Política

Un remedio peor que la enfermedad

Miami, USA, Alfredo M. Cepero, (PD) Y todo llegó a su pináculo cuando en noviembre del 2008 Barack Obama, a pesar de ser hijo de una mujer blanca y de un hombre negro, fue electo ostensiblemente como el primer presidente negro de los Estados Unidos.

A pesar de que Abraham Lincoln les dio la libertad a los esclavos en enero de 1863 y de que en los años subsiguientes se lograron progresos considerables en las relaciones raciales, muchos blancos norteamericanos continúan asediados hasta el día de hoy por un angustioso sentimiento de culpabilidad con respecto a la esclavitud de los hombres de raza negra. Al mismo tiempo, muchos negros norteamericanos aprovechan ese sentimiento de culpabilidad para exigir privilegios que no son concedidos a otros sectores raciales de la sociedad norteamericana. En algunos casos extremos, mercaderes del racismo como Al Sharpton y Jesse Jackson, para citar sólo a los más notorios, se han auto designados campeones de esas “minorías victimizadas” y han hecho del chantaje un modo de vida.

Así estaban las cosas cuando un joven de raza mixta y escasa experiencia política recibió el privilegio de pronunciar el discurso clave de la convención nacional del Partido Demócrata conducente a las presidenciales del 2004. En aquel momento, Barack Obama dijo: “No hay una América izquierdista y una América conservadora–hay los Estados Unidos de América. No hay una América negra y una América Blanca y una América Latina y una América Asiática–hay los Estados Unidos de América”.

Al ya astuto demagogo, se le olvidaron los indios americanos pero ustedes y yo sabemos que los votos indios son tan pocos que no deciden elecciones en este país. Lo importante es que, en aquel momento, la izquierda acaudalada blanca martirizada hasta entonces por un sentimiento de culpa extrema encontró en Obama la estrella polar que supuestamente conduciría al país a la justicia racial y la paz social.

Sin embargo, la conducta parcializada y fanática del presidente Obama en su tránsito por la Casa Blanca hizo que el remedio fuera peor que la enfermedad. Porque este hombre no llegó al poder para promover la armonía entre las razas, los sexos y las ideologías. Se hizo con el poder presentando una falsa imagen de sí mismo con el propósito de imponer su ideología de extrema izquierda y de pasar la cuenta a una sociedad blanca que consideraba culpable de injusticias contra los negros. No llegó al poder para engrandecer a la América tradicional sino para transformarla en una sociedad totalmente distinta, acorde con su ideología política y sus prejuicios personales.

Y, según digo con frecuencia, prueba al canto. Durante las mismas elecciones presidenciales del 2008, en que Obama fue electo presidente, varios miembros de las Panteras Negras fueron acusados de intimidar a electores blancos en varios recintos electorales de Filadelfia. El Fiscal General designado por Obama, Erik Holder, declaró sin lugar las acusaciones en lo que fue el inicio de la carrera del fiscal más parcializado y racista en la historia de la Secretaría de Justicia de los Estados Unidos.

En el mes de julio del 2013, con motivo de la muerte del joven negro Trayvon Martin a manos del ciudadano blanco George Zimmerman, el Presidente violó la separación de poderes y adelantó su opinión a la de los tribunales que juzgaban el caso diciendo: “Trayvon Martin pudo haber sido mi hijo”. A pesar de la interferencia del presidente el señor Zimmerman fue declarado inocente.

En otras ocasiones, Barack Obama, se metió de lleno en el cargado debate racial y desencadenó enfrentamientos con oficiales de la policía a nivel nacional. El primero de ellos, en el 2014 con motivo de la muerte del joven negro Michael Brown en Ferguson, Missouri, a manos del policía blanco Darren Wilson. Cuando las autoridades de Missouri se negaron a enjuiciar al policía, Obama ordenó al Fiscal Holder que lo enjuiciara. Después de una exhaustiva investigación por el FBI, Holder no tuvo otro remedio que exonerar a Wilson.

