Cultura, Destacados Primera Plana

Raúl Sendic visto por Daniel Chavarría

Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino, (PD) Uno de los títulos de la Editorial Letras Cubanas que se presentan en la XXVI Feria del Libro de La Habana es “Yo soy el Rufo y no me rindo”, de Daniel Chavarría, escritor uruguayo en Cuba, adonde llegó en 1969 a bordo de un avión que desvió a punta de pistola.

El libro de Chavarría es una biografía novelada de Raúl Sendic (1925-1989), el fundador y líder del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, aquel grupo armado cuyas espectaculares acciones de guerrilla urbana en el hasta entonces muy pacífico Uruguay, acapararon los titulares de la prensa internacional entre 1969 y 1972.

Parece que el autor no se atuvo esta vez a lo que ha dicho en otras ocasiones acerca de que, “la literatura cuando se convierte en proclama pierde calidad estética”.

Amén del agobiante abuso de los uruguayismos, y de la trama, que por momentos suele ser lenta hasta aburrir, en el libro hay excesivo teque.

Es apologética en grado sumo la visión de Raúl Sendic que da Daniel Chavarría. Lo reconoce al advertir a los lectores: “…quiero cantarle a mi descomunal compatriota con toda la hipérbole que me inspira la hazaña de su vida”.
Así, utilizando testimonios de tupamaros que conoció cuando estaban refugiados en Cuba, Daniel Chavarría hizo esta especie de libro de caballería andante (roja-guevarista), donde cada capítulo se inicia con un introito a lo Miguel de Cervantes, y el jefe de los Tupamaros es presentado como “Don Sendic de Chamangá y de la Santísima Trinidad de los Porongos.

Con su exaltación de la figura de Sendic, quien como Fidel Castro de Martí y Hugo Chávez de Bolívar, se creía el continuador de Artigas, Chavarría da muestras de su admiración por este tipo de caudillos revolucionarios mesiánicos que se creen la reencarnación de los próceres. Recordemos la fascinación de Chavarría por Fidel Castro, ante quien confesaba ponerse muy nervioso y haber caído de hinojos, implorándole que le permitiera abrazarlo y darle un beso.

Chavarría narra cómo Sendic, de procurador, pasó a líder de los trabajadores azucareros, cómo los hizo radicalizar su lucha y derivar hacia la violencia, creó los Tupamaros, y luego de ser capturado, pasó trece años en prisión, en condiciones infrahumanas, utilizado como rehén del gobierno, hasta su liberación en 1985, cuando se pronunció a favor de la vía electoral para la toma del poder y de que los Tupamaros se integraran al Frente Amplio.

Desfasada hace mucho la visión romántica de la violencia revolucionaria de los años 60 y 70 en el Tercer Mundo, cuando grupos armados como los Tupamaros, con sus secuestros, robos a bancos, atentados dinamiteros y asesinatos, son considerados organizaciones terroristas, resulta bastante extemporáneo este libro de Chavarría.

Varias décadas atrás en Cuba, que era el santuario y campo de entrenamiento y adoctrinamiento de los guerrilleros latinoamericanos, en la época de los episodios televisivos de “Los comandos del silencio” y las canciones de Silvio Rodríguez al estilo de “Un hombre se levanta” y “Fusil contra fusil”, tal vez este libro hubiese logrado conmover. Hoy, para la mayoría de los que se animen a leerlo, y más aún, a terminarlo de leer, resulta francamente revulsivo.

De poco vale que en el postfacio, tal vez teniendo en cuenta como Sendic, al final de su vida, trató de justificar la violencia calificándola de “guerrilla de guante blanco”, Chavarría insista en que los Tupamaros eran “revolucionarios muy decentes y de sólidos principios humanistas”. Pero mataban, robaban, secuestraban, exigían rescate y ponían bombas. No sería como Daesh o Al Qaeda, pero avisen si no es terrorismo.

Se conocen las desigualdades sociales, las injusticias, la corrupción, el latifundismo, la explotación de los trabajadores del campo, pero con todo, en comparación con los países vecinos, no era muy exagerada aquella afirmación de que “como Uruguay no hay”. Pero Sendic y los Tupamaros estuvieron a punto de convertir a la llamada “Suiza de América” en uno de los “dos, tres, muchos Vietnam” que preconizaba Che Guevara, y provocaron, como reacción de la extrema derecha y la oligarquía, que los gobiernos de Pacheco y luego de Bordaberry ejercieran el terrorismo de estado implementado por las dictaduras militares de la doctrina de seguridad nacional que padeció Sudamérica en los años 70.

¿Era necesaria tanta muerte y violencia? Los gobiernos del izquierdista Frente Amplio, principalmente el de Pepe Mujica, un ex-tupamaro, compañero de armas y de cautiverio de Sendic que devendría en presidente democrático, parecen indicar lo contrario.
luicino2012@gmail.com; Luis Cino

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*