rodríguez, el Dr. Alberto Fibla, Alfredo Mustelier y otros. El tema fundamental de este evento fue la exposición “Premios y Castigos”, del pintor Raúl Montesinos. Las palabras de introducción a la Muestra, que reunió a más de 200 invitados, estuvieron a cargo del escritor Reinado Bragado Bretaña. El doctor Adolfo Rivero Caro, abogado y escritor, impartió una conferencia sobre el tema central de la exposición: “La Batalla Contra la Opresión y la Violaciones a los Derechos Humanos”. Ricardo Bofill Pagés, periodista y Presidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, dejó inaugurada aquella Primera Muestra de Arte No Oficial, que contó también con paneles donde se escucharon testimonios y denuncias de violaciones a los Derechos Humanos cometidas a lo largo de toda la isla.

–¿Qué pasó después?
–Hubo una gran represión sobre los participantes –Tania aparta a Rebeca, su perra predilecta, que ha saltado sobre ella y le impide hablar –. Pero aquellas semillas trajeron estos frutos. En 1994 aparece CubaNet, publicando noticias y crónicas enviadas desde La Habana a través de fax, sobre lo que pasaba en Cuba. Un sitio digital creado en un modesto apartamento de Miami gracias al ingenio y la constancia de Rosa Berre, y de su esposo Carlos Quintela, un viejo periodista del desaparecido periódico Hoy.

–¿El miedo pasó a un segundo plano?
–Sí. Porque a pesar de los arrestos, la persecución, el hostigamiento, los actos de repudio y las disimiles medidas aplicadas por la policía política, apareció una pléyade de periodistas independientes que echaron a un lado el temor y desafiaron la implacable maquinaria comunista.

–¿Qué hizo un gobierno tan hermético como el de los Castro, contra esta fuerza intelectual incipiente?
–De todo. Nunca han dejado de actuar contra nosotros. Ni un solo día. En 2003 estableció la Ley Mordaza, donde cerca de treinta periodistas independientes fueron condenados a largos años de privación de libertad.

–La Primavera Negra…
–Esa misma. A prisión llevaron al poeta y periodista Raúl Rivero, también a Ricardo González, del grupo CubaPress, al cronista de CubaNet Manuel Vázquez Portal y a muchos otros hasta el número de 75. Pero no importó el acoso, ni las detenciones arbitrarias, la prensa independiente continuó viva, cosechando reporteros como Juan González Febles, Luis Cino, Paulino Alfonso, entre muchos otros. Y goza hoy de buena salud.

En cambio la historia de las bibliotecas independientes es distinta. Fue el primer proyecto comunitario que logró romper la gran barrera de lo imposible, al llegar de manera inmediata a la comunidad. Nació tiempo después que la prensa libre, a raíz de una pregunta que le hiciera un periodista extranjero a Fidel Castro, en una Feria Internacional del libro de La Habana:
–¿Por qué habían tantos libros prohibidos?
Iracundo, el ex gobernante contestó:
–No hay libros prohibidos. Es que no hay dinero para comprarlos.
Algunos activistas de Las Tunas, en el oriente del país, que vieron aquel altercado por televisión, pensaron:
–Si no hay libros prohibidos, pues tenemos muchos libros escondidos que la gente les gustaría leer –y sacaron los libros de los armarios para colocarlos en lugares visibles de las viviendas. Y en la puerta colocaron un cartel:
Aquí existe una Biblioteca Independiente.

El movimiento creció de manera rápida por toda la isla. El objetivo era distribuir literatura y realizar seminarios y eventos culturales. Comenzaba así uno de los intentos más nobles de la causa pro democrática. Espacios para la libre expresión que no se hallaban en ningún otro sitio de la geografía cubana. Trabajaban de una forma completamente nueva. Se convirtieron de inmediato en uno de los principales objetivos del gobierno.