En otro caso similar, Obama no esperó por las investigaciones para ponerse al lado de un prominente académico negro de la Universidad de Harvard que acusó de racismo a las fuerzas de seguridad. En aquel momento, Obama dijo: “la policía en Cambridge (Massachusetts) “actuó estúpidamente” en el arresto de Henry Louis Gates, amigo personal del presidente. Pocos días más tarde tuvo que pedir excusas e invitar al policía y al profesor a la Casa Blanca.

Pero sus más flagrantes muestras de parcialidad tuvieron lugar en los personajes cuestionables que invitó a la Casa Blanca, sobre todo en los últimos tiempos de su mandato cuando ya no tenía que enfrentar al pueblo norteamericano en las urnas. Entre ellos el polémico Al Sharpton y el agitador DeRay Mckesson, uno de los líderes más conocidos del movimiento “Black Lives Matter” (“Las vidas de los negros importan”) que había sido arrestado por aquellos días durante unas protestas en Baton Rouge, Luisiana.

Pero ello no fue obstáculo para que, al dejar la presidencia, Obama se llenara la boca para decir: “He vivido lo suficiente para saber que las relaciones raciales están mejor de lo que estaban 10, 20, o 30 años atrás, no importa lo que digan algunos”.

Sin embargo, cualquier observador con cierto grado de objetividad sabe que Obama miente. Que las relaciones raciales se encuentran en su nivel más bajo en el último cuarto de siglo. Que, aunque Hillary era una candidata débil, es indudable que el fanatismo y el racismo de Obama fue uno de los factores que le dio la inesperada victoria a Donald Trump en las pasadas elecciones. Los blancos de clase media, que no forman parte de las élites blancas de izquierda y que son mayoría electoral, se sintieron ignorados por ambos partidos y escucharon el mensaje de “ley y orden” de Trump.

Ahora bien, este reajuste del panorama electoral y gubernamental ha traído consigo consecuencias negativas. Los elementos racistas blancos han visto la oportunidad de pasarle la cuenta a los elementos racistas negros como Antifa y “Black Lives Matter”. En gran medida, es como si en este momento estuviéramos litigando todavía el legado nefasto de Obama entre los extremistas negros contra las falsas expectativas de los extremistas blancos ante la victoria de Donald Trump.

El ejemplo más reciente lo tuvimos en los disturbios causados por miembros del Ku Klux Klan y elementos supremacistas blancos en Chancellorsville, Virginia. Para estos elementos extremistas de ambas ideologías el diálogo se hace a base de tiros, bombas y puñetazos. El odio visceral entre ambas minorías parecería no tener fin a la vista. Son los terroristas domésticos que mantienen aterrorizada a la gente pacífica que integra la mayor parte de la ciudadanía norteamericana. Para que esta sociedad regrese a la convivencia armoniosa hay que ponerle fin a la locura desatada por estas minorías fanáticas.

Sin embargo, es bueno recordar que esta nación confrontó con anterioridad situaciones similares, entre ellas la guerra civil a mediados del Siglo XIX y la lucha por la igualdad racial a finales del Siglo XX. En aquellos momentos, los Estados Unidos contaron con líderes que pusieron el amor a la patria por encima de cualquier línea ideológica o agenda política. Abraham Lincoln salvó a la Unión Americana con una política de mano firme pero compasiva hacia sus adversarios. Martin Luther King luchó por los derechos de los ciudadanos negros en una cruzada pacífica por la igualdad racial sin recurrir al odio entre razas.

Lamentablemente hoy no tenemos gobernantes ni líderes de aquel calibre. Obama, quien muy pocas veces mencionó a Martin Luther King, no puede ser comparado con aquel gigante del espíritu sin incurrir en un sacrilegio político. Donald Trump, que si ha mencionado a Abraham Lincoln, es incapaz de imitar la conducta de un hombre que nombró en su gabinete a muchos de sus enemigos políticos. No puedo por menos que concluir que este país necesita un milagro y que sólo se salvará si Dios pone su mano. Sabemos que ese no nos fallará.
alfredocepero@bellsouth.net; Alfredo M. Cepero
Tomado de: www.lanuevanacion.com; http://twitter.com/ @AlfredoCepero

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