Sociedad

Saltarnos todo eso

El Cerro, La Habana, Emaro (PD) Una de las imágenes de las tantas que ya acumula mi sobrecargada memoria, acude con fuerza y frecuencia diaria a mi cabeza. La veo ahí delante de mis ojos una y otra vez, pero es solo trabajo de las neuronas.

Mi hijo con siete u ocho años camina alejándose de mí por la acera hacia la escuela. Viste su uniforme rojo y blanco, con pantalones cortos y pañoleta azul. Siempre lleva tenis y una mochila saltándole ligeramente a la espalda. Son unas tres cuadras de andar, pero yo no le pierdo de vista hasta que desaparece detrás de un recodo a la entrada del centro escolar primario.

Yo lo dejaba hacer y le inspiraba autoconfianza no acompañándolo, como hacían todos los demás adultos. Él nunca volvió a vista para asegurarse de que yo le seguía con la mirada.

Hoy no hay deseo, ni maquinaria, ni dinero suficiente en este planeta para retornar el tiempo y volver a detenerme en la esquina para verlo andar, saltarín, ágil y saludable hacia su futuro. ¿Cuánto no daría por devolverme algunas épocas que me hacen falta? Ya su futuro es hoy y aquel niño tiene poco que ver con mi persona, pues ha crecido y ha escapado al mundo para hacer exactamente lo mismo.

¡Qué pena! Pero la vida es así. Siempre ha sido así, aunque, si me dejaran, cambiaría algunas cosas. Me saltaría algunos desarrollos intermedios para quedarme con las esencias.

Me quedaría permanente con aquella escena una y otra vez sin que nada cambiara para mí, solo para mí, aunque la existencia continuara su curso regular para todos los demás.

Me imagino cuánta gente, si pudieran, retornarían a sus mejores momentos, aunque nos transformáramos en una selva estática de soñadores padres, exitosos ingenieros, arrobados poetas o rubicundos políticos. Estaríamos todos felices.

Se ha comprobado lo que han dado en llamar Síndrome Posbélico. Se trata de que los soldados que han estado algún tiempo, mucho o poco, en zonas de combates reales, no pueden reacomodarse, de vuelta a sus hogares, a la paz y la tranquilidad donde crecieron y permanecieron casi todo su vida anterior. Algunos lo logran al final, casi siempre con ayuda de siquiatras y sicólogos, otros se suicidan y otros retornan a los predios de la muerte una y otra vez, donde el estrés, las explosiones, los disparos y el ambiente de guerra cambia constantemente de intensidad, pero nunca se apaga. La mayoría, al final, va a parar a algún cementerio donde nadie lo va a recordar.

¿Por qué sucede esto y hombres y mujeres por igual se hacen adictos incurables al ambiente de combate real? ¿Será acaso que se nos sale entonces aquella naturaleza escondida del hombre de las cavernas y nos endurecemos hasta el punto donde no nos importa nada? No. Nada más lejano. Nos hacemos más débiles.

Los soldados, dentro de una realidad de altísimo riesgo, donde mueren amigos y conocidos constantemente, se hacen dependientes de una camaradería que no se encuentra en ninguna otra circunstancia.

Somos seres humanos. Durante un combate urbano intensísimo, donde le estarán disparando con armas de todo tipo desde cualquier edificio, de todas las ventanas o resquicios, donde los proyectiles están golpeando rabiosos a su alrededor y usted ya ha visto el destrozo que producen en la indefensa piel, carne y huesos, un perfecto desconocido, sin dudarlo un segundo, va a sacarlo de en medio de la calle donde le han alcanzado y hacia donde han concentrado el fuego para rematarlo. Usted llega inconsciente el lugar seguro y ni las gracias puede darle a su rescatador, quien lo ve marchar con los paramédicos. Con eso le basta. Está satisfecho. Se vuelve al combate sin esperar otra recompensa, olvidando el incidente.

Un rescatista, un médico, o paramédico inmersos dentro de sus inmediatas actividades de rescate cuando aún no se ha tranquilizado el polvo del terremoto, no duda en meterse debajo de un techo a punto de desplomarse donde creen que parece haber un sobreviviente, quien aún se mueve y necesita ayuda; un bombero va a internarse dentro de un edificio en llamas para rescatar a una persona que nunca ha visto en su vida, arriesgando la suya casi a cambio de nada.

Entonces, por otra parte y en situaciones totalmente relajadas, donde todo parece estar garantizado y seguro, un empresario despacha con una negativa de empleo a una madre soltera desesperada y en el límite inferior de la pobreza extrema para después, sin remordimiento alguno, otorgar la plaza a un antiguo conocido, un socito del barrio.

O alguien cae, en la concurrida acera de un gran ciudad, víctima de lo que parece infarto masivo y nadie se agacha a ayudarlo, más bien apresuran el paso para evitar los inconvenientes de la policía y los médicos.

O en la esquina, un grupo de adolescentes golpean brutamente a un coetáneo sin que nadie intervenga para evitar la golpiza. Total, no es mi familia, dirían en silencio muchos.

O cuando por puras conveniencias sociales, por el qué dirán, no saludamos a un conocido venido a menos, quien ha perdido el empleo por disidencias políticas, las cuales, al final, coinciden con nuestros más secretos anhelos.

¿Por qué no nos saltamos todo eso y nos comportamos con el arrojo y valentía del soldado, o con el desinterés muy altruista del médico, o con el denuedo del bombero?

¿Por qué no queremos a todos, digamos, como yo quiero a mi hijo? ¿Por qué no estar dispuestos a entregar a todo quienes nos rodean, absolutamente a todos, con la misma solicitud, alegría, amor, que para con nuestros pequeños?
Podríamos saltarnos toda esa mediocridad y mantener un comportamiento de elevados quilates, que a su vez, seguramente, estaría exigiendo de nosotros un desgaste emocional muy profundo, pero que con el tiempo acomodaríamos sin esfuerzo como cotidiano, pues al final es en beneficio colectivo.

Podemos. ¿Qué nos impide ser verdaderos seres humanos superiores, hoy mismo, sin que nos veamos presionados por un combate, una catástrofe o las estúpidas inconveniencias?
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

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