Tuvieron su punto culminante en el año 2007, cuando llegaron a existir más 100 bibliotecas en toda la isla. Pero la cruenta acción de la policía política consiguió diezmarla y casi hacerlas desaparecer, hasta el punto que hoy no sobrepasan el número de 15.
Para conocer en detalles qué sucedía decidí emprender un viaje de un lado al otro de la isla y realizar una investigación in situ.
Con muy poco dinero pero con mucho entusiasmo, salí a media mañana en un ómnibus Yutong de la estación central. Iba releyendo a Hemingway, su crónica sobre los precios del afeitado en Chicago. Pronto estuvimos volando por la autopista rumbo a Los Arabos, primera escala del trayecto.

Luego de cuatro horas de viaje me bajé en el crucero del ferrocarril. Revisé la dirección que me dio la Coordinadora Nacional en La Habana. La biblioteca no quedaba lejos.

Fui caminando por una calle polvorienta y vacía bajo un fuerte sol. Llegué hasta muy cerca, pero no pude contactarlos. Un operativo policial los tenía cercado, porque en aquel momento realizaban un conversatorio sobre el libro Archipiélago Gulag, del escritor ruso premio nobel Alexander Solzhenitsin. Según los jefes del operativo, era “para protegerlos del pueblo enardecido”, aunque su objetivo era impedir que más gente se sumaran.

Luego de varias horas esperando sentado en el contén, al fin se marchó el operativo tras la salida del último disidente, entonces pude llegar a la casa, pequeña, de madera con techo de zinc y dos habitaciones, una para el matrimonio, la otra para sus hijos y los libros. La mujer montó el tacho y coló café.

Su esposo me explicó que el conversatorio era una actividad del Plan de Trabajo, para comentar libros prohibidos por el gobierno. Reiteró su criterio de la similitud del libro de Solzhenitsin con la situación actual, “en este gran Gulag que nos oprime, rodeado por las malditas circunstancias del agua por todos lados”.

Su biblioteca se llamaba Virgilio Piñera, en honor a ese grande de las letras cubanas. El hombre a cada rato lo recordaba con poses y frases, que escenificaba bien. Sobre todo en el famoso Encuentro de Fidel con los intelectuales, en 1960, cuando Virgilio le dijo al Comandante:
–Tengo miedo… mucho miedo…
–Los fundadores de las bibliotecas independientes quedamos pocos –, dijo la mujer sentándose en una banqueta casi a ras del suelo –. Algunos partieron al exilio, otros se desencantaron por la falta de recursos y no trabajan como antes. Solo los que tenemos fe en el triunfo continuamos.

–La Seguridad del Estado hace un cierre de calle cuando nos reunimos –dijo el hombre de pie frente a mí, con el libro de Solzhenitsin en la mano –. Nosotros no ponemos bombas… lo único que hacemos es hablar de libros, recitar poemas, conversar de política… y eso les molesta, no lo permiten, nos acosan, nos cercan. Cuando prestamos un libro la persona tiene que sacarlo bajo la camisa, o envuelto en una revista Bohemia. Si lo cogen se lo quitan. Así hemos perdidos muchos libros. Como buen bibliotecario me duele, porque soy un recuperador de libros nato, ninguno se me pierde, pero esos jamás los recuperaré.

Al poco rato la mujer me preparó un pan con huevo frito y un refresco instantáneo. Luego me habló de sus actividades con niños, mostrando las fotos en su laptop.

–Queremos llegar a la comunidad… visitar viviendas… llevarle bibliografía y esperanza a la gente…
Por ella supe que en la provincia Matanzas existieron en su mejor momento veinte bibliotecas, pero ahora trabajando quedaban ellos y la gente de Jovellanos y Perico, que estaban también sin recursos. Mostró el inventario de libros, el Control de Entrada y Salida y un logotipo de su biblioteca con la cara de un Virgilio desvalido, posiblemente el de Aire frío.

