Sociedad

Un nuevo tipo de joven cubano

Jaimanitas, La Habana, Frank Correa, (PD) Ernesto, chofer de rastra que vive en La Lisa, se queja de sus dos hijos varones, porque ya pasan de los veinte años y todavía no trabajan. Dice que viven del invento, y todos los sábados le piden dinero para la discoteca.

“Duermen hasta el mediodía, después no tienen ni para la guagua. Tampoco tienen carácter, ni opinión política, en cambio protestan hasta por botar la basura. Si le pides que te ayuden a cargar algo te dicen que no pueden hacer fuerza. Un periodista que vive en mi cuadra me dice que “son la generación del picadillo de soya…”, pero a estos dos el picadillo se le subió para la cara”.

Ernesto establece la sociología de sus hijos de manera generacional, creyendo que es el promedio. Cuenta que antes, con veinte años hace rato había que estar trabajando… y produciendo. Su abuelo comenzó a trabajar a los doce años, su padre a los quince, él a los dieciséis, pero sus hijos ya andan por los veinte y viven de parásitos.

“Cuando hacen un negocio y se buscan dinero, lo emplean completo en sus fiestas y no aportan ni un centavo para la casa. La madre es otra buena pieza. Cocina bien, pero hay que ponérselo todo en la mano. Parece de plástico. Hay que amolarle el cuchillo, descuartizarle el pollo, hasta armarle la ratonera. A cada rato me dice: se acabó la sal… no hay ajo… y si estoy en un viaje en Villa Clara o por Matanzas, me llama para quejarse que no hay aceite… ¿qué puedo hacer yo…? Recuerdo que yo jamás vi a mi padre metido en la cocina, haciendo absolutamente nada. Hoy parezco un cocinero más, ayudándola en todo. Luego en la primera discusión me dice viejo cazuelero”.

La dependencia que muestran algunos jóvenes con sus padres, también la comparte una madre soltera llamada Ilia, natural de Jaimanitas, que ha criado a su hijo con mucho sacrificio, pero dice que el muchacho le salió “ido”.

“Solo le interesa el mundo de los juegos y las aplicaciones móviles. A pesar que ya cumplió los veintiuno no se ha interesado en trabajar en otra cosa. Se pasa el día enrolado en su mundo de redes en el parque de la wifi, junto a un grupo de jóvenes de su edad que igual no producen nada. Eso te da la medida de cómo está el país”.

“En Cuba hay dos mundos”, continúa Ilia. “Uno el de la televisión y otro el de la vida real. Ese aparato electrodoméstico ha sido el mayor adoctrinador porque muestra una Cuba perfecta. Es cierto eso de los miles de jóvenes graduados y los contingentes de vanguardias, pero también es cierto mi hijo y sus amigos, y los otros miles de jóvenes en toda la isla que no producen ni pio, y viven del aire”.

Otra opinión sobre el tema la declara Hilda, madre soltera y costurera particular: “Fíjate bien y verás que todo lo han cambiado. Un metro ya no son cien centímetros, compré una tela ayer en una tienda para hacerme un vestido. Llevaba mi cinta métrica y comprobé que la tabla de madera que tienen para medir era de ¡noventa y tres centímetros! Reclamé y las tendederas me contestaron que ‘esa era la medida estipulada por la empresa para el metro’. Tampoco una libra pesa 460 gramos, son ahora 400, lo dicen las etiquetas de producción cubana. Incluso la hora que dura la tarjeta de internet no son sesenta minutos, son exactamente cuarenta y seis. Me tomé la molestia de contarlos”.

“Mi hijo me dice que no proteste” sigue contando Hilda, “me pide que lo deje todo así… pero eso no tiene otro nombre que estafa… él es como la mayoría de los jóvenes de su edad que se conforman con lo que haya… es una tendencia actual de apatía en una parte significativa de la juventud”.

Ilia comparte la opinión de Ernesto, el chofer de rastras, al quejarse de la actual dependencia de los hijos con sus padres, pero discrepa cuando se trata de la mujer: “Si tuviera un esposo lo meto en la cocina… de cabeza. ¡Claro que tiene que picarme el pollo… y afilarme el cuchillo…! Mis uñas son acrílicas, tengo que cuidarlas porque son muy caras”.
frankcorrea4@gmail.com Frank Correa Romero

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