Cultura

Privilegios de leer

El Cerro, La Habana, Emaro (PD) Acabo de releer, en inglés, el libro Goodbye to Berlin, del ya desaparecido escritor británico Christopher Isherwood. Fue publicado originalmente en 1939. La copia que acabo de disfrutar es de 1972, de Penguin Modern Classic.

Su trama, casi biográfica, ocurre en los días del ascenso de Hitler y el fascismo en Alemania en fuerte controversia con el comunismo, y termina justo antes de que comience la guerra. Nos narra todo el horror de la preguerra, la sicología ultrachovinista insuflada entre los alemanes a través de los medios mayoritariamente, el odio a los judíos y el comienzo de su exterminio, la atmósfera después de una total represión hacia todo lo que no fuese nazi y el convencimiento del pueblo alemán de la necesidad de la guerra para recuperar toda la grandeza perdida en los conflictos anteriores.

Habla de amigos y amores perdidos, de gente que ya no existe y cada capítulo termina de una forma bonita, pero triste.

Cuando leemos, escuchamos o vivimos estaciones tristes en nuestras vidas, estas nos hacen pensar mucho, comparar y buscar para intentar ver qué pudo haber sido diferente para un mejor final que ya no tiene remedio.

Si participamos de sucesos humorísticos, leemos o vemos una comedia en un teatro o el cine, no nos deja mucho. Reímos, pero no nos ha dejado marca, no nos deja pensando, si no somos de esos quienes intentan copiar los chistes para repetirlos sin gracia.

Leer hoy está fuera de moda entre la juventud con sus nuevos juguetes interactivos, pero si no leyese no hubiera estado unas horas por las calles del Berlín que iba a ser destruido y dividido, justo antes de que comenzara el pánico total. Es un mundo, un universo que está resguardado en unas pocas horas de lectura y que las nuevas generaciones ni se imaginan y no van a experimentar, como me ha sucedido mientras leía, pues el libro probablemente ya nadie lo va a reimprimir.

Fue como volver al pasado, a un tiempo que por desgracia hoy me resulta familiar pues tenemos los mismos problemas aquí, el mismo fascismo con diferente nombre y disfraz, los mismos líderes totalitarios, intolerantes y equivocados. El mismo miedo a expresarse públicamente.

Les traduzco un fragmento.

*Esta noche fui a una cafetería rusa en la calle Kleiststrasse y allí estaba D. Por un momento creí que estaba soñando. Me saludó con naturalidad y una profunda expresión de alegría en su rostro.

-¡Mi Dios!- Murmuré.- ¿Qué diablos tú haces aquí?

Sonrió con gracia: -¿Y tú pensaste que me había escapado del país?

-¡Claro, naturalmente!

-Pero la situación hoy es tan interesante…

Reí con ganas: -Por supuesto que esa es una forma de ver las cosas, pero ¿no es acaso muy peligroso para ti?

D. tan solo sonrió. Entonces se viró hacia la joven que estaba a su lado y le dijo: -Este es Míster Isherwood, puedes hablarle abiertamente. Él odia a los nazis tanto como nosotros. Oh si, ¡Mr. Isherwood es un confirmado antifascista!

Rió con fuerza y me dio varios golpecitos amistosos en la espalda. Algunas de las personas que estaban sentadas cerca escucharon la conversación. Sus reacciones fueron curiosas. O simplemente no podían dar crédito a sus oídos, o estaban tan aterrados que pretendían no escuchar mientras continuaban sorbiendo sus tés en un estado de horror sordo. Nunca me he sentido tan incómodo en toda mi vida.

D tuvo suerte. Nunca fue arrestado. Dos meses más tarde escapaba exitosamente a través de la frontera con Holanda.*
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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