Estaba segura que tarde o temprano las cosas debían cambiar en el país y antes de marcharme me obsequió el último premio Novelas de Gavetas Franz Kafka, un concurso organizado por la República checa para escritores cubanos marginados en la isla. Le di las gracias. Guardé la novela en la mochila.

El matrimonio me acompañó hasta la autopista, donde me recogió un auto estatal que iba hasta el próximo punto del camino: Santa Clara. Era un funcionario con su chofer, regresando insatisfecho de una reunión en La Habana. Escuché desde el asiento trasero su análisis sobre las múltiples fallas del sistema socialista. Algunas que conocía y otras que me iba descubriendo, hasta quedar copado de un silencio abismal, roto solamente por los baches de la vía, que lo hacían rechistar.

Se hizo de noche. Vi desplegarse ante mis ojos toda la provincia Villa Clara, con sus tristes luces y suaves planicies y los embalses de agua reflejando la luna y comprendí la soledad de estos bibliotecarios, que luchaban solos contra una montaña. Íbamos a cien kilómetros por una recta cruzando pueblos dormidos. Llegamos a media noche.

Por suerte los bibliotecarios vivían cerca de la autopista. Se pusieron muy contentos porque alguien de la Coordinadora Nacional al fin se acordaba de ellos.

–Una visita de La Habana es lo que esperábamos hace rato. Y nunca se cumplía. Ahora sí que estamos comunicados.
La bibliotecaria se llamaba Ercilia. Me sirvió arroz con picadillo y agua al tiempo. Comí en silencio, sin decirle que no pertenecía a ninguna Coordinadora Nacional, que era un periodista independiente en un viaje loco por cuenta propia investigando sobre las bibliotecas independientes.

El hermano de Ercilia había purgado una condena de cinco años en la prisión de Taco Taco, por fundar con su hermana aquella biblioteca. Su diploma Prisionero de conciencia otorgado por “Amnistía Internacional” lo mostraba como el objeto de mayor valor de la casa. También me enseñó sus encías sin dientes, debido a la mala alimentación en la prisión, donde adquirió también reumatismo provocado por la humedad, epilepsia y problemas cardíacos.

Prometieron llevarme al otro día a visitar al legendario Coco Fariñas y asentí. Pero esa noche, mientras dormía en un catre en la sala, bañado por los haces de luna que entraban de las rendijas del techo, soñé que me reencontraba con Fariñas en su casa del barrio La Chirusa y el disidente gratificaba mi autoría en la redacción de la propuesta de la Agenda para la Transición, a su nominación al premio Sajarov, que finalmente ganó. Y también porque escribí en los días de su famosa huelga de hambre aquel poema épico: “¡Ahí viene el Coco…!”.

Conversamos de esos temas y de cómo había discurrido tras bambalinas la normalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos, cuando de pronto oficiales de la Seguridad del Estado irrumpieron en el sitio y cargaron con nosotros.

Era un sueño extraño, con matices negros. Me quitaron el teléfono, la grabadora, la libreta de notas y me subieron a un patrullero. Al Coco su médico lo llevaba en brazos desmadejado, igual que en aquella foto de El Nuevo Herald que recorrió el mundo comparada a La piedad.

Al despertarme por la mañana anuncié a los hermanos mi cambio de planes. Tenía un trabajo que hacer y no podía salirme de la estrategia.

–Cualquier desliz puede echarlo a perder –. Les tomé fotos junto a sus libros y al logotipo. Bebimos café carretero pasado de azúcar.

Me despedí con un largo abrazo, deseándoles suerte.

En la estrategia que tracé para mi viaje, contemplaba no usar siempre la misma vía. Atravesé la ciudad hasta la estación de trenes, bulliciosa a esa hora y sucia. Con vendedores ambulantes pregonando toda clase de productos y trenes con paradas de diez minutos.

No quedaban boletos. Logré convencer con cien pesos a la ferromoza del último coche, para que me dejara viajar en la plataforma. El vaivén acompasado del largo y viejo tren me recordó todos los trenes en que había viajado y los libros leídos en los viajes… Saqué la novela Premio Kafka y de casualidad contaba una historia sobre un tren igual, (quizás el mismo), viejo y cansado hasta los huesos, colmado de carencias y angustias. Listo para el desguazadero. Llevando hacia lo imposible a seiscientas almas arropadas de penurias en sus asientos contritos. Y a su protagonista “destruido, pero no derrotado”, sentado en el piso de la plataforma del último vagón leyendo un libro.

Dejé la novela para más tarde y saqué la libreta y el lápiz. Formé dos columnas. Una para los objetivos cumplidos y otra para los que faltaban. También redacté las primeras oraciones del reportaje, pero los bandazos del tren me hicieron desistir. Dejé la libreta en la mochila y “disfruté” del viaje, atenazado por la peste a orines que salía del baño, sin agua ni electricidad, y el polvo acumulado por años.

En Camagüey resultó difícil encontrar la biblioteca Antonio Maceo. Nadie la conocía. Y cuando explicaba que era una biblioteca independiente, el miedo los encogía y me abandonaban. Llamé por teléfono a la Coordinadora en La Habana y me dio el número de la bibliotecaria.

Me senté en un parque a esperar. Al poco rato me recogió un muchacho en bicicleta y me llevó montado en la parrilla hasta un pasaje en un barrio apartado.

Era un apartamento sumamente pequeño. Y resultó la librería más grande que he visto en una casa. Con magníficos libros y estibas de periódicos y revistas hasta el techo.

La directora, una joven con mucha prestancia, estudiaba periodismo en la universidad de Camagüey y heredó aquella biblioteca de su padre muerto, un bibliotecario de los primeros. Quería continuar su legado, pero confesó que tuvo que bajar el perfil debido al asedio del DSE, que ahuyentaba a los lectores con los cercos a las actividades.
–Ser bibliotecaria independiente pone en riesgo mi permanencia en el centro de altos estudios, donde hay que ser obligatoriamente revolucionario. Pienso terminar la carrera, para entonces sacar a la luz mi proyecto.
Tomé fotos de aquella belleza de libros y me despedí con un beso y un abrazo. Ver una joven con aspiraciones de continuar la obra, daba ganas de seguir adelante. Y volví al camino.

Casi de noche estuve de nuevo en la autopista, donde encontré mucha gente haciendo auto stop. Zombis encogidos junto a sus tristes bultos.

En una guarapera me hidraté hasta los huesos. Y renové fuerzas para conseguir, a eso de las diez, subir a una rastra de barandas bajas, que aminoró la marcha para que los hombres que consiguieron subir, pagaran cincuenta pesos hasta La Tunas.

Hacía frío arriba y nos tapamos con la lona de la carga. Luego comenzó a lloviznar y tuvimos que construirnos una especie de casa de campaña alzada por decenas de brazos, donde nos apiñamos como ratas hasta que cesó el temporal y entonces nos secamos con el frío aire de la carretera.

Llegamos a Las Tunas de mañana. Visité la biblioteca Juan Gualberto Gómez, donde radicaba el Coordinador Provincial llamado Daniel, que me brindó de lo poco que tenía, mientras me mostraba la lista de bibliotecas de Puerto Padre, Banes, Amancio, Gibara y Velazco, que habían dejado de prestar servicios por falta de recursos, el hostigamiento de la policía y el asilo político de los bibliotecarios.

Me bañé. Me puse una camisa limpia. Les tomé fotos. Firmé su Libro de visitantes. Me despedí dándole gracias por recibirme y otra vez fui a la autopista.

Otro camión de carga. El aire batiendo mi rostro a cien kilómetros. Los campos de Cuba con el sol en alto y carteles anunciando Bayamo, Jiguaní, Cauto Cristo, Contramaestre… y consignas revolucionarias: El socialismo es invencible. Estamos en el momento decisivo. Ahora somos más fuertes que nunca.

El próximo punto del viaje fue Palma Soriano. Alquilé un coche de caballos que me llevó hasta Paquito Borrero entre Remus y 24 de febrero, donde radicaba la Biblioteca Comunitaria Hubert Matos, en honor al comandante guerrillero que renunció la gloria oficial por denunciar el insalvable camino que tomaba la revolución: el comunismo.

Su director era un joven llamado Michel Figueredo. Me contó en detalles lo difícil que resultaba ser bibliotecario independiente y los trabajos que había pasado para convencer a su familia que lo dejaran poner los libros.
–Mucha gente tiene miedo… pánico… la represión contra los disidentes es total. Ya tu sabes… aquí están la UNPACU y Las Damas de Blanco. La línea dura de la oposición.

Estuve con él hasta el mediodía. Sancochó plátanos burros, llamados en Palma Soriano fongos y en Guantánamo cambutes Para acompañarlos, su tía nos obsequió tres huevos de una gallina echada en el patio. Michel hizo una tortilla grande que llamó tortilla a la tía y comimos mientras conversamos.

Cuando salí de casa de Michel descubrí que ya estaba “chequeado”. Atravesé Palma Soriano hasta la terminal de ómnibus, seguido en todo el trayecto por un joven de pulóver a rayas, que disimuló muy bien su trabajo hasta descubrir que lo había detectado. Entonces cambiaron el “chequeo” con otro oficial, más viejo, que me siguió a la estación.

Miré el anuncio de salidas. Guantánamo, la provincia que faltaba en mi plan, no salía hasta las cuatro. Seguro ya estarían esperándome al bajar del ómnibus, con el consabido acompáñenos… Para conducirme a la Unidad de Operaciones Especiales, en Monte Sano, a una celda tapiada… inmunda… con interrogatorios de una semana y preguntas iterativas: ¿Por qué aquel extraño viaje? Los Arabos, Santa Clara, Camagüey, Las Tunas, Palma Soriano… ¿Guantánamo…? ¿Tuvo contacto con algún miembro de la UNPACU? ¿Conoce usted a José Daniel Ferrer? ¿Trae volantes? ¿Qué hacía en casa de Michel Figueredo, hermano de una Dama de Blanco?

De repente la providencia puso ante mí una Yutong vacía, que iba para La Habana. Sin pensarlo subí y me senté en el último asiento. Pagué el boleto al conductor y el ómnibus se puso en marcha. Vi abajo al agente que me seguía, comunicándose nervioso por un celular. Corrió junto al ómnibus, tratando de localizar el asiento en que viajaba.

Cuando el ómnibus tomó la autopista me dormí de un tirón hasta La Habana. El viaje había sido rápido, pero aún me faltaba una biblioteca por visitar.

La biblioteca Juan Francisco Manzano queda en 228 y Tercera, en Jaimanitas. Su directora, Yunia Figueredo, es tataranieta del patriota que sobre la montura del caballo escribió las notas de nuestro himno nacional. Me contó que por su casa pasaban todos los días una docena de jaimanitenses, en busca de periódicos, libros y revistas.

–Además tengo un taller de pintura infantil. Y he conseguido mucha bibliografía sobre el tema de Prevención Social, que reparto por los barrios marginales a las jóvenes, para evitar embarazos no deseados. Ese es un problema que es una amenaza y crece en la comunidad, por la poca atención social de las instituciones encargadas.

Yunia me cuenta una historia, que me aleccionó sobre la incidencia de una biblioteca en su entorno social. Sucedió con su vecino José, pintor frustrado de Jaimanitas, que le agradece todos los días “salvarle la vida”.

A José se le rompió el televisor y no había piezas en el taller. Tampoco contaba con dinero para comprarse otro. Lo que pinta apenas le alcanza para comer, y buscar bebida, su válvula de escape para el ostracismo y el fracaso en que vive. Porque José ya está viejo y no ha conseguido realizar sus proyectos: Dios barriendo la calle y La partición del mundo.

Aquel día sin televisor se sintió vencido… y pensó en suicidarse. Recuerda que había una soga en un rincón y aunque la casa era sin vigas, si se esmeraba conseguiría donde colgarse.

Aún le suena en el oído la voz siniestra del diablillo… alentándolo… pero se sacudió… y dijo:
–¡Quiero vivir…!

Y entonces descubrió que una sola cosa puede suplir el encanto audiovisual de la tele: los libros. Una extraña invasión de luz trajo a su mente a Yunia, la vecina que se fue a dormir con sus hijas a la sala, por levantar en la habitación, (único sitio que no se mojaba con la lluvia), una Biblioteca Independiente. Con el nombre del primer poeta esclavo de la isla. Juan Francisco. Para tal vez sin proponérselo salvar a Joseses perdidos, en esta gran desolación espiritual llamada Cuba.

–Cuando estuve frente a los libros me sentí salvado –cuenta José –. Comencé fuerte, con El ingenioso hidalgo, y fui otra vez aquel Alonso Quijano de niño, luchando contra los molinos. Después leí a Vargas Llosa. Luego a Keruac, En el camino, Ragtime de Doctorow, y Autobiografía de Malcom X. Con Hemingway me di el verdadero gusto. Luego me leí de un tirón Como llegó la noche, de Hubert Matos, el libro de Benigno, los de Norberto Fuentes… Siguió Tom Wolfe… Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que me hizo recordar mi niñez y mis brujos. Después repasé la literatura rusa, la española y la francesa. Devoré la mitad de los libros que había allí y dejé una reserva para después, porque encontré muchos Nuevo Herald y El país, que describían el mundo cómo era en realidad. Luego encontré lo mejor, las biografías, de Aníbal, Alejandro Magno, Julio César, Martín Luther King, Kennedy… no necesito el televisor, ni me voy a suicidar. Y todo gracias a la bibliotecaria que vive al doblar de la esquina.

La entrevista con Yunia fue en su pequeña vivienda en Jaimanitas. Le referí mi recorrido por la isla y sobre la buena gente que conocí en esos pueblos.

–A pesar de vivir de manera muy humilde –le dije –, advertí que sentían verdadero orgullo de ser bibliotecarios.

–Muchos activistas de Derechos Humanos han ejercido la noble profesión de bibliotecarios –dice Yunia, que ya tiene quinientos libros y su meta son mil, antes de fin de año –. Pudiera mencionarte nombres: Los presos de la Primavera Negra… o Humberto Colás… Gisela Sablón… Omayda Padrón… Todos exiliados… ¿Quieres saber la verdad? El proyecto está dinamitado por el gobierno. Disuelto. La Seguridad del Estado consiguió atomizarlo. Comenzar de cero es la única forma de levantarlo otra vez.
–¿Cómo?

–¡Luchando! A mí no han podido doblegarme… Voy a seguir adelante… No me pueden parar.

En aquel momento, una fuerte explosión retumbó la casa hasta los cimientos. Corremos a la cocina y encontramos la cafetera reventada sobre el fogón. Envuelta en llamas. Con la entrevista Yunia la olvidó y ahora no tenemos ni café ni cafetera y nos reímos largamente del susto y las cosas que nos suceden a los cubanos.

Antes de marcharme descubro en un estante un libro. Que he estado buscando durante mucho tiempo. La bibliotecaria me lo presta. No sin antes anotarme en la Lista negra y recordarme, que debo devolverlo en una semana. De lo contrario debo renovar la solicitud.

–O tendré que salir a buscarte- me advirtió.
frankcorrea4@gmail.com; Frank Correa

*Premio de Reportajes Editorial Hypermedia 2017 . Tercer lugar

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